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ANTOLOGÍA: CHRISTIAN PALACIO

CHRISTIAN PALACIO es un artista polifacético, gestor cultural e inspirador científico de Medellín, cuya trayectoria literaria ha sido reconocida por la Asociación de Academias de la Lengua Española y la Orden Ciudad de Envigado.

En el ámbito de producción, ha destacado en instituciones como los teatros Porfirio Barba Jacob y Carlos Vieco, coordinando además eventos de talla internacional como el Festival Colombiano de Teatro Ciudad de Medellín, Festival internacional de poesía de Medellín y el Concurso de Cohetería Deportiva 2024. Actualmente, integra la corporación aeroespacial ALAS y es cofundador de la Red de Creadores de Poesía (RCP).

Su faceta literaria se consolidó en 2019 con Oquedades, poemario ilustrado de gran acogida que circuló por escenarios de relevancia como la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, Comfama y la Casa Museo Otraparte.

La propuesta escritural de Palacio se distingue por un uso audaz del lenguaje, nutrido de neologismos, extranjerismos y cultismos que evocan una atmósfera colindante con el nadaísmo, el dadaísmo y el absurdismo. Su escritura aborda una exploración tanto lírica como temática, con versos que transitan desde lo introspectivo y filosófico hasta la crítica social y el padecimiento de la urbe. En definitiva, su estilo se define como una amalgama aguda, poseedora de un alto contenido multirreferencial que entrelaza el intertexto literario con la cultura popular y la posmodernidad medellinense.

Hoy en día, el autor trabaja en su segundo libro, El mito de la taberna. Esta obra retoma la estética de Oquedades, pero desplaza la introspección absoluta para enfocar la mirada hacia el entorno. Aquí, Palacio explora temas como el trabajo, la calma y el desencanto en una sociedad hipercomunicada, aunque paradójicamente desconectada en su intimidad.



CAMBIADME LA RECETA
(El mito de la taberna)

«Y si despierto solo en alta mar
Y apenas floto
Y me juraras que me harías feliz
Y así, me salvo.
Igual, ¿cómo lograría subsistir?»

L.A. Spinetta

La virtud de la anempatía me fue dada como cicatriz de nacimiento.

Lejos del tedio o la paz que tantos predican —equivocados, convencidos, altivos—, la dulce voz de Chet, diluyéndose con gracia infinita en el éter, me provoca la más profunda excitación: he fundido motores al ritmo sincopado y suave del más sentido jazz.

El alma del metal me habló del tiempo.

Y yo le dije al sabio que callara.

Y pretendí quedar o ser disuelto.

Así mismo he vivido cada accidente en slow motion, y he vivido en el deliquio ágil de quien no toca puerto sin más guía que un acorde enrevesado.

La virtud de la anempatía me fue dada como cicatriz de nacimiento.

Ella ya no vive entre mis sábanas y yo le guardo un cariño acorazado.

Como si un día fuera a atravesar la puerta de regreso a mí mirada

y se fuera alojar entre mis manos, con el ritmo violento en los parlantes, trayendo con su tacto la calma absoluta de sus ojos.

Pero no hay regreso, ni puerta ni interludio.

Es que ella ha vuelto, acaso para irse.

Y el piano se desgarra y llora un poco,

y yo y la cocaína y los strobers.

La virtud de la anempatía me fue dada como cicatriz de nacimiento.

Por eso hay vidrio quebrado entre mis manos; por eso la amenaza, el llanto, el grito.

Mientras más alevoso sea el güiro, soy yo, que más pequeño, apenas floto.

Y azaro a todo el mundo y hasta gano.

Y ríen los parceros y mi combo,

y dicen «este man es lodo, es oro»,

se cagan de la risa por mi ingenio.

Pero hay derrota en si bemol tras cada asalto.

Yo quise que ser rockstar fuera senda

y dije al niño triste que durmiera.

No hay más.

No hay nos, ni son ni ton ni nada.

Las caras no me alcanzan para el rito.

La virtud de la anempatía me fue dada como cicatriz de nacimiento.



LA CIUDAD PRENDIDA
(El mito de la taberna)

Habitan ellos cubículos cual metrópoli de Oriente;

empilchan bien y se creen cocacolitas escasas.

Cuánto gozo verlos sueltos, con sus carnets aún al cuello,

como sogas que ellos mismos ostentan y romantizan,

mientras pasan balbuceando un idioma que no es

el que usaban sus cuchas pa’ gritar en la camilla,

mientras traían al mundo al Homo callcenterictus.

Nosotros no somos nada y ellos lo saben: ni miran,

porque están muy concentrados en sus charlas tan profundas

sobre el catálogo Bershka o la racha en la app del búho

o en el bono y la fiestica, y en el ascenso anhelado.

Pero no son diferentes, en el fondo, a este paisaje.

Todos aquí son voraces, pero comen diferente

—unos a otros, es claro— en variaciones y aspecto,

porque la fiesta caníbal es rica en flow y en acentos.

El peso de tantos días, de tantos años de gente,

Causante de que hasta el más yuppie relinche por lenitivos,

y así, en comunión fortuita de gente que no se mira,

estamos todos besando el ámbar de las botellas.

