LA NOCHE ETERNA: «EL MATÓ A UN POLICÍA MOTORIZADO» EN ROCK AL PARQUE 2025





Hay canciones que nos llegan tarde, pues necesitan que algo ocurra para develar aquello que siempre quisieron decir. Entonces se dejan caer con el peso gravitatorio de la certeza, como si el cielo se derrumbara bajo otro cielo un poco más lejano y oscuro, hasta dejarnos solos, bajo la lluvia incipiente, del otro lado de ese aguacero que tenemos dentro y que, por fin, nos deja subir a la superficie para tomar aire antes de regresar.
Redacción Alter Vox Media.
Fotografías por Andrés Umaña.
El domingo 22 de junio, en el Parque Simón Bolívar, mientras Bogotá se sacudía apenas el ruido de las otras tarimas, y miles de personas buscaban un lugar frente al Escenario Bio, El Mató a un Policía Motorizado hizo su aparición ante los gritos del público. No hubo necesidad de explicar nada. Bastaron las guitarras, la voz grave de Santiago Motorizado y esa manera tan particular que tiene la banda de hacer que la tristeza parezca, por momentos, una suerte de belleza accidental, para entenderlo todo. Para reconocerse allí, en primera fila, a la espera de un concierto que, sabíamos, sería inolvidable.
Y, en ese momento, Santiago canta.
No hace falta saber exactamente qué se está perdiendo para reconocer la lógica del duelo, de la ausencia. Cada quien carga en hombros a sus propios fantasmas: una sábana protohumana y antigua de nombres, silencios, habitaciones vacías, entretejida, justo allí, por la música. Quizá por eso La Síntesis O’Konor sigue siendo un disco al que uno vuelve cuando algo termina, se rompe. Publicado en 2017, el álbum parece construido alrededor de aquello que queda cuando el amor comienza a convertirse en memoria. Un álbum que se hizo presente, una y otra vez, en la presentación de la banda argentina, con canciones como El tesoro, La noche eterna, El mundo extraño, Fuego, entre otras.
No se trata únicamente de la pérdida: es también la insistencia, el deseo de comprender, la dificultad de aceptar que algunas cosas no pueden recuperarse. Por eso El tesoro no es solamente una canción sobre lo que se hunde, sino la imagen de aquello que alguna vez pareció suficiente para quedarse. Y la voz de Santiago encuentra en esa pérdida algo que todos podemos reconocer, lo toma en el aire y lo pone a circular entre el público, atravesándonos al unísono.
Las canciones de La Síntesis O’Konor aparecieron en el repertorio de aquella noche como habitaciones a oscuras de una misma casa. Pero El Mató no llegó a Rock al Parque a interpretar solo uno de sus discos más importantes. Llegó con canciones que, años después de haber sido grabadas, todavía conservan la capacidad de decir aquello que muchas veces no sabemos nombrar: esa suerte de despedida que las palabras, muchas veces, son incapaces de formular.
Por eso, hay algo profundamente generoso en que una banda pueda convertir esa experiencia íntima en emoción colectiva. Porque el duelo suele ser una cosa silenciosa. No siempre funerales ni despedidas solemnes. A veces caminar por los mismos lugares con una ausencia nueva, escuchar una canción que antes significaba otra cosa y descubrir que ya no nos toca igual, o que nos rompe aun peor. Reconocer que las palabras mudaron el sentido del otro lado de las promesas.
Y en el ambiente de esa noche eterna, irónicamente breve, las guitarras encontraron más espacio, aparecieron sintetizadores y nuevas texturas, y las canciones respiraron de otra manera, pasando de Las luces a Yoni B y la infaltable Chica de oro. Pero, debajo de esa transformación, algo esencial: la capacidad de una banda para construir canciones que parecen sencillas hasta que uno las necesita, hasta que dejan de pertenecerle a quien las escribió. Ya no una noche imaginada en La Plata, sino en Bogotá, bajo la lluvia, el frío, el cansancio de rodear el Simón Bolívar y no tener donde llegar. Y así, por un instante, miles de personas que no se conocían compartieron la misma herida sin necesidad de nombrarla. Y, a veces, acompañar es suficiente.
Al final, Rock al Parque continuó haciendo lo que lleva décadas intentando lograr: juntar generaciones, memorias y formas distintas de entender la música en un mismo espacio. Pero, para quienes estuvimos frente a El Mató aquella noche, algo quedó suspendido en el ambiente, como si el parque hubiera dejado de ser un parque y Bogotá fueran todas las luces encendidas en la noche del mundo. Como si después del ruido fuera posible escuchar, finalmente, aquello que permanece cuando todo lo demás se va.
El tesoro sigue hundiéndose.
Nosotros también.
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