500 AÑOS HACIENDO LO MISMO

Por Ayran Riascos.
Imagen tomada de internet.
La familia que somos
Piensa en tu familia.
Hay un primo gay al que la abuela todavía no le pregunta cómo está su pareja. Un suegro cristiano que cita la Biblia cuando pierde una discusión. Un tío que tiene plata, mucha plata, y nadie sabe bien de dónde. Un familiar que no tiene para el mercado y otro que tiene para tres vidas. Una mamá que llora con las novelas y un papá que solo despierta de verdad cuando Colombia juega.
Esa familia existe en casi todos los hogares de este país. Y en esa familia, cada quien jala pa’ lo suyo. Con convicción, sin contemplaciones, a veces sin escuchar.
Lo que muy pocas de esas familias tienen es un pariente que sepa de política. No porque la política no los afecte —los afecta todos los días, en el precio del arroz, en el hueco de la calle, en si el niño tiene o no tiene colegio cerca— sino porque en Colombia aprendimos, generación tras generación, que la política es cosa de otros. De los de arriba. De los que siempre han mandado.
Y eso, justamente eso, es lo que nos tiene dando vueltas en el mismo círculo desde hace 500 años.
La conquista no terminó
En algún lugar de nuestro ADN se halla en fuego la batalla que libraron nuestros antepasados durante la conquista. La conquista está viva dentro de nosotros y desde ahí nos encargamos de ajusticiar lo que no nos gusta de cada esquina en este país. Hoy día vivimos lo que han llamado la polarización y en efecto, hay sectores de la población, los más pobres, los márgenes que saben lo que es ser Colombiano. Saber agruparse para sobrevivir al hambre, no tener en la mente otro destino posible que ser empleado, haber olvidado lo que es sembrar y tener que comprar comida en el supermercado, ser colonizado en cuerpo y alma por un sistema rico, haber sido transportado desde África hasta otra latitud, haber perdido el nombre y haber adoptado uno español, haber olvidado la lengua original de sus antepasados, haber empezado a pensar que los españoles nos trajeron el progreso, justificar la masacre de los nuestros, tragarse el dolor a bocanadas.

El opresor de siempre, con cara nueva
En algún lugar de nuestro ADN, está la madre España, la Santa Madre Iglesia implantada en nuestra sangre, ahí aún dormida, intentando colonizar, arrasar, adueñarse de cada cuerpo en el sur global, y salen los de Honduras a decir que van a replicar la operación Cóndor en Latinoamerica, y Trump los financia, y hacen sus misas extrañas, pero como diría el último poema que escribió Victor Jara «Qué espanto causa el rostro del fascismo!, Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada, la sangre para ellos son medallas, la matanza es acto de heroísmo.» Así mismo, se encuentra en nosotros viva la semilla de la madre tierra, y los videos que se hacen entorno a los símbolos patrios están plagados de imágenes, de pájaros. Creo que toda infancia colombiana se ha maravillado de lo precioso que es nuestro país. El río, el mar, las piedras, los pájaros, las aves, esas ranitas que oímos croar aún en algunos lugares de la ciudad. Todo eso es lo que ambicionan esas manos que no se sacian del poder y que aún muy allá dentro de ellos, les genera vacío. A todos y a cada uno de ellos, les importa al lado de cero la dignidad de los pueblos, les importa saquear, tener quien trabaje para ellos, quien siga extrayendo el oro de estas tierras para las potencias del norte. Países grandes, grandes economías que nos ven como una cucaracha a la cuál dominar, bajo el mismo lema de siempre, ustedes mestizos son inferiores. Y a su vez, mestizos locales con dinero están dispuestos a darlo todo porque su estatus se vea engrandecido por una potencia extranjera y venden el país y a todos sus ciudadanos los tiran por la ventana, especialmente a los que consideran más indeseables, los negros, los maricas, y los pobres.
El candidato que nos merecemos, o el que nos vendieron
Después de 500 años, seguimos jugando a ser enaltecidos por el opresor, por una potencia que nos dará un puesto en la mesa. Por eso en estas elecciones hemos escogido al hombre ideal, un hombre consabidamente tramposo, figura emprendedora, costeño, pero con esposa rubia, y lo que llamaríamos macho de machos, se alía con Trump, Israel le ayuda, y ya con Israel, santificado, en algunas iglesias están metiendo el cuento de que es el enviado de Dios, un Pablo que fundará Latinoamérica y la volverá un rinconcito de paraíso fiscal para los narcos. ¿Y las mujeres, y las personas negras, y las personas diversas?
¿Y la vida, y el respeto, toda esa mucosidad colombiana donde queda?
¿Aspiramos a seguir haciendo lo mismo después de 500 años?
¿Qué diría la Pola?
“Algún día tendremos más dignidad”
¿Pero será que ya estamos listos para vernos a nosotros mismos como alguien que sí merece la dignidad, para llegar a construir comunidades reales con actores que favorezcan su florecimiento?
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