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CARTA A HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

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Por Katherinne Castañeda Calderón.

Fotografía tomada de internet.

Señor Héctor, usted no me conoce. Soy una estudiante de periodismo y admiradora de sus letras. Usted ha sido uno de mis escritores favoritos, por encima de Gabriel García Márquez. Su forma de contar historias me atrae y me hace sentir identificada, así como una buena canción de mi banda favorita…

Sin embargo, hoy, más allá de mis filiaciones políticas, quiero expresarle mi decepción. No me malinterprete, su decisión de votar en blanco no es algo que esperaba de usted, aun así, lo respeto. Pero no quiero más asesinatos impunes, no quiero más crímenes declarados de lesa humanidad. No quiero más muertes por balazos como la de Bernando Jaramillo, Jaime Pardo, Héctor Abad Gómez, Jaime Garzón, Tito Díaz, o los 217 líderes campesinos asesinados, ni mucho menos quiero 10.000 personas inocentes disfrazadas de muertos en combate.

Prefiero a Petro, que no tiene punto de comparación con el innombrable. Sin embargo, mi decepción no es sobre su voto, es sobre esta frase: La universidad gratis para “todos los jóvenes” es la típica propuesta demagógica. No todos los jóvenes quieren ni deben ni pueden ir a la universidad. Publicada en su cuenta de Twitter, el pasado 13 de junio.

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Quiero decirle antes, que no soy como usted. No viví la guerra como usted la vivió, no mataron a mi padre, como a usted le ocurrió, no tengo la posición privilegiada que usted hoy tiene a causa de sus letras.

La única posición privilegiada que tengo hoy es decir lo que pienso, y lo que sé, sin temor a ser acallada. Me siento con privilegios, pues de vez en cuando me publican sin censura en uno que otro periódico.

Aun así, he de confesarle que sí sé lo que significa levantarse todas las mañanas con el temor de ser atravesado por un disparo, o alcanzado por las consecuencias de la violencia. Sé lo que es despertarse pensando, que en cualquier momento entrará alguien a avisar la muerte de mi padre, quien no murió de viejo, ni asesinado como se esperaba, sino de manera natural. Y usted no se imagina el alivio que eso significó.

Le cuento que la universidad para mí no fue un privilegio, pero hay quienes, en mi familia, piensan que fue un lujo que estaba por encima de mis alcances. ¿Usted se imagina un mundo donde uno sea tildado de arribista por estudiar en una universidad privada? Yo no lo creía, pero así fue.

Me siento orgullosa de haber estudiado en contra de mis posibilidades. Reconozco que hoy tomaría una decisión más sensata. No porque crea que no todos deben estudiar, sino porque quisiera seguir estudiando, y ahora sí, está fuera de mis posibilidades. Soy una de las 600 mil colombianas que se pagó la carrera a punta de ICETEX, y hoy debe más de 40 millones de pesos, y no sabe cómo pagarlos. Lo que es peor, no he recibido el título, porque cada que una universidad sube de ranking entre las mejores, sube el valor del semestre, y en universidades como la mía, suben el valor de cada materia. Y supongo que usted cobra bastante por dar una charla en ella.

En Colombia nadie controla lo que cobran estas entidades. Uno puede pagar semestres de 8, 17, 27 millones de pesos por carreras con las que, a duras penas, se gana el mínimo. Así es difícil pagar sumas tan irrisorias.

Ante este panorama, el modelo educativo en Colombia no es el mejor, pero con severidad sí le aseguro que la educación ha salvado vidas que estaban destinadas a empuñar un fusíl, que estaban destinadas a morir entre el fuego cruzado; la educación es y será la única esperanza para cambiar el paradigma con el que muchas veces se nace.

Le pido que piense que todos somos hijos de esta patria azotada por la sed de poder, a pesar de esto, todos deberíamos tener la certeza de una educación, tener acceso a la salud, y la seguridad de que cada crimen que se comete no va a quedar impune. No es populismo, ni demagogia, es sentido común, es el derecho que deberíamos tener como seres humanos libres.

La educación gratuita debe salir del mismo bolsillo que durante años ha auspiciado la guerra, y los súper sueldos de quienes nos gobiernan. Estoy dispuesta a que mis impuestos sean gastados en beneficios sociales y no en guerras, que terminan por luchar las clases menos acaudaladas. No quiero más escudos humanos cegados por la ignorancia.

Creo que todos, deberíamos poder estudiar lo que nos venga en gana. Me decepciona que usted como hijo de un gran maestro piense lo contrario, y espero, como muchos que leímos su afirmación, haberlo malinterpretado.

Y no, ir a la universidad no debe ser un privilegio. ¿Por qué no hablamos de obtener un Ferrari, o una casa en Miami?  La universidad tiene que ser el camino a la libertad, el camino a mejores decisiones sobre el futuro de este país. La educación no puede ser un sueño, no podemos seguir pensando que hay clases que nos dividen y que por eso unos tienen derecho a acceder a ella y otros no.

Espero tener el privilegio de que me lea y no se ofenda. Tengo que decirle que encuentro su punto de vista debatible, elitista y basado en pasiones guiadas por el sinsentido de la prepotencia. Siento que un comentario desafortunado como el suyo no puede ser una tendencia negativa, por lo que usted representa para muchos jóvenes que hemos leído y admirado su obra.

Y espero también que me responda.

Sinceramente,

K.

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