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LA ÚLTIMA BATALLA DEL ALMIRANTE PADILLA

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Por Juan Merchán.

Hay una burbuja que se posa sobre el centro del país. Es un halo viscoso que impide la comprensión de los sucesos, las dinámicas y los hilos culturales que históricamente han tenido lugar afuera. No es algo nuevo.

Ese cerco social pudo haberse originado por una cuestión de altura geográfica. Pecando de poco “sabio”, afirmaba Francisco José de Caldas que la inteligencia humana solo se desarrollaba plenamente en los lugares por encima de los 1500 metros sobre el nivel de ese mar que también era el foco de ataque de la reconquista española. Esos metros de altura y el clima frío que exaltaba Caldas se encerraban en Santa Fe, destino inexorable de aquél que se llamase redentor de la patria.  Era también un refugio tierra-adentro de los delirios nostálgicos de la España de la restauración.

Dos siglos después, la consolidación de ese precepto que halla en la ubicación geográfica la raison d’etre de un país se ha establecido con firmeza en la percepción pública. Esa burbuja que establece a la capital cómo el único país posible y de mostrar, es un velo que se mantiene firme a tierra con el trabajo incansable de decididos sectores, entre ellos los medios de información que utilizan la mayor parte de su espacio de divulgación para, con deliberado ánimo, explorar hasta la saciedad las bondades o tragedias (según la aceptación que tenga el alcalde de turno) de las tres primeras ciudades del país. Como si no hubiese un afuera. Como si no hubiese vida fuera del espectro.

Este absoluto desconocimiento de las historias y los personajes de “provincia” da para decenas de ejemplos. A menos que el susodicho sea un deportista o uno de los 20 muertos de la tragedia mensual (mínimo 20 para ser considerado tragedia), los personajes de ese Catatumbo, esa Macarena Metense, esos montes de marías, esa Buenaventura sólo logran 10 segundos de rápida mención en la charla diaria, en el periódico y el noticiero.

Y qué decir de los héroes históricos del país.  Difícil es encontrar que un joven del interior mencione tan siquiera al fundador de la ciudad, al caudillo que mataron en la séptima, a aquel incendio del edificio de la aerolínea, a la calle donde mataron al humorista. Si la historia viva de lo que pasa adentro de la burbuja es desconocida, si se habla del heroísmo que le dio nacimiento a un país, el lector burbuja pensará que la ficción nacional está cada vez más perfilada. ¡Qué buenos relatos escriben nuestros novelistas!

Pues Oscar Perdomo Gamboa (Ibagué, 1976) trae un relato que busca utilizar unos de los varios resquicios de la burbujeante literatura colombiana y con ello hacer digno homenaje al Almirante José Prudencio Padilla. Padilla fue un héroe de la independencia nacional, personaje vibrante pero sobre todo primordial sin el cual la independencia hubiese tardado muchos años más, pero Padilla también es el eterno ignoto de los próceres colombianos. Además de una fragata que lleva su nombre, un par de escuelas y algunas estatuas en La Guajira, no es preciso comparar el tamaño de aceptación masiva de figuras como Santander, Bolivar, Nariño, Tadeo Lozano y otros varios frente al navegante riohachero.

En “Alla en la Guajira arriba” Gamboa busca adentrarse en la vida de Padilla para reivindicar su nombre, honrar su valor y visibilizar su posición como personaje clave en la consolidación de la independencia nacional. Explorando una narrativa a tres voces, el escritor ibaguereño conduce una novela histórica que sin embargo viaja entre tres épocas diferentes. En un hilo narrativo que incluye vallenatos, pasiones amorosas, conflictos sociales, traiciones políticas y un mar caribe que abunda en cada página, Gamboa disfruta del espacio que tiene para fortificar la figura olvidada de Padilla y no se inhibe de extensas descripciones de la pericia, valentía, virilidad y desparpajo que caracterizaban al pardo almirante. El ascenso, la consolidación y el hundimiento de aquel barco que llevaba los sueños de libertad de Padilla, son descritos con un firme fervor que sin embargo no carcome la calidad literaria. Sus ancestros indígenas y afros toman lugar constantemente con nombres y lenguaje propios de las dos culturas, lo que engrandece la figura del almirante al mostrarlo como hijo de dos continentes. El relato merodea las páginas con referencias musicales abundantes dentro del Vallenato tomando a su insignia histórica, Rafael Escalona, y la historia detrás de uno de sus muchos relatos cantados: “El almirante Padilla”. Estas dos historias tan cercanas a La Guajira son complementadas con la voz conductora de un acordeonero contemporáneo que, en un juego de enamoramiento que no le es inusual, trata de conquistar unos penetrantes ojos marrones con su propio homenaje a Padilla y a Escalona.

Tres tiempos, tres relatos que unidos representan también una fuerte crítica a ese país de la burbuja, ese interior que encegueció ante las historias y proezas provincianas, un cuestionamiento a ese orden impuesto por las élites capitalinas que dictaminaron la organización del país según un criterio “frío, gris y triste”, muy lejos de ese 80 % de “mar, calor y baile” que compone la mayoría del país. Había que recordarle a Caldas que si es por cuestión de alturas geográficas, el 80% carecemos de esa finura intelectual.

En el marco de la FILBO 2017, Perdomo Gamboa presentará esta su más reciente novela (6 en total). Será la presentación una gran oportunidad para mostrar esta obra que tan pertinente es en estos tiempos del olvido de la verdad.

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