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LA NOCHE DE LAS BOCAS ROJAS Y LAS FLORES MUERTAS

Crónica inconclusa de una noche inolvidable

Por Fabián Mauricio Martínez G.

Fotografías cedidas por OCESA COLOMBIA.

Tomado de Revista La Chueca.

Yo no sé muy bien qué ocurrió la noche del 10 de marzo en Bogotá. No lo sé porque había miles y miles de personas coreando una misma canción. Porque apenas unas horas antes, esas mismas personas se acurrucaban y abrazaban bajo una tormenta eléctrica, suplicando en silencio porque el show no se cancelara. No lo sé porque los alaridos de una mujer casi me dejan sordo y los gritos de un hombre enamorado me conmovieron: “te amo abuelo hijueputa, te amo”. Porque ahí estaba Mick Jagger, con 72 años, bailando y saltando como si tuviera 27. Porque eran los Rolling Stones y los Rolling Stones, según la leyenda, jamás vendrían a Colombia.

Y no vendrían porque a esa edad no soportarían los 2.600 metros de altura de Bogotá. Porque ningún empresario se arriesgaría a pagar una apuesta de cinco millones de dólares. Porque alguna vez haciendo escala en Bogotá, en 1969, Mick Jagger y Keith Richards lo habían asegurado, mientras recomendaban legalizar la marihuana y decían lo bien que les sentaba al momento de componer. No vendrían porque en Colombia no los apreciaban en su justa dimensión. Y sin embargo estuvieron aquí. Los rumores de la leyenda negra se disiparon en noviembre de 2015, cuando los Stones confirmaron a Bogotá dentro de la gira. Y vinieron y pusieron esta ciudad patas arriba. Y en las mismas palabras del jovencito de 72 años, pronunciadas en un gracioso español británico durante el concierto: “fuimos al Museo Botero, comimos oblea, tomamos aguardiente y nos dio guayabo”.

Los Rolling Stones tocaron 18 canciones seleccionadas de sus álbumes Let it Bleed (1969), Some Girls (1978), Sticky Fingers (1971), Aftermath (1966), Beggars Banquet (1968), Exile on Main St. (1972), Out of our heads (1965) y Tattoo You (1981). Un repertorio interpretado mientras ellos desgajaban la naranja inmensa del universo, chupaban su jugo y escupían las pepas. Mientras viajaban en el tiempo interior de las 45.000 personas que fuimos a verlos. De una vida, veinte vidas, cuarenta mil vidas cantando: I know, its only rock and roll but i like it, like it, yes, I do.

Y yo no sé muy bien lo que ocurrió.

Jumping Jack Flash

“Ladies and gentleman: The Rolling Stones” anunció un grito amplificado, después del video en las pantallas gigantes que abría con una boca sobre la bandera de Colombia, mostraba un mapa de Sudamérica que se precipitaba en sí mismo, para que un fósforo gigante lo quemara en el lugar donde quedaba Bogotá. Fuego. Ardor. Cenizas.  ¿Satisfacción? Una carretera en el desierto, dados rojos golpeando el asfalto, un tren serpenteante, varios Volkswagen en un auto cinema, ciudades desplegadas sobre puentes colgantes, un collage de máscaras y mujeres, las carátulas de los álbumes, las estampas de Charlie Watts y Mick Jagger, en distintos atuendos y épocas. “Ladies and gentleman… The Rolling Stones” y los dedos de Ron Wood y Keith Richards rasgaron el frío de la noche con Jumping Jack Flash, las bestias sueltas en el Campín, el fuego cruzado de un huracán sobre nosotros, una masa informe, agitada y revuelta por brujas barbadas y sin dientes.

Los Rolling Stones en tamaño natural, a unos pocos metros de mí, a unos pocos metros de miles de personas que se desgarraban los huesos a gritos,  a unos pocos metros de la lluvia salvaje que no caía afuera sino que quemaba las vísceras con una emoción incontenible: but it’s all right, I’m jumpin jack flash, it´s a gas, gas, gas.

