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CARRANGA: ESPEJO DEL CAMPO

Por Gerson Dugen López.

Fotografía de portada por Andrés Lamus Caballero.

Arrebatados arpegios de cuerdas, zarandeado rasgado de guacharaca, agudas tonadas vocales, ruanas y guarapo: ingredientes esenciales para una rumbita de carranga… eso sí, no puede faltar el zapateo mata–cucarachas. El suelo es abrasado por alpargatas, cuando se baila la música del campo santandereano y cundiboyacense.

La carranga es el epicentro de toda fiesta campesina en Santander. No hay pies y caderas que se queden quietas cuando suena el tiple, el requinto, el bajo, la guacharaca y a veces las maracas y la batería. El cuerpo es afectado por el jolgorio que provocan las melodías alegres, evocadoras, de escenas sátiras, sarcásticas, irónicas, entre otras. ¡Y sus letras! Sus letras son espejo de las problemáticas sociales, políticas, culturales y cotidianas, representativas del arado y el ordeño; de las injusticias y desgracias; de la humildad y sencillez; de amores y despechos; de fantasías y guerras, propias del campo colombiano.

La cotidianidad, incertidumbres y esperanzas del campesino se reflejan en la carranga. Pero un citadino también puede disfrutarla. A consideración propia, la carranga es el punk del campo. Sus melodías son provocativas, las letras hablan de la situación del trabajador promedio y de las desigualdades. Es poesía anarquista sin artilugios teóricos (es la encarnación de las vivencias propias de quienes experimentan a diario las injusticias sociales).

Es también una crítica sincera a los problemas bélicos de quienes quedan atrapados en medio del fuego cruzado de bandos contrarios, de quienes se saturan de promesas políticas y después son depositados en el desván del olvido Estatal, de quienes —en medio de su escasez de malicia citadina—, comprenden los embates propios de la vida a manera de sabiduría natural.

A pesar de ello, la carranga es fiesta, es baile, es guarapo, es alegría. Está hecha por y para esas callosas manos que producen nuestros alimentos. Para esa gente verraca y madrugadora que le pone, al sol y a la lluvia, su espalda de roble y nogal, de siembra y siega, de ruana y costal.

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