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ANTOLOGÍA: LAURA MOYA

LAURA PATRICIA MOYA SUÁREZ. Nació en la cuidad de Bogotá el 31 de agosto de 1989. Estudiante de lengua castellana en la universidad Minuto de Dios. Entre pausas y entregas a nivel literario, presentó su primer libro en el 2014, un poemario titulado: “Entre sombras y letras” en el encuentro de escritores de Cartagena. El mismo año publicó algunos textos en revistas culturales peruanas y participó en un recital poético organizado por la esquirla poética en Quito-Ecuador. Este año ha sido invitada a diferentes certámenes poéticos a nivel nacional e internacional; Festival Internacional de Poesía de Manizales, Lecturas Urgentes de la Fundación Grainart, jurado en primer concurso de arte y literatura de Lima-Perú 2020. Recientemente ha sido invitada de honor en el liceo San Antonio (Cali-Valle) al conversatorio titulado:” Enigmas literarios: secretos y misterios en la historia de la literatura”.


Paisaje olvidado

El polvo es el desierto de los olvidados. La polilla es la única que se asoma por entre las costillas para adivinar si en la oscuridad aún algo sobrevive.

Crecieron espinas en el jardín, cubrieron lo que cualquier espíritu pudiese cosechar, a los pájaros se les incrustaron en las alas. Es como ver en el silencio un aeropuerto de vuelos suspendidos, hasta siempre o hasta nunca.

El viento no suspiró jamás, las hojas caían en cámara lenta, las ventanas estaban grises, abandonadas, el moho se les salía por debajo. La soledad se convirtió entonces en un misterio impenetrable, solo se veía venir un porvenir de luchas y desastres, mientras los últimos ojos se extinguían cada vez mas rápido frente al espejo.


Silencio de guerra

En las calles no se escucha ni como fue ni por qué, el murmullo del viento parece lamentarse, todos miran desde los balcones, pero nadie quiere ver lo que en realidad sucede, nadie quiere salir a untarse la ropa y menos las manos de una sangre que no viene de su linaje o no lleva algo de sus nombres.

Los bosques son testigos encubiertos de lamentos estremecedores, de lágrimas mudas que se derramaron en esa tierra dejándola maldita.

Las mujeres caminan más rápido de lo normal, ya no saben de qué color es el cielo al anochecer, porque las sombras están atentas para en un descuido desnudarlas, para arrancarles sin piedad su poca fe.

El día se traga a bocanadas los rostros, las gentes se lavan la memoria cada vez que la maldad amenaza con la muerte y las calles solo cosechan para sí una cantidad innumerable de pájaros desolados.


Pájaro

No recuerdo haber sentido jamás, que el miedo sobrepusiera su voluntad por encima de la sed que se producía silenciosa en mi cuerpo; a ese tacto lejano de sus ojos inventariándome con todavía un hilo de cordura; escudriñando mentalmente mi vientre, desafiando sutilmente los limites que se anteponían a mi entrega.

Las noches eran heridas que se abrían como una boca hambrienta. Desmembrando mis anhelos, la nostalgia recurrente se confundía con los síntomas de las insatisfacciones pasajeras. No había un lugar para mí en la plenitud de la cuidad atestada de miedos ocultos, de recuerdos de noches donde la carne se derrochó, además, con el amante equivocado.

Anestesiada siempre por el exceso llegaba su voz veía en cada haz de luz su piel sin linaje. Era ese hombre sin conciencia, pero con esa extraña valentía de tumbarse a mi lado en cualquier lugar, aún con el deseo ardiendo y no hacer más que fragmentarme, buscando responderse porque sin haberme perdido nunca quería siempre encontrarme.

Reconstruyéndole por instantes en mi memoria, aun quisiera saber si ya descubrió cual de los pájaros rojos es el que evoca mi canto a sus oídos; si en alguna memoria aun se cuela mi sombra y si aun mi verso en alguna fracción de su tiempo le falta.


Origen

Cada huella es crucial en este andar de regreso a casa. Por momentos el aleteo del viento sobre las mejillas es una caricia que me recuerda lo poco probable que puede llegar a ser la existencia.

Vivimos enjaulados en un cuerpo que a veces no sabemos si nos pertenece, miramos nuestras manos con tantas desdichas acumuladas, las huellas se estremecen cuando sentimos la lluvia porque cualquier parecido con la libertad nos duele.

Poblar este lugar provoca nauseas. Las luces de los postes son solo una vana esperanza de una claridad que no lleva a ninguna parte.

Las cicatrices se nos salen alrededor de los ojos, nos apagan poco a poco la mirada, pasan los tiempos y cuando menos lo esperamos estamos tan llenos de caminos en la piel que la voz un día cualquiera se nos ahoga en medio de tantas raíces.

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