Wild Horses

Al fondo estaba el mar. Más allá los recuerdos. Ella bailando desnuda por la sala, cantándome al oído, besándome las mejillas. Ella y sus griticos de alegría cuando los poníamos en las descomunales fiestas que hacíamos en el apartamento. Wild Horses era su canción preferida. Cuando volvía a casa, herida por los cristales rotos del mundo, la reproducía a todo volumen y sonreía de nuevo. Wild Horses era nuestro secreto, eran nuestras manos entrelazadas mientras dábamos un paseo por el barrio, bebíamos cerveza y nos besábamos bajo los urapanes dormidos de la ciudad.

Echados sobre la alfombra del apartamento, dejábamos sonar el Sticky Fingers y nos decíamos palabras envueltas en humo: “si alguna vez vienen, si ese milagro nos ocurre, iremos juntos al concierto”. Y ahora están ahí, al frente de todos los gritos y las manos en alto. Están ahí, ¿los escuchas?, ¿viniste a verlos?, los Rolling Stones están ahí y tocan Wild Horses, y tú no estás conmigo.

Y entonces sé, por los temblores en mi espalda, por mis manos apretándome la boca, que estoy llorando.

Dead Flowers

Ron Wood enciende un cigarillo, lo pone en su boca, toca la guitarra. Suena Tumbling dice, Wood se agacha, lleva el ritmo con la cabeza, se acerca a la larga pasarela por la que Jagger va y viene bailando. Ronnie va hasta donde Keith Richards, sincronizan sus cuellos al tiempo, estiran sus bocas orgullosas. Wood ve a Jagger volver por la pasarela y se interpone en su camino. Mick lo empuja, Ronnie retrocede e intenta atropellar a Jagger con su trasero, pero Mick lo esquiva, lo rodea por un costado y con la mano izquierda le quita el cigarrillo de la boca. Lo arroja al suelo y continúa con su baile. Wood sonríe, Jagger también, Keith Richards los mira como diciendo otra vez están estos dos tonteando en el escenario. Al fondo, Charlie Watts aspira profundamente el aire bogotano, su fosa derecha se abre y se cierra, se contrae y expande mientras toca la batería con la elegancia de un músico de jazz.

Mick Jagger vuelve a la pasarela, gira en sí mismo, dobla las rodillas, saluda a la gente de la derecha, a la gente de la izquierda, a la del fondo, a la del frente: baby, I can´t stay, you got to roll me, and call me the tumbling dice.

Keith Richards conversa con Darryl Jones, se carcajean. Los dedos del bajista recorren el instrumento, viajan por el country Dead Flowers, la canción elegida por el público colombiano. Ron Wood tiene otro cigarrillo humeante en la boca y toca al lado de Sasha Allen, la corista, quien canta moviendo sus manos y piernas. Bernard Fowler, el otro corista acompaña a los Stones: take me down, little Susie, take me down.

El Estadio es una pecera gigante donde flotan millones de flores muertas, una pecera que se encrespa con las miles de personas agitadas, una pecera que crea olas con el anuncio de Jagger: “esta noche queremos invitar alguien que queremos mucho, nuestro parcero: Juanes”. Y algunos nos salimos de la pecera, porque Juanes no representa lo que los Rolling representan. Porque la voz demasiado pop de Juanes no encaja con Beast of Burden, pero al instante lo olvidamos, volvemos a las aguas revueltas porque sabemos que en toda la gira Olé sólo la tocaron en Argentina y Brasil. No en Chile, ni en Perú o Uruguay. Entonces entendemos con este detalle, que el show en Colombia es especial: put me out, put me out, put me out of misery.

