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ANTOLOGÍA: JUAN CARLOS ACEVEDO RAMOS

JUAN CARLOS ACEVEDO RAMOS. (Manizales – Colombia). Poeta y divulgador cultural. Es Profesional de Ciencias de la Información y Bibliotecología de la Universidad del Quindío. Dirige el Taller de escritura Relata del Ministerio de Cultura en Manizales. Sus poemas hacen parte de varias antologías colombianas y de algunas antologías en Uruguay, México, Estados Unidos, Bulgaria, Rumania y Grecia. Ha publicado los libros de poesía Palabras de la Tribu (2001), Los Amigos Arden en las Manos (2010), Noticias del tercer mundo (2010), Historias alrededor de un fogón (2012), Los huéspedes secretos (2014), Las letras que nos nombran. Revisión de la literatura del Viejo Caldas. 1834-1966. Historia (2017), Correo de la noche (2018), La Casa en el Invierno (2020). Obtuvo los Premios Nacionales de Poesía “Descanse en Paz la Guerra”, Casa de Poesía Silva, el VI Premio de Poesía “Carlos Héctor Trejos”, ha sido finalista el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de Colombia en 2015 y segundo lugar en el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá en 2020.


XXI

Reconocemos la muerte tras las cortinas de menta.
La hemos visto jugar con la delgada neblina de mayo,
ocultarse en las aguas turbias del pantano
o volar con los siniestros pájaros del cementerio.
Nada bueno trae su presencia.
De su hálito
nos protegemos con bálsamos
y cristales de cuarzo.
La muerte respira a nuestro lado
y nos derriba como troncos secos.
El miedo se apodera de la noche,
Un llanto seco, inaudible,
recorre nuestros cuerpos.

Del libro La Casa en el invierno (2020).


XXXIX

Nuestras manos cansadas,
de recoger piedras para el altar,
fueron hechas
para fabricar pócimas, remedios caseros,
antídotos y ciertos ungüentos
que repelían las pestes
o hacían dóciles a los hombres.
La tierra también se cansa
de recibir semillas secas,
o el agua podrida
que llevamos en los cuencos de las manos.
No reposa sobre ellas la miel de otros días,
los frutos se hacen amargos al tocarlos
y la vivas moras,
en el tallo de las enredaderas, se evaporan.
Nuestras manos ya no buscan la tierra…

Del libro La Casa en el invierno (2020).


Oración en voz baja por el fuego

Un rito secreto, una magia
oculta el fuego
que enciendo al amanecer
para entibiar los huesos.
Lento crece, fuerte como la fe,
inasible como Dios
pero extrañamente presente como Él.
En medio del viento frío
que desciende de los nevados
se alza y calienta el hogar.
Encender la llama de la esperanza
tras la guerra o la derrota,
tras el olvido o las lágrimas,
tras la gratitud o la revelación
es un antiguo ritual
para comunicarnos con lo desconocido.
Arde entre nosotros, en un pequeño altar,
apenas reconocible por los amigos,
o en los grandes templos ceremoniales.
Estable o bamboleante
portador de convicción
se prolonga desde hace siglos sobre la cordillera.
Los abuelos iniciaron la primera ceremonia
Madre y Padre encendieron la segunda chispa
Y yo, en medio de la casa,
solo y embargado por la esperanza
en un mundo mejor
le restituyo su poder,
le devuelvo su importancia ancestral
y en voz baja inicio la oración.

Del libro La Casa en el invierno (2020).


Río de los muertos

En el cañón es mediodía. Arde febrero y con él los sueños de atarrayas. Ya se sabe la subienda no vendrá este año. El día comenzó cuando la luz implacable del verano estremeció los tamarindos, los hombres buscaron pronto herramientas y nave. Río abajo se perdieron sus voces y sus oraciones.

Cantan, beben sirope y ríen. Sus torsos desnudos rayan entre cobrizos y ocres, y sus manos -acostumbradas a lanzar y recoger- esta vez se aventuran a herir una guitarra.

La mañana se parte. Las aguas negras y los buitres dando giros infinitos presagian un mal día para los pescadores del Cauca Medio. Ya se sabe la subienda no vendrá este año.

Esas aves y sus giros concéntricos, las aguas turbias y los cuerpos de tres hombres que hinchados y sin ojos flotan por la orilla izquierda.

Otra vez la muerte viaja por el río.

Otra vez se perdió la pesca.

Del libro Historias alrededor de un fogón (2012).


Radiografía de la ausencia

Cuanto más grandes los hombres
más solos se quedan.

De una canción popular

Viejo en tu ausencia el bueno de Dios se ha vuelto amigo. En los bares donde no entras a beber, la silla que debes ocupar se llena con tu vacío; al que ofrezco una cerveza que no bebe nunca. Entonces pido un cigarrillo que dejo encendido hasta que por completo se lo fuma tu fantasma.

Ahora que recorro restaurantes, avenidas y duermo mal en hoteles de todas las ciudades, ahora que cualquier mujer de esquina me ofrece algo más que su sexo tibio y sus senos de candil, ahora que el corazón está hecho añicos necesito de tu mano y tus palabras.

Papá, en las noches de embriaguez me hace falta tu voz ordenándome dormir. Dime quién sabe de tu pasión por el fútbol y por las novelas de vaqueros. A quién hace vibrar tu historia del carbonerito. Quién conoce tu secreto sobre el vuelo del albatros.

Hoy que la vida vuelve a sonreír quiero saber qué neblinas respiras, cuáles gotas de sudor mojan tu sombra, dónde ocultas el último cigarrillo. Quiero saber si todavía hueles la lluvia.

Es duro crecer sin ti, sin tu silbido en las mañanas cuando la cuchilla atraviesa tu rostro y el ruido de tus zapatos me despierta.

Aquí las calles de mayo siguen solas, nadie cura mis heridas de juegos perdidos, nadie remienda mis ojos al final de un amor.

Camino solo, papá, y la noche me seduce de nuevo. Mañana te habré olvidado otra vez.

Del libro Historias alrededor de un fogón (2012).


Salmo para después de la guerra

Señor,
ahora somos frágiles…
los años de la derrota (aunque hayan quedado en el olvido)
habitan entre nosotros. Por eso hoy el poema es bálsamo.
Señor de los remendados,
ya no podemos elevar oraciones:
conjuros para ahuyentar enemigos y pestes,
tal vez un Poema que sirva de diálogo
para diluir tantos miedos acunados en viejas plegarias.

Señor,
como tus llagas,
las nuestras son huellas de fe en medio de la ola de siniestros.

También hemos caído y nos hemos levantado
para espantar los pájaros de la angustia
que anidan en nuestras lágrimas.

Señor de los fragmentados,
redime con tu sabia mudez a tus hombres y mujeres,
herederos del miedo,
para que la fragilidad se desvanezca y
retornen a nuestra voz y nuestros sueños
y nuestras casas las Bienaventuranzas.
                                                                                          Así sea.

Del libro Los amigos arden en las manos (2010).

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