ANTOLOGÍA: JORGE GIBRÁN ELJAIK ARTEAGA

JORGE GIBRÁN ELJAIK ARTEAGA. Filósofo, Humanista, poeta, tallerista y promotor de lectura de la Universidad del Norte. Ganador del estímulo Germán Vargas Cantillo 2021, en la categoría nuevos creadores con el libro A todas las cometas de mi barrio (2021). Ganador del concurso Escrituras de una incertidumbre colectiva (2020) con el poema Ya volveremos. Ha realizado talleres de escritura y promoción de lectura para niños y jóvenes con la fundación Círculo Abierto, el centro de formación INFOTEP y el HAY FESTIVAL. Hace dos años participa activamente con el colectivo multidisciplinar Ocho Cuartos.
¡Píllenlo, píllenlo! Gritaban
y la gente parecía una ola
que se estrellaba en las calles y los muros,
una ola llena de palos y piedras y cantos de rabia
que resonaban en los bordillos y las ventanas:
¡mátenlo, mátenlo, pa’ que aprenda!
Y un fracaso de jesucristo ensangrentado estaba en medio de todos
amarrado a un poste de luz mientras escupía sangre
en un costado de la carretera.
Recordé cuando tenía siete años
y sentadito en un carro de pedales
vi como un vecino apuñalaba a otro en la esquina
mientras el carnaval inundaba todo el barrio.
Esa vez me quedé congelado y la música rompió en llanto
y un festival de máscaras corrió detrás de un asesino.
Pero ahora,
mientras un hombre descamisado se acercaba al centro de la turba
empuñando una cadena de bicicleta, casi que sonriendo,
lo único que pude hacer fue correr,
imaginar que esto no sucedió, ni estaba sucediendo,
porque en el fondo,
muy en el fondo,
yo también
lo estaba disfrutando.
Mi barrio
Ya van veintidós años
y el barrio sigue siendo lo mismo:
un grupo de niños jugando al fusilado,
dos o cuatro chismosos,
un motel y muchas discotecas,
y demasiado cemento.
Pero nada
nunca
cambia.
Aunque se me hayan muerto
cuatro perros y dos gatos,
aunque dos de mis amigos jamás volvieron de la cancha.
Aunque vendan las casas
y abran más negocios,
aunque los hijos de los hijos de los hijos
les hagan relevo en los estaderos
y los billares,
nada
nunca
cambia.
Hasta la cometa del abuelo de mi abuelo
sigue colgada entre los cables.
El comején se comió mi casa,
mis ojos, mis manos.
Empezó en la esquina del baño
y acabó debajo de mis párpados.
Ahora se come todo lo que miro.
Busco, grito, rezo,
pero ya se comió a mi mamá,
a mi hermano, a mis amigos
y el sol ya ni quiere salir.
Parece que se comió a Dios también.
No quedó nada, ni nadie.
Un sueño de arena pasó
y se llevó mi nombre.
No sé por qué no fui con ellos.
En la ciudad más cercana al sol
bajo por las calles anaranjadas
pateando farolitos, apagando volcanes.
Soy como dios, pero borracho y en pequeño,
soy como dios, pero más travieso y más delirante.
Soy el de los pies hinchados, el de los tenis rotos,
soy quien apaga los focos.
Mira mamá, nunca supe dar sombra,
pero aquí voy pateando faroles en diciembre,
soy quien trae la noche.
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