LOS CAFRES: DIEZ AÑOS DESPUÉS





Hay canciones que no envejecen, somos nosotros los que envejecemos frente a ellas, como si el tiempo fuese una sustancia maleable de la que apenas somos un sustrato accidental, una molécula azarosa e imprecisa.
Redacción Alter Vox Media.
Fotografías por Andrés Umaña.
Diez años atrás, Los Cafres aparecieron sobre el escenario de Rock al Parque cuando el festival todavía ocurría en agosto y Bogotá tenía otra forma de mirar el mismo cielo gris. Era 2015 y la banda llegaba celebrando sus primeros 25 años de música. Nosotros estábamos allí por primera vez, con la expectativa temblando aún sobre los párpados, a la espera de esos tres días del festival de rock al aire libre más grande de toda América Latina. Y la espera nos devoró.
Diez años tuvieron que pasar para que la banda regresara al Escenario Plaza. El calendario había cambiado. La ciudad, y nosotros, también, inevitablemente. Con el peso de una década de festival, los viajes por carretera de más de ocho horas y el esfuerzo de cruzar el parque para ver, en las tarimas dispuestas, la mayor cantidad de bandas que se pueda, todos nos convertimos en presas fáciles del tiempo.
El domingo 22 de junio de 2025, el festival había recorrido buena parte del día entre guitarras, distorsiones, ska, cumbia, rock y otras formas de hacer ruido en sus distintos escenarios. En el Plaza ya se habían presentado bandas como Silvestre y La Naranja, de Argentina, y Los de Abajo, de México, además de las propuestas distritales Urdaneta y Piangua. Fue entonces el turno de una banda que parece entender el escenario de otra manera, pues no necesita correr hacia el público, le basta con poner el primer pulso y el cuerpo ya sabe qué hacer.
Los Cafres son una banda de reggae, pero decir eso puede parecer insuficiente. Desde Buenos Aires, desde aquel lejano 1987 en el que comenzaron a construir una de las trayectorias más importantes del reggae latinoamericano, esta agrupación entendió que cantar en castellano no significaba traducir el género, significaba encontrarle otro tempo. Casi cuatro décadas después, ese tempo se hizo Viento para despejar el camino que, posteriormente, habrían de recorrer.
Después fue el turno para Acto Salvaje, Suena la alarma y Es la música. El repertorio avanzaba despacio ante los aplausos y los gritos del público, como si tomara el Aire del aire mismo y lo llevara, gentilmente, a las notas de Tus ojos. Y ahí, en ese preciso momento, diez años desaparecieron de repente. Porque Tus ojos no sonaba igual que entonces. La canción era la misma, nosotros no. Nadie puede serlo luego de una década de despedidas, desencuentros, trabajos, personas, etc. Diez años de entrevistas, notas, conciertos, divididos en dos fronteras por una pandemia global en la que la música en vivo parecía ser solo el recuerdo de días pasados.
Por fortuna, no lo fue. Y fue esta banda argentina la encargada de recordarnos que seguimos aquí, saltando al unísono, haciendo temblar el suelo del Simón Bolívar entre el barro y las botas, las briznas de hierba, la lluvia perenne. Porque esta década también trajo nuevos amigos, sonidos, experiencias, nuevos encuentros con la palabra, otros destinos. Y Los Cafres tienen esa virtud. Su música puede hablar del amor sin convertirlo necesariamente en promesa, de la pérdida sin convertirla en condena y del tiempo sin enclaustrarse en él. Y hay algo profundamente vital en su manera de entender el reggae: incluso cuando la letra mira hacia atrás, el ritmo continúa avanzando.
Del mismo modo, la memoria también tiene su propio setlist. Algunas canciones son lugares, otras, personas. Y hay unas pocas que son versiones anteriores de nosotros mismos, justo aquello que permanece Si el amor se cae, cuando se cae. Caída libre de 10 años, del 2015 al 2025. Entre ambas fechas, suficientes vidas como para llenar el parque, una y otra vez. La canción, no obstante, en perfecto equilibrio entre la fragilidad y el movimiento, señalando que, aunque el amor pueda caerse, el mundo no deja de girar. Y Los Cafres no niegan la caída, bailan a su ritmo.
Su fuerza nace precisamente de la pausa: permanecer en el pulso y dejar que bajo, batería, guitarras, teclados y vientos construyan un espacio en el que la canción pueda respirar. Por eso, desde Frecuencia Cafre e Instinto, pasando por ¿Quién da más?, El paso gigante, Alas canciones y HOY 3 Décadas, la banda ha ido ampliando ese territorio sin abandonar la raíz que la hizo reconocible. Y quizá es por eso también que esta agrupación encuentra su cabida tan naturalmente en Rock al Parque. Porque el festival ha sido siempre una conversación entre edades. Hay quienes llegan por primera vez y regresan después de veinte, diez o cinco años. Hay canciones nuevas que todavía no saben qué recuerdos van a cargar consigo. Y hay canciones antiguas que ya no pertenecen del todo a ninguno de aquellos que las escucharon por primera vez, sino a quienes las sobrevivieron.
Y mientras reflexionábamos sobre el tiempo, el último tramo llevó el concierto hacia La receta, marcando así el cierre de la noche. Una noche en la que Los Cafres regresaron a Rock al Parque y encontraron un público distinto, aunque no completamente nuevo. Generaciones que habían aprendido sus canciones en diferentes momentos y que, durante un rato, pudieron cantarlas juntas. Por eso La receta, con ese saborcito de su música, que se cocina a fuego lento y en compañía, deleitó a las distintas generaciones que estuvieron presentes en el cierre de un domingo atemporal.
Y, al igual que la banda, nosotros también regresamos, aunque no exactamente al mismo lugar. Pues ahí estaba el parque, otra vez, y ahí el recorrido infinito para volver a casa, tarareando distraídamente el eco de las canciones que flotaba aún entre los árboles, con la certeza de saber que ya no eramos los mismos que diez años atrás cantaban Y si perdiste la pasión en un remate de dolor / A destiempo va ese corazón.
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