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«EL MUNDO FLOTANTE» DE GEORGE MARIO ANGEL


Por Ben Hur Carmona.
Imagen cedida por el autor.

La pintura que nos ocupa presenta una superficie que se debate entre la aparición y la desaparición. No hay figura central. Esto, que podría parecer una carencia, es en realidad una declaración filosófica de considerable audacia. Berkeley demostró que los objetos existen en tanto son percibidos; esta pintura demuestra, con medios más económicos, que ciertos objetos existen precisamente en tanto no pueden ser percibidos con claridad.

Los morados se reúnen porque reunirse es una manera de dispersarse. Los rojos se dispersan porque dispersarse es una manera de reunirse. El ojo busca un centro y encuentra un borde. Encuentra un borde y encuentra otro borde. Entre borde y borde hay una extensión. Entre extensión y extensión hay una insistencia.

Pequeños fuegos. Pequeños fuegos. Pequeños fuegos.

No iluminan. Insisten.

Una mancha naranja es una mancha naranja porque vuelve a ser una mancha naranja cada vez que se  mira. La repetición no repite. La repetición produce. Produce la naranja. Produce el punto. Produce el acontecimiento de ver un punto naranja.

La pintura no cuenta nada.

La pintura cuenta que cuenta nada.

Y ese nada se llena de líneas, y las líneas se llenan de borrados, y las borrados se llenan de memoria, y la memoria se llena de pintura. Cuando una pintura está llena de pintura está vacía de explicación. Cuando está vacía de explicación comienza a decir algo.

Hay verde en derredor.

Hay enderredor al derredor  del verde.

Hay una nube de dibujo dentro de una nube de pintura dentro de una nube de mirada.

Y la mirada mira porque mirar es hacer visible el tiempo que tarda una superficie en convertirse en una superficie.

Una superficie es una superficie es una superficie.

Y ahora ya no lo es.

La niebla pictórica del centro no es una falla de la representación. Es su forma más rigurosa.

Un análisis fenomenológico del cuadro invocaría a Merleau-Ponty para decir que la pintura no muestra algo visto sino el acto de ver. La formulación es elegante y probablemente correcta. Yo la llevaría un paso más lejos, o quizás un paso más atrás: la pintura no muestra el acto de ver sino la imposibilidad de completarlo. El ojo recorre la superficie, construye relaciones, las pierde, vuelve a encontrarlas. Este movimiento no culmina. La imagen acontece en la mirada, pero la mirada no clausura la imagen.

Supongamos que esta pintura constituye un sistema.

No un sistema cerrado en el sentido geométrico de una figura acabada, sino un sistema formal compuesto por signos, borrados, capas, residuos cromáticos y relaciones espaciales. La pregunta entonces no es qué representa, sino qué puede demostrar acerca de sí misma.

A primera vista, la superficie parece caótica. Sin embargo, el caos es precisamente lo que impide una descripción completa. Cada conjunto de trazos sugiere una regla; cada veladura la contradice. Allí donde creemos identificar una estructura, aparece una excepción. Allí donde buscamos una excepción, emerge una regularidad inesperada.

La obra parece formular una proposición equivalente a aquellas que hicieron célebre a Gödel:

«Esta pintura no puede ser completamente explicada desde el interior de la pintura.»

Si la afirmación es verdadera, la pintura contiene un significado que excede cualquier interpretación puramente formal. Si es falsa, entonces la explicación total debería ser posible, pero la proliferación de signos y estratos demuestra justa…mente lo contrario. La obra se vuelve autorreferencial: habla de su propia imposibilidad de ser agotada por el análisis.

Los trazos enterrados bajo las capas blancas desempeñan un papel decisivo. Son axiomas ocultos. No desaparecen; continúan actuando sobre la estructura visible aunque ya no puedan ser recuperados plenamente. Lo que vemos es el teorema. Lo que no vemos es la demostración.

Los pequeños puntos anaranjados dispersos podrían entenderse como números de Gödel: marcas mínimas que certifican la existencia de algo que no puede reducirse a la superficie inmediata de la lectura. Son señales de una información que permanece presente sin hacerse completamente accesible.

La consecuencia es profunda. La pintura no fracasa por ser incompleta; su potencia reside precisamente en esa i-n-c-o-m-p-l-e-t-i-t-u-d. Del mismo modo que ningún sistema formal suficientemente rico puede demostrar todas las verdades acerca de sí mismo, ninguna mirada puede agotar esta imagen desde solo única perspectiva.

Cada nueva interpretación añade información, pero también genera nuevas zonas de indeterminación.

La obra no dice: «Esto significa aquello.»

La obra dice:

«Existe aquí un significado verdadero que no puede derivarse completamente de las reglas con las que intentas comprenderlo.»

Y quizás por eso la superficie parece oscilar entre la revelación y el ocultamiento. No estamos ante una imagen inacabada, sino ante una imagen que demuestra visualmente uno de los descubrimientos más perturbadores del pensamiento posmoderno: que toda totalidad suficientemente compleja contiene verdades que la exceden.

La pintura, como los sistemas de Gödel, es consistente precisamente porque permanece incompleta.