Olvidé decir, por cierto, que estamos en algún parque,

un parque de esos famosos, medio turístico y grave,

donde la danza de todos se basa en buscar mareo,

donde solo el pobre es feo y el resto son lo que quieran.

Asistimos al festejo, eterno y atribulante,

de la gran ciudad prendida.

Coronada en su paisaje con putas, gringos y locos,

siendo a veces, todos ellos, un poco de cada uno,

o siendo extranjeros pobres, migrantes sin bills ni IDs,

que vienen a comer mierda atendiendo a los primeros,

con la esperanza en las manos y la familia bien lejos,

esperando que la loba de esta Roma con carrieles

aviente leche pa’ todos sus hijitos putativos

y alcance un tris de esperanza, pa’ volver mañana al ciclo.



CALMA
(El mito de la taberna)

Se sabe, sin ser brillante, que no se debe mezclar tristeza con adicciones.

La calma es un bien escaso, demandado y deformante.

Es vendida como réplica, calma AAA, casi igual que la original,

con costuras blake, suela de goma, olor idéntico al parnaso

(si es que alguien sabe a qué huele aquello).

Se la ofrece en cultos, con toppings de amor y pobreza prefabricada.

Se intercambia cara, como un servicio exclusivo.

Viene en bebedizo, en pan ácimo, en sesiones teatrales con jarrones afinados.

Hay calma en grajeas, inyectable, calma seca de Shizuoka.

Calma blanca, delirante, calma en cristales y en besos;

hay calma light sin excesos, calma de tonto galante;

calma antillana bailable y calma triste de Atrato.

Calma desnuda, alienante, calma en “buen día, preciosa”.

Hay calma que no es calmante, calma alarmante, explosiva;

hay calma tensa, que hastía, calma fit adelgazante;

hay calma cruda y punzante, que es más mortal que la angina.

No hay calma heroica, ¡y es claro!

Ninguna empresa es tranquila.

(Eso si vale la pena).

La calma falsa es la ruina del espíritu virtuoso.

Hay calma que no merezco y mucha que siempre ansío.

Calma variable, del río, calma vieja del abrazo;

calma que yo nunca alcanzo; calma que evado y que tiro.

Si bien me quito la vida a cuotas con calma enferma

nunca he de andar por la berma: no hay calma cuando hay camino.



SARAO ANTROPOCÉNTRICO
(Oquedades – 2019)

Venid pues prójimos míos,
habrá un sarao en mi casa,
que está invitado hasta el sapo,
y hasta el más feo endomorfo.

Cantaremos jerigonzas:
paparapa lopas quepa,
feniculindarse todo sepan;
y esta alegre jitanjáfora estrambótica,
hechizante,
le resulta sicalíptica
hasta al más púdico asceta
y verán pelando teta a la más sobria eremita,
tornarse exótica, erótica,
errática y crapulesca.
Nos beberemos las copas
hasta del bosque cercano,
luego hablaremos de arcanos
que nos revientan la testa,
de escrituras paleocrípticas,
de santos y otros varanos.
Luego al abuso exquisito
de la casual sinalefa
levantaremos las dríades
más chimbitas de este parche,
eso sí,
si es que la bicha brinda total aquiescencia,
aunque hasta balen los viles
o los giles se carcoman.
Jolgorio tras Bacchanalia, saoco y anacronía,
tal vez alguno fenezca
de disparo al hipocampo,
y el zapateo termine en turbamulta asustada.
¡No distraiga la gambeta,
ni los gamberros follantes!
Que la fiesta titilante
nos dure toda una vida.



CONCENTRARSE
(Oquedades – 2019)

Concentrarse, como en campos.
Con sentarse (y aprender a hacerlo);
con ese miserable acto de sumisión
os educan; me mal educaron.
Concentrarse,
como si existiera ese famoso punto
del que concéntrico viviera todo al derredor
deidad-centro, caracola.
Ni aunque comprendiera la espiral sagrada,
la proporción áurea o la bondad del ser
acudiría al final del remolino
y no a sus fuentes.
Concentrarse y encontrar la paz interior,
meditar con un ojo entreabierto,
aguzado para identificar el short primaveral
o el artificio de esta generación ecologista.
Concentrarse en los parques,
no vaya y sea que donde nadie mira,
en medio de los miedos y los juicios
se encuentre el yo verdadero
y tenga que salir vestido de harapos
y soledades.
Con – cen – trar – se,
silábicamente,
tejiendo en cada letra filigranas:
—concentrado es llamado
el alimento para ganado—
concentrarse, dejar de pensar en filamentos,
calles, ornamentos, teoremas, paradojas y
platelmintos.
Eludir el diseño incidental,
la marquesina en los párpados,
la notificación que apremia,
con centrarse, bastaría…
Concentrarse, químicamente:
perder el solvente,
hacer enfleurage de las fotos infantiles
y disolver tres gotas en una infusión de
billetes en desuso.
Dejar de acumular líquidos y recuerdos,
salir a trotar sin Instagram alguno,
beberse en el día el agua
de una familia guajira,
ascender al puesto que devora otros,
alinearse al centro, dimitir,
caer al cauce
¿basta?
¡Basta!
Vasta.
… ¿Cómo ejercer la renuncia ante tanta
inmensidad?

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