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ANTOLOGÍA: JORGE ANDRÉS GARAVITO CÁRDENAS

ppJORGE ANDRÉS GARAVITO CÁRDENAS. Bucaramanga, 29 de junio de 1987. Desertor de Historia de la UIS, pero Profesional en Estudios Literarios de la UN. Miembro Fundador de Cinismo Sin Ismos, Semanario PAN, Cínica Editorial y PANKFLETO. Textos suyo han sido publicados en diferentes espacios tanto impresos como digitales. Antifascista, y adorador de satán.

 

SILENCIO EN LAS CATACUMBAS

-¿Esto fue un colegio de monjas?-

-Sí, el COLPILAR. Mi mamá estudió acá- Jorge y Charro hablando bajo el único recuadro de luz de la celda. Yo escuchando sin querer hacerlo, tratando de adivinar cuándo se dejaría ver la luna.

Los ojos adaptados a la oscuridad, como el ruido de música de un café, daba cierta sensación de comodidad que nos permitía a los reclusos charlar. Aun así hasta ese momento no me había permitido hablar con ninguno.

-Yo recuerdo cuando descubrieron estas catacumbas. Fueron canales de escape entre monasterios jesuitas. Al parecer todos los monasterios estaban conectados por canales como estos- Mientras yo hablaba un guardia llegó con una linterna y nos obligó a guardar silencio. La luz me hizo doler los ojos.

Bucaramanga en guerra podía ser una pesadilla, pero para mí era un sueño. Cuando me capturaron no dudé en gritarles que no podían frenar la lucha contra el fascismo. Recibí todos sus golpes con una emoción tan romántica que pensé que aguantaría más.

El Charro preguntó si había luna llena. Esa noche Jorge me entregó un papel doblado muy pequeño: -Cuando salgas, prométeme que le entregarás esto a Sueni- Lo miré en silencio y me dolieron los parpados de nuevo. Tomé el papel y no le respondí: debí haberle preguntado por qué sabía que yo sobreviviría. Esa noche la luna no estaba totalmente llena, todavía le faltaban dos días más.

No pude dormir. Mi boca devolvía el hormigueo frío de cuando me drogaba con LSD. Sería fatal un flashback en este momento, pensé ansioso; hoy entiendo que era el sabor de la sangre y el miedo. Aún recuerdo ese sabor en noches insomnes como esta.

Vi cuando entraron al costeño. Yo era el único despierto. Lo entraron a patadas y le gritaban que no despertara a nadie, que si despertaba a alguno lo castigarían más severamente. Todos fingimos dormir para que se fueran rápido. Era un tipo que me pareció bastante viejo para estar con nosotros; entró llorando pero al vernos se calmó. Nos teme, pensé un poco divertido. Me le acerqué y le entregué en silencio mi manta. Nunca lo vi usarla. En el recuadro la luna se ubicaba a tres cuartos del borde izquierdo.

En la mañana, junto al resplandor del día, entró un milico de rango alto que nos pidió de manera amable hacer una fila mientras sus escoltas nos paraban a patadas. Mirando un papel pareció reconocernos. Pidió, señalándome, que le dijera si necesitábamos alguna ayuda médica, “¿Todos están bien de salud?” y luego soltó la noticia –Mañana a primera luz todos serán fusilados por los delitos de herejía, comunismo y corrupción- Escuché al costeño sollozar y lo sentí menor a mí, impresión contraria a la que me había dado esa madrugada.

Me di cuenta que Jorge y Charro habían dejado de hablar. Fue extraño: tal vez por la hermandad de la muerte o alguna treta mental para distanciarme de la situación, pero sentí compasión por todos; cuando el guardia se fue comencé a hablar de cuando descubrieron las catacumbas en las que estábamos – Fue mucho después de que esto fuera un colegio. Fue en el 2009 cuando las encontraron, y los arquitectos estaban muy emocionados. Al parecer son una especie de vías de conexión entre monasterios jesuitas. Se construyeron a finales del siglo XIX, pero la guerra de los Mil Días retrasó el proyecto, y se retomó como hasta 1908. Probablemente los jesuitas construyeron esto pensando en la necesidad de huida. El caso es que lo “descubrieron” más de cien años después.  Duró mucho tiempo abandonado, porque la zona estaba en remodelación.  La época en que lo descubrieron era de mucha corrupción, y la gente se sentía tan impotente que su respuesta para todo era el cinismo apático. Estaban dormidos, como hipnotizados. Agradezco el ’27 con mi alma- Recuerdo a  Jorge levantarse al escucharme – No me importa morir- dijo mirando a Charro- pero ¿Vivir como eran los de la Ciudad Bonita? Eso me daría vergüenza- Y luego se quedó en silencio, mirando la pared a su derecha. A Jorge lo había conocido en el bar de un amigo en común que frecuentábamos cuando éramos jóvenes. Opus 27 se llamaba. Creo que fue un refugio importante de la resistencia en la sublevación del ’27. Con Jorge, incluso, compartimos célula cuando entramos al partido. Lo recuerdo muy bien porque se lo conté a los militares para que lo capturaran. Fue la primera noche de mi interrogatorio, y cedí muy rápido a la tortura. La valentía romántica me duró muy poco. La celda pronto volvió al silencio, mi intento no dio frutos.

Ese día pasó particularmente lento: imagino que nos dieron la noticia en la mañana para ablandarnos el espíritu. Traté de elevarme pensando en el parecido que tienen el silencio y la oscuridad cuando una mano en el hombro me despertó – ¡Guimel! Dale esto al nuevo- Me dijo Jorge entregándome un pedazo de lápiz envuelto en un papel de alguna publicidad. El tiempo pesaba como si yo lo estuviera empujando.

