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FUE TAN FUERTE EL RUGIDO QUE ROMPIÓ EL CIELO: EL FESTIVAL DE LA TIGRA LO HIZO OTRA VEZ

Por Diego Camilo Figueroa.

Fotografías por Andrés Lamus.

El Festival de la Tigra 2020 convocó a un centenar de artistas para permear de buenas vibras a un pueblo que aun levita entre el feudalismo y el modernismo. Al llamado del rugido respondieron gentes venidas de distintas eras, laderas y escenas en búsqueda de inscripciones a nuevas páginas de la fábula rugística. Nadie quería quedarse con algo adentro, era momento de expiar culpas, gritar frustraciones, bailar anhelos, arengar contra el gobierno, reconciliar viejos amores y fortalecer unidades.

La gente ya lo sabe, la tigra abre una zanja en el espacio-tiempo de la cotidianidad piedecuestana, la energía que es capaz de concentrar traspasa, cada edición, más fronteras, oxigenando una realidad tan asfixiante como la colombiana. Con cada tigra, el festival expande sus influencias en espacios más variados, más escuelas le abrieron las puertas a la cultura, niñxs corrieron hacia el bibliocarrito para leer sus historias,  con ideas nuevas salieron los asistentes a los talleres de música, el parque temático alumbra con un hermoso mural luego de que el gigante Guache compartiera su sabiduría con artistas locales, se sumaron más personas a los espacios de reflexión en torno al tema ambiental, congregación de cientos a una marcha/carnaval en defensa del vital líquido y una tarima que se camufla en medio de un parque le dio soporte a una exquisita representación de la buena música colombiana.

“Este gesto de Velandia y Arias se convierte en un símbolo del camino en que debemos insistir, reunificarnos, reencontrarnos, reconciliarnos.”

Esta versión dio inicio en su primer día de bandas con un momento soñado por muchos seguidores de un mito santandereano, la reunificación de Cabuya, aquella banda que convirtió en himno canciones como el billetico, porro o yesca y que con su disolución dio nacimiento a dos nuevas leyendas Santandereanas, Malalma y Velandia y la Tigra. Esta reunificación se expandió de la presentación en el Teatro Santander a una itinerante Kussi Huayra en donde los asistentes se enloquecieron con algo que pensaron nunca ocurriría, Edson Velandia y Sergio Arias en una tarima juntos de nuevo, cantando aquellas canciones que marcaron una generación.

Verlos juntos fue sin duda símbolo de que hay cosas superiores por las cuales unirnos, el goce por la música es una de ellas, el perder el miedo es otra, el encontrarnos para fortalecernos la principal. El movimiento musical colombiano está no solo cimentando unas bases sólidas para un futuro musical inmortal, sino que toma forma en un intrínseco dialogo con la realidad que los permea, no son ajenos a ella, no se han hecho los de la vista gorda, el paro nacional ha tenido en el movimiento musical un enorme aliado que incluso ha llegado a organizar movilizaciones como el paro suena contribuyendo a la visibilización de nuestras gravísimas problemáticas. Por ello, en tiempos en donde un proceso de paz se está echando a la basura y con ella, la posibilidad de avanzar en la reconciliación y la paz, este gesto de Velandia y Arias se convierte en un símbolo del camino en que debemos insistir, reunificarnos, reencontrarnos, reconciliarnos y ser ejemplo para construir un proyecto en común en donde todos quepamos.

“Puñetazos de rabia y patadas frustrantes volaron en el centro del parque para ahuyentar por un momento la realidad que da un país que no le ofrece nada más que violencia y miseria a su juventud.”

Pero este proyecto en común no es algo que se construye en poco tiempo, primero hay que deshacernos de los secuestradores del Estado para luego emprender los cambios necesarios y eso es un camino largo aliento. Se requiere esperanzarnos y revitalizarnos, y eso lo logra la tigra, no hay nadie que asista al festival que se vaya sin sentir que algo lo ha tocado, que algo haya florecido en sí. En los siguientes dos días alguien resonó con las canciones de La Muchacha, otro se revitalizó con el pogo que provocaron las 1280 Almas y los Kaipimikanchi, otros sufrieron una catarsis bailando con las Estrellas del Caribe y otros lloraron su asombro escuchando la magia de Las Añez.

Para terminar la gran jornada, la marcha/carnaval por el agua no congregó a muchos, pero esos que asistieron hacen más que muchos. La arenga era por la defensa de Santurbán, por nuestra agua, por la defensa de la posibilidad de vida en los santanderes, por el futuro de nuestros críos. Por eso retumbaron tambores que se aliaron a la Batucada Guaricha (como Bloco Ilú Okán y bandas de colegios de Piedecuesta), dirigidos por el consagrado cacique de la tigra 2020, Ezequiel Szusterman. Posteriormente Las Añez se deslizaron por la tarima conjurando su propuesta musical frente a nosotros y no quedó más remedio que caer ante el hechizo de tan sobrecogedor proyecto.  El cierre no pudo ser mejor, Kaipimikanchi con su fuerza andina nos conectó de nuevo con nuestro ritmo interior originario que explotó en pisadas acompasadas y las 1280 Almas remataron con tal potencia que hicieron temblar a las viejas oligarquías. Las Almas en la tarima del parque de Piedecuesta, quien lo podría creer, toda una leyenda del rock colombiano frente a nosotros, el pogo no se hizo esperar, puñetazos de rabia y patadas frustrantes volaron en el centro del parque para ahuyentar por un momento la realidad que da un país que no le ofrece nada más que violencia y miseria a su juventud.

“Habrá que resistir para que el país pueda aguantar la terrible hecatombe de un uribismo en crisis que quiere arrastrar consigo a todo lo que se le atraviese.”

Un gran logro para la tigra, una edición más, su camino ya está consolidado y su público cada vez quiere más, se abrió la puerta a la cultura, ahora hay que saberla mantener abierta. Tocará esperar un año más para ver con que sorpresas nos aliviara la tigra, por ahora habrá que resistir para que el país pueda aguantar la terrible hecatombe de un uribismo en crisis que quiere arrastrar consigo a todo lo que se le atraviese.

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