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MITÚ, NUEVAMENTE EN BUCARAMANGA

Por John Gómez.

Fotografías de Andrés Lamus para Event Entertainment.

Bucaramanga es una ciudad ávida, una ciudad que no da tregua y que siempre quiere más. Esta máxima se hace evidente en los negocios de comida barata que inundan las calles principales (bendecidos por la primeras luces del amanecer), en los placeres prohibidos que se esconden de la mirada de los transeúntes (aparentemente) desprevenidos, y en el abdomen y las caras de los niños, donde se acentúan las cicatrices dejadas por el hambre. Bucaramanga es una ciudad que no da espera, una ciudad desesperanzada, llena de voces, palabras, gruñidos, gritos, y estertores. En suma, una ciudad llena de sonidos.

No es extraño, entonces, que exista en la ciudad una secreta cofradía que, al igual que los vampiros, vive solo de noche, deambula por las avenidas con el estómago vacío, y pretende escapar ingenuamente de las comisuras del tiempo, con el propósito incierto de quién encuentra en las sombras el secreto de la vida eterna, (pues si la la sangre es vida, también se hace vital esa otra sangre que se desliza por las venas y empuja a los cuerpos a una danza demente, interminable).

“Una secreta cofradía que vive solo de noche, deambula por las avenidas con el estómago vacío, y pretende escapar ingenuamente de las comisuras del tiempo.”

Por eso, los ritmos que empujan a estos seres, ansiosos por devorar la cotidianidad bicéfala, no son ajenos a otros ritmos, cargados de sal y sol (oleaje de sonidos que horada este reino ignoto, esta dimensión poblada de murmullos y sombras), desconocidos por los no iniciados en los misterios de la noche. Ritmos venidos del Pacífico, por ejemplo, pero que podrían venir del mismo infierno, como aquellos que envuelven el sonido místico de las tamboras de Franklin Tejedor, quien, junto a Julián Salazar, ha dado bien en llamarles “Techno de la selva”, pues son los sonidos de una Amazonia calcinada, en la que millares de almas arden en una misma invocación, escupiendo al viento (con rabia) todos aquellos sueños ignorados por los hombres. Sueños que arden en el corazón, que salta a cada golpe de los cuerpos, mientras gimen las cuerdas de una guitarra que sabe más de deseo que de hambre.

La música de Mitú cala en el alma, como la hiedra en Chernobyl, coronando los edificios abandonados, en una ciudad que ya no sabe nada acerca de los hombres; envolviendo los cuerpos en un trance en el que la muerte (y, por tanto, el tiempo) no tiene cabida, pues el sonido es un tirano que ahorca, y excita. Siendo así, no es raro entender por qué Mitú ha decidido cumplir (nuevamente) su cita anual con el público bumangués, pues su música está en la génesis de la avidez citadina, dando forma a ese deseo que tiende a corroerlo todo: un deseo ajeno por completo al hartazgo, el deseo de bailar mientras el mundo arde, precisamente porque arde, porque ardemos con él y nos dejamos consumir por sus lenguas de fuego, hasta ser una misma ceniza humeante, una pira calcinada de formas que se retuercen bajo la luna, como si quisieran arrancarle la vida al tiempo, y alcanzar una inmortalidad que no les es permitida, una inmortalidad en el vacío, en la caída libre de la música.

“Bailar mientras el mundo arde, precisamente porque arde, porque ardemos con él y nos dejamos consumir por sus lenguas de fuego.”

Bailar hasta caer, bailar cayendo y seguir bailando en el descenso a los infiernos, caminar desnudos por la selva negra y salir al otro lado del vacío como quien ha dejado en la cal y los huesos un secreto que solo podrían adivinar los chamanes. Mitú cumplió, el público cumplió a su vez, y la noche fue una y la misma negrura hasta las primeras luces del alba, que cayeron como un manto oblicuo sobre los cuerpos, que descansaban sobre las aceras de un mundo que les es ajeno: un mundo en el que la avidez se desdibuja entre la necesidad, la soledad y el hambre.

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