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ANTOLOGÍA: EDGARDO ALARCÓN ROMERO

EDGARDO ALARCÓN ROMERO (Sauzal, Chile, 1960). Poeta y apicultor. Con formación profesional y académica en la Universidad de Talca. Obtuvo el título de Matrón en 1984. Cursó estudios en la Universidad de Concepción, titulándose de Cirujano dentista, en 1993 y la especialidad de Ortodoncia, 2005. Miembro de la Sociedad de escritores de Chile (SECH). La Academia Chilena de la Lengua el año 2008 lo nombró Miembro Correspondiente por la ciudad de Curicó, institución en la que integra la Comisión de Literatura.

Ha publicado los libros de poesía Escritos en la arena, Editora Aníbal Pinto, Concepción, 1981. Libertad en vuelo, Ediciones Mataquito, Curicó, 2001. Cantos de tierra, Ediciones Mataquito, Curicó, 2006. Jarrón con lirios secos y otras acuarelas, Ediciones Chequenlemu, Curicó, 2008, y Sentado en la acera, Ediciones Chequenlemu, Curicó, 2022. Su libro “Cantos de tierra” obtuvo el Premio Academia Chilena de la Lengua 2007, como el mejor libro publicado en Chile. Su libro “Lirios amarillos al amanecer, la belleza del silencio” fue finalista del XLI Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo, España 2021. Su Libro “Cristo del amor, tu eres mi refugio” fue finalista del XLII Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo, España 2022.  

Algunos de sus escritos poéticos han sido reconocidos en Concursos de Poesía a nivel nacional, entre ellos “Concurso Nacional de Poesía Universitaria, Primer lugar – Universidad de Talca, 1983”. “Concurso Nacional de Poesía Laboral, Primer lugar – Caja de Compensación Javiera Carrera, 1985”. “Concurso Nacional de Poesía Stella Corvalán, Segundo lugar – Ilustre Municipalidad de Talca, 2004”.  “Concurso Nacional de Poesía Oscar Castro Zúñiga, Segundo lugar – Ilustre Municipalidad de Rancagua, 2005”. “Concurso Nacional de Poesía Andrés Sabella, Segundo Lugar – Universidad Católica del Norte, Antofagasta, 2006”. “Concurso Nacional de Poesía Gabriela Mistral, Segundo lugar – Ilustre Municipalidad de Vicuña, 2009”.

Desde el año 2006, escribe en el Diario La Prensa de Curicó, un  breve análisis del libro leído, incorporando datos biográficos del autor, como una forma de difundir su obra, y apoyar a la formación educativa de los estudiantes, que por lo general son los lectores de esta sección del diario. Junto a poetas de las Región del Maule, en el año 2003, fue creador de la agrupación Cultural Chequenlemu, que ha desarrollado una importante labor artística, para continuar y enriquecer la tradición de las letras Maulinas.

Integra el  jurado del Concurso Internacional de Poesía “Ermelinda Díaz”, ciudad de Quilpué – Chile. En el libro Ermelinda Díaz, dulce poetisa chilena, publicado por Grafía Ediciones, 2021, aparece uno de sus artículos  “La poesía es la voz del amor…” que es traducido al Mapudungun (páginas 27 y 28).


El ciruelo se está secando en el jardín

Una sombra de pájaros
desprendiéndose de sus profundas grietas,
con sus brazos inclinados hacia el suelo, deshojado en luz distante y fría,
descascarándose y solo, el ciruelo se está secando en el jardín.
Con mi padre lo plantamos en mi niñez, y bajo su sombra nos tendíamos
a oír el canto de los pájaros,
ay, árbol, amigo mío, desde mi ventana entreabierta
escribo tal vez el último poema, mientras veo solamente hojas secas
en el viento; ya mi padre se fue navegando en el perfume de tus flores
y mis sueños, y tal vez nosotros en este otoño tendremos que seguir descalzos
bajo la lluvia, y en soledad, soñando con otra primavera.

El viento de las hondas quebradas entra en su débil cuerpo de madera,
sopla con furia un leve fuego de nostalgias, y se apaga el último amanecer
enredado en sus ramas.
Sus raíces retorcidas y en una actitud en calma,
sosteniéndose a una hebra de agua,
y un horizonte de soledades que muestra el triste atardecer de su mirada

Desgarro de tinieblas
y su corteza aprisionada de polvo,
un naufragio de pájaros se aleja sobre los muros
tras los que vivió toda su vida.

