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ANTOLOGÍA: ÓSCAR ESTÉVEZ

15085737_10154102059100665_8602732207538439139_nÓSCAR ESTÉVEZ. Ingeniero Electrónico y Licenciado en Estudios Asíaticos e Historia. Ganador de los concursos de poesía Casa de Poesía Silva, 2008 y Café Converso, 2012. Actualmente reside en Montreal.

 

 

 

HORAI

En su libro «Fantasmas de  la China y del Japón», Lafcadio Hearn nos advierte de la asidua falsedad con que los antiguos cronistas abordaron a Horai, la ciudad que no conoce el dolor y la muerte.

No habiendo visto nunca Horai con sus propios ojos, un innumerable ejercito de narradores terminó por compilar un espacioso fardo de falsas descripciones de todo cuanto existía en la ciudad gobernada desde el Palacio del Rey Mono, con tal grado de precisión y verosimilitud que era posible, en teoría, inclusive comprender las reglas que regían la derivación de las palabras de su lengua y su relación con la fisonomía de sus habitantes.

Así pues, no resulta extraño que en medio de semejante glosario de fantasías hiciera fama la absurda certeza que sólo era posible conocer la ruta que conducía a Horai, La Bienaventurada, a través de un golpe de intuición.

Despistados por la autoridad atribuida a tan larga estirpe de escritores, un aún más largo linaje de contempladores se esforzó por separar en sus espíritus el ruido del mundo y lograr la lucidez que les revelara el mapa que conducía a la ciudad en cuyos campos brotan las hierbas que hacen volver a los muertos. Todos envejecieron y murieron tratando de adivinar la forma de un espejismo.

Jamás sus narices fueron extraviadas por el aroma del arroz recién cocido que invade las calles de Horai al caer la tarde. Jamás sus bocas gustaron el hechizo de su vino ni sus pulmones se hincharon con el mismo aire que respiraron los afortunados nativos de Horai. Hombres y mujeres capaces de encontrar la plena satisfacción interior con sólo observar la manera en que un gato lame la nieve de sus patas.

Sin embargo, pocos entienden que sin el inútil esfuerzo de esa tropa de escritores y meditadores la Horai moderna, no habría pasado de ser otra mítica rareza entre las muchas que el olvido derrumba entre las hojas de los libros antiguos.

En efecto, la Horai de hoy, esa a la que es posible ir comprando un par de tiquetes por Internet, fue prefijada por el pensamiento de sus meticulosos soñadores. Sólo gracias al nivel de detalle de quienes silenciosamente la imaginaron, sus constructores, sagaces hombres de negocios, pudieron materializar esa maravilla de nuestros días bautizada Horai e inspirada por ese antiguo delirio colectivo de creer que es posible un paraíso en la Tierra.

En radical contraste con la perfección con que cada árbol, telaraña, nube y grano de arena fueron replicados a partir de los modelos soñados en el pasado, se encuentra la manera fácil y sin sacrificio con que el visitante contemporáneo se desenvuelve en las calles de Horai.

Aturdidos en la superflua atracción por lo exótico, esta nueva horda de aficionados a Horai es presa fácil del bien planificado oportunismo de los comerciantes. Presa en el afán  de consumir y presumir de toda novedad, la sangre de los hombres de hoy es incapaz de realizar el estremecimiento que tanto anhelaron quienes en el pasado gastaron su vida deseando que su calzado pisara la piedra de sus avenidas.

Envilecida por el ojo vulgar del turista, Horai aún permanece invisible a los ojos mortales. De manera que no se equivoca Lafcadio Hearn al afirmar que la verdadera Horai sólo es tangible a través de un puñado de viejos poemas.

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