El costeño estaba en el mismo lugar donde lo tiraron los milicos y parecía alelado mirando en silencio la pared con la mejilla apoyada en el sucio suelo. Recuerdo que su sonrisa me hizo acongojarme. Me miró de manera fija y sus ojos oscuros tenía un brillo que me hizo pensar en la noche estrellada en que me capturaron; fue la noche más bella que recuerdo, las estrellas parecían fogatas cercanas, no había una sola nube y el negrísimo cielo parecía cubrirlo todo de silencio. Yo acababa de huir de un ataque sorpresa a la escuadra, y había visto morir a mi compañera. Corrí hasta el anochecer, y sobreviví con solamente agua. Me monté sobre unos árboles y pensé que nunca me encontrarían. El cielo de esa noche llenaba todo en mi cabeza, ahora son los ojos felices y alelados de un camarada.

Con el calor húmedo de la celda, extrañé al cielo como si fuera una persona, pensando que nunca lo volvería a ver. Era una celda muy calurosa. Entendí que el costeño intentara robarle frío al suelo a pesar de la suciedad. Su cara estaba llena del polvillo que cubría todo el piso. El solo recordarlo me produce alergia. Sentí rabia con Jorge: la bondad de entregarle con qué escribir al costeño me molestó. Me senté en un rincón y dije – Morir fusilado, destrozado por balas, debe ser muy doloroso. He escuchado que nunca se muere de una vez, que sientes el dolor hasta el final- Sentí cómo todos me miraron con asco y angustia y entonces sonreí un poco.

 -¿Alguien sabe cómo se llama esa perra? – ¿Cuál? –Preguntaron todos a coro de manera automática- La madre de Ordoñez. Se supone que nosotros estamos bajo la custodia de la Orden de Santa María y esa perra, según escuché, es la que comanda esa orden- En ese momento entraron los guardias. Me sacaron sangre con una cachetada y gritaron que teníamos que aprender a respetar. Yo sonreí al ver al costeño escribir como si no se diera cuenta de nada. La temperatura parecía estar bajando. Jorge y el Charro gritaron algo, pero nadie podía hacer nada. Mirando a Jorge volví a sonreír. Tres sonrisas antes de morir no estaban mal, pensé para tranquilizarme. Una bota militar comenzó a pisarme la cara, justo en la boca, y entendí que los militares se estaban ofendiendo con mi risa. El militar de alto rango volvió a entrar y los soldados pararon mi somanta. Les dijo algo al oído y los guardias se llevaron a Jorge y al Charro. Cerraron la celda y volvimos al silencio y la oscuridad. El dolor de los ojos retornó pero ahora me lo distraían las heridas de la cara.

Me senté contra la pared. Traté de entender que sentía ¿Quería morir? ¿Había hecho algo importante para el mundo? ¿Esta vez ganaría el fascismo? ¿Qué haría si me dejaban con vida? ¿Sería capaz de vivir en el mundo del fascismo por miedo a la muerte? La palabra derrota me bañó la cara en llanto.

-¡Guimel! – era el costeño acercándoseme. Me sorprendió que supiera mi nombre –no te preocupes- me dijo mirándome a los ojos- vamos a estar bien-  No quise hablarle, no entendía muy bien que estaba diciendo. Ambos sabíamos que nos fusilarían en poco tiempo. Me pareció una actitud patética, típica del cliché superacionista. Llegaron los guardias de nuevo, nos miraron un momento, nos sonrieron, se miraron entre ellos y se fueron. Pudo ser muy rápido, pero recuerdo la escena muy larga. Sus fusiles estaban en posición de disparar. Yo sabía que era algo raro. Cuando se fueron nos invadió el silencio. Era un silencio muy diferente; hay muchos tipos de silencio. Creo que culpé al costeño por haber pronunciado mi nombre, como si fuera un mal agüero. Sentí un vacío en mi nombre tan extraño que hoy, por más que me esfuerzo, no lo entiendo.

Me demoré en identificar los sonidos que me sacaron de la hipnosis. Eran disparos que pronto se convirtieron en bombardeos. El Costeño, asustado, dijo algo sobre un “ellos” que no entendí sino hasta mucho tiempo después. Lo vi emocionado tratando de retirar unos ladrillos grandes que se dejaban ver al lado izquierdo de la reja.

– Nos tirarán el  techo  encima si no hacemos algo-

Paró un momento, me miró muy serio y entonces me lo dijo- Yo te entregué, quiero que lo sepas. Me arrepiento, tú me has ayudado y yo lo he sentido como si completaras mi castigo- y continuó muy concentrado en su labor. Cuando me enseñó el ladrillo retirado recuerdo haber sentido un viento frío, nuevo, que me puso la piel de gallina.

– Listo- dijo muy serio sin voltearme a mirar- Vámonos de aquí- Me quedé muy quieto mientras él salía impaciente. Los bombardeos sacudían todo, y la arena que caía me hizo pensar en el techo que había nombrado el Costeño. Ahora lo sentía la persona más intrépida conocida.

La resistencia asaltó las Catacumbas de Nuestra Señora del Pilar el viernes 28 de Junio. Ese enfrentamiento duró tres días. El costeño murió esa misma noche en una trinchera. Supe que su fusil se lo llevaron los fascistas. Encontré a Sueni en un hospital, pero no le entregué la nota de Jorge. Me casé con ella en el mismo hospital pero murió unas cuantas semanas después. Nunca supe nada de Jorge, ni del Charro. Tampoco entendí por qué los soldados que bajaron no nos mataron, pero ese día sentí algo de paz, como si Jorge me hubiera perdonado con la presencia del Costeño. Hoy, viendo insomne el cielo estrellado, no creo que sea así. Tal vez deba volver a contar la historia para poderlo entender.

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