Siempre hay paisajes borrándose en la lejanía de los sueños,
el dolor hizo nido en sus nudos resinosos,
que conocen las difíciles tormentas de la vida,
con sus ramajes que empiezan a desprenderse,
cansados de esperar un sol nuevo.

El olvido
vuelve a deshojar los jazmines que lo acompañaban,
enredadera que trepaba por su tronco,
se sentían felices de compartir la hermosura de la primavera,
instante en que las veredas se perdían entre las hojas de niebla,
y así transcurrían los días que creía vivir, apoyado en la ventana.

La soledad empieza a deshojar
hasta mis sueños más preciados,
y la libertad concluye en otras nostalgias que también se deshojan,
hasta que un enjambre de voces nos quita este ropaje de hojas muertas,
y nos volvemos tierra, para recibir otra vez la lluvia.

La poesía
con su generosidad le dibuja algunas hojas nuevas a su madera,
y acerca las voces del boque a sus manos desnudas de invierno,
amigo, la muerte no existe si aún nos quedan sueños,
y los jazmines vuelven a florecer en la desnudez de su mirada,

y abandonamos sin miedo las sombras del olvido,
convencidos de que la poesía es una gota de rocío que nos besa,
lluvia de amor que desciende de sus manos,
para ayudar a este árbol seco a levantarse entre la niebla.

El deseo de amar
es otra vez una semilla
que pronto compartirá su belleza,
una forma de vivir distinta,
y depende de cómo ayudemos a un árbol herido
a confiar nuevamente en sus sueños,
y vuelva a sentir la tibieza de un nido
en que el piar de los polluelos lo despierten,
y empiecen a nacer flores nuevas,
deseosas de que alguien se emocione con su perfume.

La intimidad de mi madera
también ha vivido otoños difíciles,
en que todo se deshoja, incluso los sueños más íntimos se escarchan,
y el miedo a abrir los ojos amarra nuestro cuerpo
a una hebra de tristeza, resina endurecida,
ausencia en esta tierra resquebrajada,
en que arrecian las tormentas, sin ver la luz,
imaginando el vuelo de los pájaros tras las cortinas de esta ventana,
con el corazón ya seco de lágrimas.

La poesía
comprende nuestro dolor,
al ver las ramas secas y quebradizas,
sin poder oír el canto de los pájaros,
o sentir las manos tibias de mi padre tocando las mías,

y de pronto sentí el vuelo de las palabras
que abandonaron el silabario de hojas secas en que vivían,
y me abrazaron, una noche de luna nueva,
y su tibieza fue desatando los pétalos de mis deseos,
y el fuego en las miradas, en desnudez soñada,
y el mágico temblor de nuestros corazones,
otra vez tocándose, al sentir que este poema estaba naciendo.

Inédito


Canto de tierra

    La luz
nos busca bajo
el silencio de estos harapos muertos,
destroza las alambradas,
vuelve a nacer en espigas dobladas por el viento,
baja hasta el vientre oscuro de la tierra
y le arranca a la oscuridad de los huesos un sueño
y lo transforma en el canto de un pájaro
o en una casa de adobe con cardenales blancos.

Todos los sueños
regresan a la tierra,
se propagan en raíces,
y vuelven a renacer en las quebradas
como un canelo junto a vertientes de aguas claras,
es el viento cabalgando por su cintura de tierra,
el sonido de piedras que caen,
el rocío de su amor colgando de los helechos.

                               La poesía
derriba los insoportables muros del silencio,
convierte las cenizas en nuevos senderos,
dibuja otra estrella en el cielo ausente,
escarba y recoge los zapatos carcomidos por el miedo.
Devuelve el canto de los ríos a su corazón de tierra.

Del libro Cantos de tierra (Ediciones Mataquito, 2006)


El placer de las uvas

                             Las vides
se deshojan,
y quedan sus cuerpos torcidos,
inclinados hacia la tierra,
en una silenciosa actitud de olvido.
Tal vez la ventisca de otro tiempo arrastre la soledad
de estas uvas negras, que olvidamos cosechar,
y exprima su silencio en mis labios secos,
para que este dolor se desprenda lentamente, lacerando la alegría,
recogiendo la última gota de saliva que me queda.

Siempre es el mismo color agreste de las uvas,
con sus tonalidades degradándose en mis ojos verdes,
hasta hacer sentir su desolado ocaso, hambriento de leves sueños.

Si tocan mis heridas, las profundas quebradas de silencio,
se encontrarán con una primavera atada a mis desvencijados huesos,
un rumor de alas quebrándose, un vendaval de mariposas ciegas
que emprenden un vuelo fugaz en mis pensamientos.

