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ASOLEARSE EL ANO COMO EL PERFORMANCE SUBVERSIVO DE LA ESPECIE

Por Jorge Garavito.
Imagen: Sommernacht am Meeresstran, de Edvard Munch (1902-03).

Recientemente las redes han puesto de tendencia exponer el ano al sol hasta broncearse. Más allá de las implicaciones a la salud que esto pueda traer, me llamó la atención al descubrir que el punto en el cielo por dónde se asoma cualquier astro (ya sea el sol o alguna estrella) recibe el nombre de orto, siendo el amanecer el orto del sol. Pero es el punto dónde aparece, no dónde se esconde. Al conectar esto mi cabeza hizo chispas y escribí lo siguiente.

Todo el mundo es consciente de que la vida es paródica
y le falta una interpretación.
El ano solar. George Bataille.

El ser humano camina erguido, erecto, a diferencia de todas las otras especies. El sol calienta, de manera directa, su cabeza. Sus ojos trazan el horizonte de manera clara. Hemos convertido nuestra presencia en un trauma a la naturaleza. La bipedestación nos separa a cada paso de compararnos con el resto de animales, de manera grosera, violenta y abusiva. La verticalidad es la represión a la que nos sometemos buscando alejarnos de nosotros mismos. La erección que ha llevado fálicos cohetes a sacarnos del planeta. Hemos impuesto la verticalidad como símbolo de poder, de acción. La horizontalidad como su contrario. Traza una cruz frente a ti y comprenderás el mundo. Los cuatro ángulos rectos que nos dominan. Le corbusier traga tierra en su tumba escuchando estas palabras, desde su lamentada horizontalidad. La horizontalidad como el descanso, como la inactividad, como la muerte. Abajo la tierra y todo lo que antagoniza al cielo. Arriba el sol y nuestra cabeza. Levantamos erecciones hacia el sol como símbolos de poder: como negación de nuestras frustraciones. La erección como símbolo de nuestro deseo de abandonar la tierra. La horizontalidad como el rendirse a ella. Nuestro sistema digestivo padece el peso de la fuerza de gravedad, a diferencia de la mayoría de las especies que no temen acercar su boca al suelo. La bipedestación como arrogancia, que pagamos pariendo hijos con dolor -recuerdo del edén perdido. La bipedestación como profunda represión orgánica de toda sexualidad, represión que ha sido paralelamente progresiva en todo lo que llamamos civilización, nuestra cultura. Hemos renunciado a la naturaleza para parodiarla con la cultura humana. El ser humano no tiene naturaleza, tiene cultura. Una parodia que por artificial es moldeable, subversivo cuando lo deseemos.

A excepción del ano y los genitales, todos nuestros orificios quedan en la cabeza. Todos los orificios de la cabeza están puestos para satisfacer nuestra ambición de cielo. Reflejo claro de nuestra avaricia. El ojo pineal aunque permanezca cerrado traga todo lo que puede para su aspiración de sol. Si se abriera quedaría quemado por el sol directo. Solo nuestros orificios terrestres entregan. Generosos entregan nuestros más sinceros productos a la tierra, pero lo hacemos a la sombra. Casi, si pudiéramos, sin que nosotros mismos nos diéramos cuenta. Negamos con asco toda nuestra identidad terrestre, allí donde huele a mierda, huele a ser, grita Artaud riendo con cinismo de la hipocresía humana. Todos los dioses son hiperficcionados porque representan la incapacidad de aceptar nuestra pertenencia a la tierra, de aceptar nuestra animalidad. El cegador sol platónico del conocimiento nos ha enloquecido, nos ha llevado a sentir vergüenza por no ser él. Gastamos el planeta entero por conseguirlo. Munch pinta un fálico sol sobre el lago al atardecer como reflejo de nuestra erección hacia él. Bataille nos llama a la subversión. En el ano solar el universo nos entrega su más sincero producto, sin necesidad de negarlo, porque representa todo lo que conocemos de él. El fenómeno del universo en nosotros es la luz, el calor, la mierda pura de la digestión celestial. A ella volveremos en un vals que no ha terminado desde que inició ruidoso su primer compás.

Asolearse el ano es una actividad subversiva contra la arrogancia humana. Aceptar per angostam viam el conocimiento que hemos dispuesto para el cráneo, nuestra parodia de la bóveda celeste. Dejar de entregarnos como erecciones avaras, y darle el verdadero reflejo de nuestro cuerpo al sol. Asolearnos el ano es el performance definitivo para simbolizar nuestro afán de acabarlo todo. Acabarlo todo no es querer el fin, es pensar en un nuevo comienzo. Incluso la gente que afirma que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino, mira antes de cruzar la calle.

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