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ANTOLOGÍA: BENJAMÍN LEÓN

BENJAMÍN LEÓN (La Serena, Chile – 1974). Poeta y Profesor de Castellano y Filosofía. En el año 2015, con motivo de los 70 años del Premio Nobel a Gabriela Mistral, fue seleccionado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes para representar a Chile a través de conferencias sobre la poeta en las ferias del libro de Ecuador, México y Perú.  Ha publicado Tankas de Pájaros, Ediciones del 4 de agosto, Logroño, España, 2008; La luz de los metales, Diputación de Cáceres, España 2009; Para no morir, Turandot Ediciones, Sevilla 2012; Canciones para animales ciegos, Autores Premiados, Sevilla, 2013. Su obra ha sido recogida en distintas publicaciones antológicas y revistas en Chile y el extranjero. Entre otros reconocimientos, ha recibido la Beca de Creación Literaria que entrega el Consejo Nacional de la de Cultura y las Artes los años 2008, 2014 y 2016. El año 2009 su obra “La luz de los metales” recibió el prestigioso XII Premio Internacional de Poesía Flor de Jara, convocado por la Diputación de Cáceres, España. El mismo año 2009 recibió el XI Concurso Nacional de Poesía Juegos Florales de Vicuña. Su obra “Canciones para animales ciegos” recibió el XXXIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez que convoca la Diputación de Huelva, España, en homenaje al Premio Nobel de Literatura español. Desde el año 2013 es miembro de honor del Grupo Literario Ñuble de Chillán – Chile. El año 2014 recibió el Premio Federico Varela que otorga la I. Municipalidad de Chañaral – Chile en reconocimiento a su trayectoria literaria. El año 2016 la I. Municipalidad de Vicuña – Chile, en el marco de los 195 años de la fundación de la ciudad, le otorgó un reconocimiento municipal por su aporte a la cultura y las artes. Es gestor cultural en diversos proyectos relacionados con las artes, la educación y el desarrollo comunitario.


La noche lanza
su pájaro celeste
bajo la luna.
Qué largo sobre el cielo
su plumaje de estrellas.

De Tankas de pájaros (2008).


Surge el poema,
cae la noche y pienso:
es poesía;
de toda soledad
el verso llega al mundo.

De Tankas de pájaros (2008).


Poema XXIV

Decaiga en tu blancura el peso de la edad y así me nombres.
No sean sino párpados sin luz,
raíces de un lugar del universo ya marchito que ausenta el corazón
los muertos de tu patria. Tenga piedad la tierra,
los cementerios fríos en la sangre
y las retinas que la lluvia inscribe
de mi pobreza ya sin alas.
Un hombre puede hundirse en los racimos,
callar su cuerpo con el barro, saber donde la paz desata el fuego;
pero arribar al corazón,
a sus fractales o balanzas, quién,
qué tenebroso río puede sacudir sus tropas
y hallarse en el probable del amor, la atribulada luz.
De todo aquello que es la carne, de su silencio y de su hondura,
sean tus años sangre indivisible,
el peso del amor bajo su abismo,
el fuego o la oquedad tras la función de la materia,
el ruido y su pronombre.

De La luz de los metales (2009).


Amanecer de camposanto

Amanecer de camposanto:
qué soledad más cierta.
Los príncipes se apagan a esta hora
en que la luz acude.
Entre las piedras va mi voz
doblándose en las calles de este duelo
que no se extingue.
El frío no pretende ser
pero es un litoral abierto,
un cáñamo esperando la ventisca
después de haber caído,
después de haber llorado con el hielo
de todas las ausencias.
Amanecer aún,
color que se resguarda y que aproxima
el frío y la ternura
donde la noche fue,
donde el silencio fue,
donde tu cuerpo estuvo.
Pero la soledad es larga y nos convoca
en su jilguero libre
que nos contiene. No tenemos patria,
quizás nunca tuvimos,
pero este campo lleva nuestros nombres
poblándose en su ropa y en su alero,
y no tenemos agua que nos calme
mientras el día ignora sus medallas
y no recuerda despertar
el sueño abarcador de nuestra sombra.

De Para no morir (2012).


El frío

El frío agota y duele.
Por la ciudad pasan los muertos
que la noche dejó
callándose en su nombre.
El frío,
abre el rosal abrupto
donde extinguieron viajes
y luceros
los últimos marinos.
Hay un lugar de escarcha,
un tráfico de angustia,
el árbol desterrado de los años
y el único dolor
que el miedo extingue.
Ayes para este cuerpo.
Ayes para el calor que no calienta.
Ayes sobre los mares mudos
que avanzan quejumbrosos de mañana.
El frío está en los viajes,
en las salidas y el retorno
acaparando nombres que se duermen.
Hay en el frío un pájaro
dejando que las alas se diluyan,
un hombre con un nombre como el mío,
un llanto con mi voz y con mis ojos,
un pecho entumecido con mi sangre.

Lo único sincero es el dolor.

De Para no morir (2012).


Poema II

Hacia el degüelle van los animales ciegos,
sus corazones gimen, sus voluntades sangran
y en sus pupilas yacen la luz y la certeza.
El peso de la noche se extiende por sus lomos,
y la humedad carcome con hambre e injusticia.
Cruzan entre cadáveres de anónimos hermanos,
lloran en mansedumbre la desaparición,
arrastran la cadena que sostiene el insomnio.
Huelen traición y mierda, oyen los alaridos,
oyen cuchillas, fierros, desagües del horror,
envolturas de plástico, urgencias y balanzas
que asoman a la mano que amarga la sentencia.
Hacia el degüelle van los animales ciegos,
mi corazón les llora, mi corazón es prójimo:
hierba de su dolor, su voz, su semejanza.

De Canciones para animales ciegos (2013).


Poema VII

Forjar la luz, abrir su canto matinal,
llegar a la palabra y enumerar su cuerpo.
Herir la desnudez como el aceite virgen
que expande su sonido al fondo de la carne,
y cruza en lo gozoso o en la profunda muerte
y se vuelve metal, semilla, sangre o tierra
y nace a lo terrible. Abrir lo ciego, abrir
su pálpito más puro, su costura más débil,
y perpetuar el grito con un lenguaje nuevo
para que el fuego ocurra, para que ocurra el agua,
para escribir la sal y el silencio y la sombra.

De Canciones para animales ciegos (2013).

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