El incidente desencadenante que los teóricos de la narrativa proponen como motor de todo relato aparece en esta pintura bajo la forma de pequeños puntos anaranjados. Interrupciones lumínicas, dice el texto analítico. Diminutas brasas. Me parece exacto. Todo investigador que sea suficientemente honesto reconocerá que su proyecto no nació de una hipótesis sino de una incomodidad, de una pequeña anomalía que el campo establecido prefería no ver. Pascal escribió que toda la filosofía no vale una hora de pena. Yo añadiría que toda la filosofía comenzó, en algún punto, con algo parecido a un punto anaranjado sobre fondo gris: una perturbación mínima que resultó ser, con el tiempo, sospechosa.

La tensión entre los bordes proliferantes y el centro vacío merece una digresión. Los teóricos del relato llaman “complicating actions” a los obstáculos que el protagonista encuentra en su camino hacia el objeto deseado. La formulación es correcta pero superficial. Lo que esa tensión describe, en su forma más profunda, no es un obstáculo sino una estructura: la estructura de todo deseo intelectual genuino. El centro vacío no es el problema que falta resolver; es el agujero alrededor del cual se organiza todo lo demás. Quienes han trabajado largamente en un problema saben que el día en que el centro se llena, el proyecto muere. La investigación vive de su propio vacío central, como ciertas galaxias que giran alrededor de una oscuridad que las mantiene en movimiento precisamente porque no puede ser alcanzada.

Me detengo en el palimpsesto. Bajo las capas blanquecinas sobreviven trazos, signos apenas insinuados. En la Biblioteca de Alejandría, según una tradición que probablemente sea apócrifa pero no por eso menos verdadera, existían textos que habían sido escritos encima de otros textos que habían sido escritos encima de otros textos. Los eruditos más pacientes dedicaban sus vidas a recuperar una capa, ignorando que debajo había otra, y otra, y que el manuscrito original —si es que existía algo semejante— era quizás ilegible no por deterioro sino por exceso de escritura. La investigación funciona de manera análoga. Lo que llamamos estado del arte es el registro de todas las capas anteriores; lo que llamamos contribución original es, en el mejor de los casos, una capa más que otros borrarán parcialmente para escribir encima.

Pregunto si me hago entender, puesto que el ensayo parece acercarse a una verdad que no es la de la obra ni la de la investigación, sino la de aquello que ambas rodean sin alcanzar jamás.

Lo decisivo no es que la pintura muestre el acto de ver ni siquiera que revele la imposibilidad de completarlo. Lo decisivo es que, en ella, la mirada se encuentra remitida a una ausencia que no puede convertir en presencia. Ver ya no significa apropiarse de una forma ni constituir un objeto; significa permanecer expuesto a aquello que se retira mientras aparece. La pintura acontece entonces como una experiencia de la distancia. Cuanto más se acerca la mirada a la obra, más descubre que aquello que busca está siempre un poco más lejos.

Por eso el movimiento del ojo que recorre la superficie no es simplemente un recorrido inacabado. Es una errancia. La imagen no espera ser concluida; tampoco reclama una síntesis superior. Permanece abierta porque está sostenida por lo que le falta. Hay en ella una exigencia silenciosa que obliga a volver una y otra vez, no para comprender mejor, sino para experimentar nuevamente la imposibilidad de una comprensión definitiva.

Esta observación ilumina también la naturaleza de toda investigación auténtica. El relato concluye porque pertenece al orden de la obra terminada; la investigación, en cambio, pertenece al orden de la búsqueda. Entre ambas existe una tensión irreductible. Escribimos una conclusión como quien cierra una puerta sabiendo que detrás continúa el rumor de una conversación interminable. La investigación no termina: se interrumpe. Lo que llamamos conocimiento es apenas la forma provisional que adopta una pregunta antes de reanudar su movimiento.

La referencia al Menón (Platon)  adquiere aquí un matiz singular. Tal vez recordar no sea recuperar un saber perdido, sino aproximarse a algo que nunca estuvo verdaderamente presente. Recordamos porque hay en nosotros una extrañeza originaria, una proximidad con aquello que no poseemos. Investigar sería entonces responder a la llamada de una memoria sin recuerdo, de una huella que precede a toda inscripción consciente.

Los trazos ocultos bajo las capas blancas de la pintura ofrecen una imagen precisa de esta condición. No son simplemente vestigios del pasado. Son presencias ausentes, restos que continúan actuando desde su ocultamiento. La superficie visible no los niega; vive de ellos. Del mismo modo, toda investigación está habitada por sus propios borrados. Las hipótesis descartadas, los errores, las intuiciones fallidas y los desvíos no constituyen el fracaso del trabajo: son su reserva secreta, aquello desde donde continúa produciendo sentido incluso después de haber sido abandonado.

Por eso resulta significativo que las repeticiones hayan sido resueltas no mediante una supresión sino mediante una redistribución. Nada desaparece realmente. El párrafo desplazado junto a las brasas no ha sido eliminado; ha encontrado otra vecindad, otra forma de resonancia. El centro vacío que se conserva en la imagen de las galaxias tampoco llena el vacío que nombra. Lo preserva. Y quizás esa sea la tarea más alta tanto de la pintura como de la escritura: no colmar la ausencia, sino darle una forma en la que pueda seguir hablando.

La obra termina allí donde el lenguaje se detiene. Pero aquello de lo que la obra habla permanece, como las brasas bajo la ceniza o como las líneas ocultas bajo la blancura del cuadro, esperando no ser descubierto, sino vuelto a perderse de una manera más profunda.

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