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EL FESTIVAL DE LA TIGRA 2019 RUGIÓ SOBRE EL MAINSTREAM

“Nos quitaron todo,
hasta el miedo”.

Por Diego Camilo Figueroa.

Fotografías por Andrés Lamus.

Escribo con la banda sonora de las almas: almas del platanal, de la sangre rebelde, de los planetas y los marineros…. Y no precisamente del Acorazado Potemkim. Así que ya se pueden dar por enterados del tono de la misiva. Escribo luego del segundo día del festival que hizo fiesta de las calles piedecuestanas. El bailatón imprimió vida a una población desesperanzada, y la rumba fue por jóvenes empuñando guitarras, trompetas y tambores en vez de armas. Las manos de nuestros jóvenes quieren labrar la tierra, quieren pescar en los ríos, quieren escribir con plumas de oro, quieren recobrar y mantener un legado cultural, heredado por un maravilloso mestizaje (aunque no haya sido pacífico en su origen) que está en vía de extinción.

“La rumba fue por jóvenes empuñando guitarras, trompetas y tambores en vez de armas.”

Estamos cansados de la guerra, estamos cansados de las armas, estamos cansados de ser carne de cañón de los poderosos, y que psicópatas dirijan nuestros destinos (valga la disculpa al festival si no era esta su intención, pero sí es mi lectura y mi texto). Estoy seguro de que los muchachos que organizaron el Festival de la Tigra lo hicieron con las ganas de hacer algo, importante y cultural. Aportar a una sociedad, aportar en su progreso, eso que llaman poner el granito de arena para tener un mundo mejor. Y no lo hacen como una afrenta tradicional, sino desde una posición vehemente, con carácter, como a veces hay que hablar cuando se la quieren montar a uno… Es decir, para que le cojan respeto a uno. No hago parte de la organización del festival, soy simplemente un turista más, que llegó al parque de Piedecuesta, y esperó por un rumbón planetario en una esquina de la Vía Láctea, ubicada en las escaleras de piedra de un pueblo “cualquiera”. Pues bien, los objetivos fueron cumplidos. Este maravilloso festival hoy se consagra, en su tercera edición, con toda la vehemencia de su rugido.

Curiosamente, a pesar de mi extranjerismo, me ha tocado fungir funciones de anfitrión, tender puentes interculturales desde lo hermético de los simbolismos piedecuestanos que encubren este municipio de su glorioso pasado. El pueblo que levanta dos iglesias en la misma cuadra del parque principal como marca indeleble de la guerra, y que se autoproclama como garrotero por ese trágico hecho, promovido por líderes de odios y diferencias que al final nunca ponen sus hijos, ni su sangre, ni sus muertos, ni sus bienes. Líderes que han establecido un aparataje de patria sobre los pilares de  muerte, el prejuicio a la diversidad, el amor a la destrucción y la profundización de la desigualdad.

“El pueblo que levanta dos iglesias en la misma cuadra del parque principal como marca indeleble de la guerra.”

En Piedecuesta se dio cita la colcha de retazos de los Andes, los ancestros africanos e indígenas que contrabandean en los discursos oficiales, el punk y el rap más antipatriarcales y antisistema, el jazz más salsero, la cumbia más ácida, la ruda más poderosa, el hip hop más silbador, los mejores arreglistas, instrumentistas, compositores y bailadores, dispuestos para invocar solícitos a nuestros antepasados y poder avanzar en reconciliaciones que han quedado a medias. Pero el festival este año no solo fue música, fue cine, marionetas, talleres y mesas de trabajo alrededor de la comunicación, la cultura y la coyuntura nacional. Hoy los jóvenes han recibido la percha de sus monumentales antecesores y son los que van a las comunidades bien olvidadas e invisibilizadas de Colombia para entablar diálogos con pares y beber de las fuentes de sus raíces. Han aprendido a hacer trincheras de resistencia cultural, a elaborar instrumentos, inventar reservas… Son la vanguardia en la protección ambiental, en las transformaciones de las relaciones entre hombres y mujeres, en la reducción del canal interoceánico salarial.

Por si las dudas, parte del clamado (dice un entrevistado que prefiere conservar su anonimato) es que Duque sea nuestro presidente, no el de Venezuela, no el de los gringos. Que se ocupe de nuestros problemas. En su lema presidencial decía que el turno era para los jóvenes. Bueno, pues los jóvenes queremos arte, queremos trabajos dignos, queremos poder vivir de lo que hacemos, queremos poder desayunar en la calle y no llegar con el estómago vacío a clase.  Queremos un país desarrollado, poderoso, digno y justo. Creo que en eso coincidimos. Bien podríamos hacer una analogía del país con una familia. Padre, madre e hijos, son todos diferentes, unos de otros. Por ello, algunas familias no consiguen andar juntos, cada uno da un paso para avanzar individualmente conllevando a un tropiezo que hace comer polvo. Otras familias, a pesar de sus diferencias, logran conseguir un ritmo interno y avanzar por todos los proyectos que se proponen, en donde pueden dejar su europeísmo en las justas dimensiones y entender que los derechos son universales y no solo del primer mundo.

“Los jóvenes queremos arte, queremos trabajos dignos, queremos poder vivir de lo que hacemos, queremos poder desayunar en la calle y no llegar con el estómago vacío a clase.”

Los beats de este tercer festival levantaron más de una vez de sus camas a los Piedecuestanos que hicieron parte del rugido tigresco desde la comodidad de sus hogares. El potencial energético de este evento hizo repensarnos el modelo de desarrollo detrás de Hidroituango, hizo posible que cientos de colombianos de diferentes procedencias, estratos sociales y gustos musicales sacaran un bochornoso capítulo de una intervención a nuestra hermana siamesa.  Queda así una expectativa inmensa para el cuarto festival, hacia lo que sus organizadores nos presentarán, las rumbas hasta el amanecer al pie de la iglesia, lo que sus artistas nos transmitan y lo que sus debates en talleres nos promuevan, con la certeza de estar construyendo cultura, que tan necesaria es para una paz duradera y verdadera.

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