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CORTANDO RÁBANOS

cortando_rabanos

Por Julia Piastro.

Imagen cedida por el autor.

¿Escribir poesía es un oficio solitario? ¿Una vocación atada a la silla y al escritorio, a la tranquilidad y el silencio? Cortando rábanos, libro-CD publicado por el decimista y rockero Jesús Antonio Rodríguez, mejor conocido como Frino, en 2016 (Ediciones Del Lirio), nos muestra el lado B de la escritura. Esta obra doble, híbrida, mestiza, nos recuerda que la versada también puede ser un arte colectivo, y ante todo ruidoso —como lo fue, de hecho, en sus comienzos: un arte que resuena en lo más profundo de la consciencia, para llegar hasta nuestra humanidad originaria, cuando hablar y cantar eran lo mismo.

Heredero de creadores tan disímiles como Violeta Parra, Bob Dylan, Sor Juana, Guillermo Velázquez y Rubén Blades, el quehacer de Frino traza un mapa de encuentros entre la música y la poesía, entre el ritmo y la métrica, entre la lectura y la declamación, entre la ciudad y el campo, entre la composición y la improvisación. Cortando rábanos tiene, por ello, un carácter muy particular: compendio de sones, sonetos, canciones de blues, décimas y huapangos, va del español al inglés, de norte a sur, de la tradición oral a la escrita, mezclando culturas, tiempos y espacios. Así también nosotros, los destinatarios de tan singular obra, nos colocamos en este cruce de caminos, pudiendo escoger leer los versos en silencio, o escucharlos a todo volumen.

De carácter extrovertido, el verso de Frino no sólo busca sacar la voz —sea en la tarima, el escenario, las páginas del libro o el reproductor de CDs—, sino reflexionar acerca de los problemas y vivencias que nos atañen como sociedad mexicana, y como seres humanos. Su escritura mira hacia afuera; tiene a la mano dichos, refranes, albures, hechos y personajes de la política nacional, referentes de la alta cultura lo mismo que de la cultura popular. No se trata aquí de buscar a tientas, durante días —o años— la inspiración de una frase perfecta, sino de arrojarse al vacío con una melodía en la oreja: atando cabos entre la vida y las palabras, como si los versos fueran rieles de un tren que nos redescubriera los paisajes que ya creíamos conocer.

Al principio del volumen, Frino hace una advertencia: “Éste no pretende ser un libro de poesía sino el resultado de un experimento periodístico”. Efectivamente, muchos de los poemas reunidos en Cortando rábanos forman parte de la columna homónima publicada semanalmente en el periódico Milenio. Crónicas en verso, que podemos emparentar con las de poetas de la vida cotidiana como Ramón López Velarde o Chava Flores. Algunas de las décimas más comprometidas del libro me hacen pensar en los grabados de Posada, o aquellos de Leopoldo Méndez: arte anclado en la realidad, crítico, juguetón; producido en un momento específico, pero capaz de perdurar.

Por los de Pasta de Conchos,
por la guardería ABC,
por una monja que amé
antes del siglo xviii.
Por los fandangos jarochos,
por mi chile y tus tortillas,
porque nunca de rodillas
tengas que pedir empleo,
por el nieto de Ireneo,
por Zapata y Pancho Villa.

Especie de corte transversal de la Historia, Cortando rábanos atrapa la atmósfera de estos últimos años —los más destructivos que hayamos vivido en mucho tiempo. En una época en la que la esperanza anda más bien decaída, la palabra y el ritmo nos devuelven el aire, nos regresan a nuestro centro, nos dan fuerza para seguir buscando nuevas alternativas. De esta forma, la poesía cumple dos funciones paralelas: por un lado, nos ayuda a sentirnos y entendernos; por otro, nos impulsa a imaginar otros mundos posibles.

Paradójicamente, para buscar rutas nuevas es preciso mirar atrás; para salir del atolladero es preciso desandar lo andado, traer de vuelta ideas y creaciones que habíamos dejado en el camino. Así, aprender de los versadores tradicionales, investigar sobre el son arribeño y la décima panameña, no es para este poeta, me parece, una cuestión de “rescatar” culturas en vías de extinción; se trata, al contrario, de rescatarnos a nosotros mismos de la barbarie que ha traído consigo la modernidad. Lo hizo Tablada cuando escribió haikús; lo hizo Guillén cuando transformó su verso en tambor. No somos seres lineales; nuestra identidad y nuestra forma de relacionarnos con el mundo se conforman de futuro y de pasado.

No abundaré aquí acerca del contenido del CD; basta decir que los versos de Cortando rábanos tuvieron el poder de convocar a destacados artistas del medio musical, tales como la cantante de blues Betsy Pecanins, el rapero Danger, el repentista Alexis Díaz Pimienta, el grupo de son jarocho Caña Dulce, Caña Brava, y el grupo de blues del propio autor, Mula de Sietes. Generalmente, las posibilidades de colaboración en un libro se restringen al momento de la edición (donde el editor tiene que trabajar de la mano con el corrector, el diseñador, y a veces el traductor), o en algunos casos, al ejercicio de tallereo previo a la publicación. Este libro, en cambio, gracias a su forma híbrida, puede presumir de poseer un espíritu colaborativo en su contenido mismo. ¿Podríamos comparar este experimento con las creaciones colectivas de los poetas surrealistas, que se reunían a escribir juntos cadáveres exquisitos, a transcribir sueños y a hacer todo tipo de juegos poéticos? ¿O con los fandangos, donde todos bailan y cantan por igual, borrando la diferencia entre público y artista? ¿O simplemente con una clase de lírica en la Escuela del Rock, donde Frino da clases desde hace algunos años, y en donde los alumnos tienen que componer sonetos y décimas en conjunto?

Saber lo que significa entrenar el oído hasta llegar al punto de reconocer, e improvisar, por ejemplo, endecasílabos (sin contar las sílabas con los dedos, por supuesto); lo que implica tener un bagaje de rimas, versos y ritmos en la memoria auditiva, que poder utilizar en cualquier momento; lo que supone jugar con los significados sin descuidar la dimensión métrica del verso; entender todo esto, es darse cuenta de la seriedad, el compromiso y la creatividad que requiere el oficio del versador. No es cosa fácil, y aquellos que lo hacen parecen rondar una misma pregunta: ¿es posible sacar la poesía a la calle, construir comunidad a través de la palabra? Posible o imposible, lo cierto es que se hace, y quienes tenemos el privilegio de atestiguarlo podemos decir que vale la pena.

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