Paint it Black

“Nuestra banda lleva años contribuyendo a la economía de su país”, dice Jagger en su español británico. Y el público hace comentarios: marica,  ¿qué está diciendo?, ¿habla de la cocaína?, ¿a lo bien? Y Jagger, observando el mar de oscuridad que lo rodea, se lleva el micrófono a su boca roja y grande: “Ronnie toma a diario ocho tazas de café colombiano”. Y su boca roja nos saca la lengua, antes de cantar: I see a red door and I want it painted black, no colors anymore, I want them to turn black.

Para mí todo empezó con Paint it Black. Y no diré que mi padre o mi tío son coleccionistas de vinilos de los Stones porque es mentira. La primera noticia que tuve de los Rolling fue gracias a esta canción que venía como cortinilla de una serie gringa, que pasaban por televisión a finales de los ochenta. Se llamaba Misión del Deber y no recuerdo un solo capítulo. En cambio, jamás salió de mi memoria el punteo inicial de Keith Richards, la voz melancólica de Jagger, los golpes secos a la batería de Charlie Watts y el sitar de Brian Jones. Pero en ese entonces, cuando los Stones sonaban a través del televisor, yo no sabía nada de ellos, y ahora, mientras la tocan esta noche del 10 de marzo, recuerdo a papá y a mamá en su cama mirando la serie. Recuerdo a mis hermanos y a mí acostándonos junto a ellos. Era la época en que me colgaba de los brazos de papá, asombrado por sus músculos, convencido de que mi viejo era el hombre más fuerte del mundo. Era la época en que caminaba con mamá, feliz, porque no cabía de contento por ir de la mano de la mujer más linda del planeta. Y así, en la vorágine de mis recuerdos, entiendo que los Rolling Stones son la banda sonora de millones de existencias que, como la mía, han nacido y crecido, que como la mía, desaparecerán.

Midnight Rambler

Keith Richards se apodera del escenario, toma la guitarra acústica, canta: you got my heart, you got my soul, you got the silver, you got the gold. Su voz raspa las paredes de la pecera, las enciende en fuego vivo. Su voz, refregada en océanos de whisky, canta el blues. Su voz de lobo aullador viaja a los orígenes de estos chicos ingleses, cincuenta y cuatro años atrás, cuando tocaban sin cobrar un peso, en oscuros bares londinenses, rodando como guijarros por los charcos de las aceras, construyendo su historia que desemboca aquí, en el delta de la lluvia y la noche bogotana, que trae a Mick Jagger armado de una harmónica y el blues rock: Midnight rambler.

Mick Jagger baila y canta, Ron Wood y Keith Richards tocan las guitarras, Charlie Watts alimenta la caldera desde su batería. Mick camina por la pasarela, lo rodean las luces de los reflectores, lo encienden como a un sol. Jagger se agacha, toca su harmónica acuclillado. En las aguas de la pecera, la oscuridad reverbera por la miríada de pantallas luminosas de los teléfonos celulares, brillos que asemejan una galaxia alrededor del escenario. Una galaxia que gira en torno del bombo y el platillo de Watts, de los acordes de Wood y Richards, del soplo agudo de Jagger. En este cosmos extraordinario, los Rolling Stones son la estrella más brillante.

Gimme Shelter

En el escenario, en algún lugar en medio de la batería y los coristas, hay un vestuario con chaquetas y camisas. Ronnie sale con un blazer azul, luego con una chaqueta de cuero. Keith aparece con una camisa negra con motivos blancos, luego usa una color crema con estrellas azules, rojas y amarillas. Mick viene con una chaqueta negra y dorada, se la quita, queda en una camisa púrpura metalizada, la desabotona, debajo tiene una camiseta negra. Luego aparece con una camisa roja, ahora con una verde y Ronnie ya se ha cambiado de nuevo. Bernard Fowler viste con camisa y pantalón negro, su compañera en los coros, la bella Sasha Allen, tiene un vestido azabache, unas medias veladas y un suéter dorado con lentejuelas que le cuelga desde los hombros y le llega hasta las rodillas.  Suena Gimme Shelter y Jagger camina hasta donde Sasha, la toma de la mano y la saca de la zona de los coros. La morena baila en el escenario, al pasar junto a Keith, le sopla un beso y continúa su camino hacia la pasarela de casi cincuenta metros que atraviesa la gramilla del Campín. Sasha mueve sus brazos y caderas, se detiene y rompe el aire con su voz increíble: waaaaar, children, it´s just a shot away, it´s just a shot away. La corista  se contonea con sensualidad, Jagger la alcanza en la pasarela, cantan a dúo, se retan con sus cuerpos, se tocan con sus manos, se apoyan en sus hombros, giran alrededor de sí mismos, it´s just a kiss away.

