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PARASITE, O EL OLOR A POBRE

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Por Sergio Augusto Sánchez.

Imagen tomada de www.imdb.com

Tomado de www.sanchezescritor.com

Ganadora de cuatro premios Óscar (mejor director, mejor guión original, mejor película y mejor película internacional), Parasite es otro retrato de la amplia y variopinta brecha entre ricos y pobres, cortesía de las políticas neoliberales en el sistema económico actual.

Ella parecía una persona racional. Su vestimenta me causó curiosidad, se veía como todas las “nenitas de bien” que van a Cartagena al Hay Festival, al Festival de Música clásica o al Festival Internacional de Cine: bronceado casi perfecto, un vestido blanco que nada tiene que ver con un centro comercial en Bucaramanga, manillas, bandana en la cabeza y una mochila arhuaca casi nueva, todos los accesorios comprados a precio de nada en un viaje espiritual y de apropiación cultural a la Sierra nevada de Santa Marta (fotos disponibles en IG). «Recomiéndame algo», pidió a la cajera del café antes de entrar a cine.

La gente de bien no tiene afán, pide que le expliquen toda la carta una y otra vez. Saben leer, pero quizás hallan placer en que la cajera —que trabaja ocho horas de pie— tenga que girar la cabeza para leerle nombres e ingredientes. Tiene sentido, el padre de esta “nenita de bien” no llegaba a casa muerto de cansancio, estresado por la deuda del apartamento en Upacs, no, este hombre de camisa sin arrugas la sentaba en su regazo a leerle la edición pasta dura de Cuentos de los hermanos Grimm con una sonrisa en la cara… Es hora de la película, la “nenita de bien” giró 180 grados y con una sonrisa perfectamente diseñada nos dijo «Perdón por la demora», así fingió que le importaban nuestro tiempo o nuestro afán de chusma que no se quiere perder los tráilers en el cine.

Hemos entrado a la sala, nos obligan a ver primero un cortometraje que romantiza la vejez y el centro de Bogotá. Todo parece que va a estar bien, pero por supuesto, la “nenita de bien” y sus amigos, dos “nenitos de bien”, entran escoltados por la acomodadora que, aunque es cuatro años menor que todos ellos, tendrá que ver la película de pie, en el pasillo, eso si ninguno de sus jefes la necesita para atender una emergencia en la confitería del multiplex. Los tres llegan a sus asientos, una fila arriba de la nuestra, pero se detiene en seco; ella y su squad se quedan ahí, estorbando a los espectadores de las filas de arriba y, con un volumen de voz suficiente para que toda la sala pueda escucharla, ella dice: «¡Acá huele horrible!». Discute con sus amigos, clichés ellos también, barba hipster, gafas oscuras Lacoste “ideales” para espacios cerrados, tatuajes y cuerpos medianamente moldeados por el crossfit. Juntos representan la clásica historia de la gente de bien que deja su pueblo para ir a la universidad en la capital, volver todas las navidades a hacer reencuentros de prom, ir al club o ver una peli, rumbear y manejar borrachos con la música a todo volumen para que sepa la ciudad que han vuelto. «Es como un olor raro, pero no sé, marica, horrible. ¿No lo sientes?», enfatiza ella.

Al parecer el olor pasa y se sientan a hablar del Festival de Cine de Cartagena (en serio todos queremos ser originales y terminamos siendo así de corrientes). La última advertencia de Cine Colombia para que los espectadores tengan algo de moderación durante la proyección. Ruedan los créditos iniciales, ella y sus ‘amixx’ no paran de hablar. «¿Vinieron a ver la película o vinieron a hablar?», pregunta la dulce voz de una señora mayor. «¡A las dos! Vinimos a las dos, ¿ok?», contesta ella altanera. «¡Jum! Vinieron fue a comer», dice con gracia la amiga de la señora mayor y muchos ríen porque olvidé mencionar que toda esta charla de “nenitos de bien” se dio con la boca llena de crispetas y perritos calientes con mostaza.

La película comienza del todo, Parasite, también ganadora en Cannes, abre con unos calcetines gastados secándose en la ventana, nos muestran a una familia clase media venida a menos que quiere colgarse del wi-fi de sus vecino: la madre que pensó que el lanzamiento de martillo era un deporte con futuro, el padre con potencial para el trabajo pero desempleado, la hija que le apostó al arte, el hijo que tuvo que prestar el servicio militar y que no ha podido ingresar a la universidad por falta de dinero y amor propio… Los actores dirigidos por Bong Joong-ho, nos muestran que la vida no se trata de si tienes talento o no, al final importa si tienes dinero y, sobre todo, oportunidades.

Al final de la película la gente comenta lo buena que le ha parecido. Los “nenitos de bien” ya han empezado su importante crítica del guion y «la foto» y análisis del cine coreano. La voz de la mujer mayor rompe como un trueno y silencia todo lo demás, posa su mano sobre el hombro de nuestra protagonista: «Disculpa, ¿todavía te huele a pobre, princesa?». Todos aplaudimos a la señora… O no pasa eso, simplemente se encienden las luces y los “nenitos de bien” ahora hablan de Tarantino y Godard, continúan en el baño, se cuelan en la fila para que les validen el parqueadero y huyen del centro comercial destino country club, “disfrutando de la juventud, del derecho heredado de ser los dueños de América del sur”.

Parasite es otro retrato de la amplia y variopinta brecha entre ricos y pobres, de la inequidad que amenaza a la humanidad, y muestra entre otras cosas por qué es tan peligroso e injusto el sistema económico actual. «Debes hacer lo que te haga feliz», una frase bonita que repetimos a los niños y funciona para “la gente de bien”, para esos emprendedores y emprendedoras que empezaron “con nada”, excepto un capital de 100.000 dólares, cero deudas, y la casa mejor ubicada de la ciudad, heredada de su abuela materna… para los demás funciona en muy contadas ocasiones porque, generalmente, los sueños o planes los aplasta la vida real en el capitalismo, como aplastando cucarachas con una piedra enorme.

Adenda: me hizo feliz que exista una película así en cine, ojalá pudiéramos llevarla a los barrios o llevar los barrios al cine.

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