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CAMPAMENTO LITERARIO POR EL X CONCURSO NACIONAL DE CUENTO: LA IRONÍA EN LAS LETRAS

Por Mauricio Zapata García.

Fotografías cedidas por el Concurso Nacional de Cuento RCN – MinEducación.

El tipo que iba junto a mí se persignó antes de despegar y volvió a hacerlo cuando el piloto, a unos metros de alcanzar tierra, volvió a alzar el avión y aceleró para regresar al cielo. Dificultades con el viento. Cuando aterrizamos en el Aeropuerto Matecaña nos subieron en varios buses y dos horas después llegábamos a Santagueda, en Palestina, Caldas. Estaba tan entrada la noche que la programación del Campamento Literario, organizado con motivo de celebrar la primera década del Concurso Nacional de Cuento, debía empezar al día siguiente.

El segundo día, en el auditorio de Santagueda, se nos dio la bienvenida formal a los campistas –aplazada por el sueño y el hambre de la noche anterior- y se nos explicó la división de los grupos: categoría de 6 a 11 años, de 12 a 14, de 15 a 17 y de 18 en adelante. Cada categoría sería acompañada a lo largo del campamento por uno de los mentores del CNC, todos ellos escritores emergentes y cercanos a los talleres de creación literaria ofrecidos por el Concurso en todo el país; ellos eran: Betuel Bonilla, Carlos Vicente Sánchez y Manuel Pachón, mentores de los 3 grupos de padres que acompañaron a sus hijos finalistas; Edward Bedoya Galvis, Humberto Sánchez, Jesús Antonio Álvarez y Óscar Humberto Mejía, mentores de los finalistas. Fue Óscar Humberto Mejía quien hizo una aclaración acertada al momento de presentarse: “Yo no soy ningún mentor, los mentores los eligen ustedes cuando leen”.

“Los medios audiovisuales han convertido a los lectores en lectores-audiovisuales, adaptados a historias en las que no todo debe ser contado.”

Esa tarde asistió el escritor Pablo Montoya a un conversatorio en el que lo acompañaría el también escritor Rigoberto Gil; la temática era el oficio de escribir. En este conversatorio, el reciente ganador del Premio Casa de las Américas, contó cómo fueron sus inicios en el campo de la escritura, marcados sobre todo por la decisión de abandonar sus estudios de Medicina, trasladarse a Tunja para estudiar música, y de allí, irse perfilando para su posterior incursión en las letras. Luego, en lo que restaba de la tarde y en la noche, se dio paso a un “picnic literario”, una charla muy breve con los galardonados del Concurso en su versión Ganador de ganadores y una cena acompañada de danzas folclóricas colombianas.

Literatura y cine, esos fueron los temas que abordó el escritor Octavio Escobar, al día siguiente, en su charla. La idea era exponer las similitudes que hay entre ambas formas de arte, la correspondencia entre una y otra forma de contar historias. Escobar afirmó que para escribir ahora hay que saber antes cómo se lee, y de allí planteó que actualmente no existen lectores-lectores, sino que los medios audiovisuales han convertido a los lectores –a todos nosotros- en eso, en lectores-audiovisuales, adaptados a historias en las que no todo debe ser contado y en las que cada quien está en capacidad de inferir detalles y de atar cabos. Para ejemplificarlo, proyectó un fragmento de la película Historias de Nueva York, en el que se hacía evidente que un simple diálogo, un gesto de los personajes o un movimiento de la cámara pueden contar mucho más de lo que parece.

“Casi como si a un marinero le dijeran que se ha secado el mar y, aun así, este lograra hacer zarpar su barco.”

Pero Pablo Montoya y Octavia Escobar también destacaron por otra cosa: ambos hicieron comentarios que, aunque sinceros, estaban cargados de una ironía divertida, si se tiene en cuenta que todo ocurrió en un campamento que pretendía incentivar a niños y jóvenes a escribir y a seguir participando en el CNC. Por ende, cuando le preguntaron a Montoya por su obtención del Premio Rómulo Gallegos y él respondió que este lo había tomado por sorpresa, además porque no creía en concursos, ni en premios literarios. Todo el auditorio se quedó en silencio unos segundos y después aparecieron las risas. Montoya se percató rápidamente del malentendido e intervino: “Lo que pasa es que yo no creía en ellos porque nunca me los ganaba”. Algo similar sucedió con Octavio Escobar cuando dijo que el cuento era un género ya moribundo. No obstante, más allá de lo irónicos que puedan llegar a ser estos comentarios, vale la pena destacar cuán necesarios y pertinentes pueden ser para el que escribe, es decir, si lo hacen desistir o si, por el contrario, lo motivan; casi como si a un marinero le dijeran que se ha secado el mar y, aun así, este lograra hacer zarpar su barco.

“A lo mejor ese es el primer paso para escribir una historia, dejar a un lado la literatura y ponerse a hablar mierda.”

Hubo, por otro lado, algo muy curioso en el Campamento Literario: nadie habló de literatura. Por supuesto que lo hicieron los talleristas, los mentores y los invitados en sus respectivos espacios, pero por fuera de estos primaban otros temas. Este hecho guarda cierto parecido con aquella vez en la que, antes de iniciar una conversación, García Márquez le dijo a su interlocutor: “¡Nada de literatura, carajo!” “Bueno, maestro, ¿qué vamos a hablar?”, dijo el otro. “Mierda”, respondió él. Nadie habló de literatura en el Campamento, por lo menos explícitamente, porque ¿quién dice que hablar de cualquier cosa no es hablar de literatura? A lo mejor ese es el primer paso para escribir una historia, dejar a un lado la literatura y ponerse a hablar mierda.

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