Solamente el color gris toca mis dedos,
no puedo ofrecerte la flor que sueñas,
siento estas vides secas,
                                              deshojándose,
torcidas de dolor, fatigadas de tierra.

Una luz imaginaria rompe las hebras que me sostienen,
la fantasía de navegar nunca ha encendido el faro de mi memoria,
soy un clamor de tierra que se abre deseosa de cantar tus sueños,
abrázame sin miedo, amor, desnúdate,
que de las sombras brote una parra con uvas nuevas,
un enjambre de luz y sonido se desprende de mis arterias,
es un racimo que se abre en la niebla, convencido que el amanecer aún existe.

El primer contacto de sus hojas prolonga el aroma de mi canto,
el estío nos ha desnudado, el color de las uvas establece un nuevo lenguaje,
la imaginación hace flotar las sábanas en el aire, el placer se desprende
hecho rocío o paloma blanca y en las oscuras quebradas ahora canta
un río de aguas claras,
el racimo de su cuerpo se desprende en silencio entre mis brazos
en un lento amanecer de gestos y palabras.

                                     Todo es posible
en estas relucientes uvas,
lo que deshoja el tiempo vuelve a brotar con una mirada,
las raíces antiguas llenan de luz estos cercos,

traen sonrisas de niños a esta casa de barro,
a estos muros por los que asciende una parra con sus racimos maduros,
que devuelven a mi boca el placer de una noche en calma.

Del libro Sentado en la acera (Ediciones Chequenlemu, 2022)


Guitarras muertas

                                La vida
empezará a deshojarse
cuando la poesía tenga miedo de mirarnos desde las heridas,
es cierto que el mundo muere y se renueva cada día,
que se expande y comprime,
que el dolor de un poeta es capaz de transformarse
en un pájaro que interpreta una canción de libertad
sobre las alambradas, hasta que amanezca.

De qué sirve una guitarra quebrada
si no puede compartir los sueños que habitan en sus cuerdas,
si no imaginamos una luna nueva entre las ramas del árbol
cuya madera sirvió para construirla,
melodías que traen a mi memoria esos atardeceres
en que nos juntábamos a oír la lluvia del sur
que desnuda los bosques en el lejanía,
sin otro afán de sentir la tibieza de nuestras manos,
el pan,
                                               esa copa de vino
que nos recuerda que nacemos para compartir la vida.

Soy consciente
de que si alguna vez la vida humana desaparece,
no será por falta de agua, por una bomba atómica,
sino por la pérdida de la generosidad, la escasez del amor,
la incapacidad de compartir las cosas simples de la vida,
amigos, deseo de que nunca, nunca llegue ese terrible otoño
que nos despoje de esta la última
                                                                gota
de poesía.

Del libro Sentado en la acera (Ediciones Chequenlemu, 2022)


El vuelo de los libros

Un aroma
a libros abiertos nos libera,
presagios de vientos nuevos,
donde las aves prolongan su vuelo, sin miedo,
y al final de una huella se abre otro sendero,
un campo de trigales que conocen sus sueños,
libres, en una hermosa danza de amor,
tan necesaria para seguir habitando la tierra.

La música emerge de sus hojas,
deseosas de unir todas las manos del mundo,
un poema dispuesto a recoger las voces perdidas,
a reconstruir un pueblo en la ribera de otro sueño,
y ver, otra vez, a los niños levantando sus brazos,
alegres, jugando entre los trigales
y los lirios perfumados que comparten sus sonrisas,
y en el corazón del hombre, que parecía ensombrecido,
el maravilloso regreso de las mariposas azules,
con sus alas mojadas por el rocío de la tarde.

Una vez
que aprendamos el silabario del viento,
que viene a romper todas las amarras que asfixian al hombre,
volveremos a vivir un legítimo amanecer en la tierra,
con las manos del trigal abiertas a la luz,
una fértil cultura, creadora de auroras.

El amor
transformado en un libro,
con sus frutos humanos maduros de dicha,
deseosos de compartir la luz recogida,
y se desnude en esos rincones de sombras y desalientos,
donde no era posible desanudar los crepúsculos,
y comenzar a vivir el viento de las altas cumbres,
hilar las alas de un amanecer distinto, más humano,
en que las palabras no sean estrellas apagadas
en el vacío de los pensamientos,
convencidos de que una mirada puede rehacer la vida,
savia de ideales milenarios,
poesía que se desprende y vuela,
dejando una huella de luz en el alma dormida del pueblo.

Inédito

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