Sasha regresa al escenario, Jagger se queda en la pasarela, gimme shelter, gimme shelter, levanta los brazos. La voz de Sasha Allen, uhh, uhh, uhhh. Y de repente pienso en Andrés Caicedo, en Angelitos Empantanados, en El Atravesado, en Calicalabozo, en que ¡Que viva la música!, pienso en Andrés porque me enseñó, varios años atrás, a amar a los Rolling Stones, mientras leía en estado frenético sus historias de jovencitos perdidos en la oscuridad, uhh, uhh, uhhh, Sasha Allen es una sirena de alarma antiaérea, pienso en Andrés y como si se tratara de un gran amigo que no pudo venir a verlos, cierro los ojos e imagino que a través de mis moléculas y mi sangre, Andrés vive el concierto conmigo, Sasha Allen bombardea la noche,  gimme shelter… gimme shelter.

Symphaty for the devil

Hay simpatía por el Diablo. La hay aún más después de que el escenario se ilumina con las pantallas que proyectan un pentagrama, un macho cabrío, tridentes, sarcófagos y jamsas –la mano de Dios– en láseres rojos. Hay mucha más simpatía porque Mick Jagger lo representa envuelto en una capa de plumas rojas y negras, mientras el fuego del infierno lame espadas y cruces en las gigantescas pantallas. Please allow me to introduce myself, I´m a man of wealth and taste, I´ve been around for a long, long year, stole many a man’s soul and faith. La comunión es completa, el rito se lleva a cabo, estamos en medio de una ceremonia de coros extraídos del Jardín de las Delicias, de estridencias eléctricas reptantes, del baile sensual de Sasha Allen con Mick Jagger, quien la toma de la cintura, la aprieta contra su regazo, la empuja y le ordena ir hacia adelante, y ella baila una especie de samba con rhythm and blues ante nosotros, que observamos con las médulas espinales abiertas para absorberlo todo: pleased to meet you, hope you guess my name.

You can’t always get what you want

Los Stones ya han tocado dieciséis canciones, se despiden falsamente, la oscuridad devora al escenario, el viejo truco del rock and roll. Oeoeoeoeoeeee Stones, Stones. Los ojos se acostumbran a la penumbra y distinguen una multitud de siluetas en los extremos del proscenio, las sombras formando dos hileras, unas detrás de otras. Los aplausos, los gritos, los chiflidos. El resplandor azul del escenario, las luces blancas y la máquina de niebla envuelve a las siluetas que resultan ser jovencitos y muchachas elegantes, que interpretan los coros celestiales de la última canción del Let it Bleed. Las guitarras acústicas, el sonido del corno francés, la voz de Jagger: You can´t always get what you want, but if you tries sometimes, well you might find, you get what you need.

Y esta noche obtuvimos lo que necesitábamos. ¿Satisfacción? Sí puedo obtener satisfacción. Del concierto de la banda más legendaria del rock and roll, por supuesto que puedo. Esta noche nos despedimos de sus majestades satánicas con los corazones rotos de alegría. Nos lo entregaron todo. No se guardaron nada. Ni un pedacito. ¿Satisfacción? Total.  I can´t get no, satisfaction, I can´t get no, satisfaction, cause I try, and I try, and I try… I can´t get no.

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