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ANTOLOGÍA: ANDRÉS PASCUAS CANO

ANDRÉS PASCUAS CANO (1975). Escritor y editor colombiano. Ha participado en el Taller de escritores de la Universidad Central -TEUC- y el Taller de creación literaria de la Universidad Nacional. Autor de los libros El sótano del edificio y otros relatos, 2012; Bogotá-Centro, 2013; Se tiñen de rojo cuando cae el sol, Editorial, 2014; Las aventuras de Tanka Editorial Tiempo de Leer, 2015; Lucidez (Escrita a cuatro manos con Jeffry Esquivel), Editorial Análoga, 2016; La muerte del héroe. Trilogía de cuentos, 2017; y El domador de insectos y nueve relatos más, Fallidos Editores, 2018. Su minificción Trozos de pan fue finalista del III Concurso Internacional de Microrrelatos. Fundación Museo de la palabra. Su cuento corto El restaurador de muñecas fue ganador del segundo lugar en el III concurso nacional Cuentos cortos para esperas largas. Festival de Literatura de Pereira. 2017. Varios de sus relatos han sido publicados en libros, antologías, revistas, fanzines y en diversos medios impresos y virtuales de Iberoamérica. Es co-fundador y editor en Nueve Editores.

Fotografía de portada por M.E. Espitia.


El sueño de Kafka

A Riesgo y a Obsesión

I

Un día, Ricardo vio posteado en Facebook un anuncio que decía: «Si existiera la posibilidad de tomarte un café con uno de ellos, ¿con cuál lo harías?». El anuncio venía acompañado de una imagen con las fotos de seis grandes escritores y, en la parte de abajo, ponía: «Escoge uno y escríbelo en los comentarios, esta noche soñarás que te tomas un café con él». Aunque a Ricardo le parecía ridículo estar perdiendo el tiempo en aquellas tonterías, miró los nombres de los autores: Borges, Auster, Poe, García Márquez, Kafka, Murakami. Lo pensó. Escribió en los comentarios: Kafka.

II

Esa noche, como era de esperarse, Ricardo soñó que se convertía en una cucaracha. Llovía y adentro de la habitación en donde se encontraba, ya convertido en cucaracha, un gato negro lo miraba fijo, sin parpadear. A su lado, un sobre y un sombrero. Abrió el sobre, sacó la hoja y la leyó. Se incorporó. Se puso el abrigo, el sombrero y salió a toda prisa. Caminó unas cuadras con sus extremidades peludas avanzando a gran velocidad. Se insertó en un callejón y volvió a mirar la hoja. El edificio con fachada de ladrillos grises tenía abierta la puerta. Escaleras a media luz y olor a humedad. Ansiedad y miedo. Aunque en el fondo, sabía que se encontraba soñando. El desenlace se acercaba, entendía que debía mantener la calma. No era un buen momento para despertar. El apartamento 517 estaba casi vacío. Un viejo sofá en el centro de la sala. Acostado, un hombre leyendo. «¿Kafka?», se preguntó. El hombre cerró el libro y miró a Ricardo. Desde la perspectiva de Ricardo, su cara se difuminaba entre las sombras. Dio tres pasos. No decía nada, miraba fijo, en un silencio aterrador. «¿Kafka?», preguntó Ricardo en voz alta. Kafka se levantó y caminó unos pasos. El rostro, a Ricardo, se le hizo familiar, pero no acababa de saber de dónde. «Veo que recibiste mi invitación. ¿Pongo a hacer café?», preguntó, al tiempo que extendía la mano para saludarlo. Y justo cuando creía distinguir el rostro del hombre y estaba a punto de darle la mano, la escena se fue difuminando a blanco y la cámara se alejó, lentamente, hasta llegar al infinito.

III

Cuando sonó el despertador eran las seis. Al despertarse, aún en sus ensoñaciones, tuvo el presentimiento de que algo fuera de lo común iba a suceder. A Ricardo siempre le ocurría que, cuando soñaba con cosas extrañas, algo insólito sobrevenía. Se duchó y endulzó su café con la idea en la cabeza. La sensación de que algo iba a suceder aumentaba a medida de pasaban los minutos. Desayunando —huevos con maíz—decidió que ese día no saldría, para evitar cualquier contratiempo. Hacía más de un año que no faltaba a su trabajo. No habría problema en darse una pequeña licencia. El lunes regresaría a la oficina con ánimos renovados. Un descanso le caería bien. Hizo planes a futuro. Poco a poco la idea de que «algo» iba a suceder fue desapareciendo. Se sentía lleno de vida, pleno, feliz. Pensaba en desempolvar la guitarra, le dedicaría una hora diaria a pintar, a leer, a practicar yoga. Entonces, mientras masticaba sus fantasías con los huevos, sintió cuando un maíz se le trababa en la garganta. Tosió, carraspeó, trató de respirar y con cada esfuerzo sentía cómo se iba quedando sin aire. Intentó levantarse para pedir ayuda y no lo logró. En cambio, se derrumbó y, en el piso, mientras la escena se fundía lentamente a negro, se acordó, lleno de angustia, del sueño. De Kafka. De lo malo que sería morir convertido en una cucaracha.

IV

Eran las seis de la mañana cuando Ricardo se dio cuenta de que el despertador estaba sonando…

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