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ANTOLOGÍA: PERLA RIVERA

PERLA LUSETE RIVERA NÚÑEZ. Ajuterique, Honduras. Docente, poeta y gestora cultural. Especialista en Literatura por la UPNFM.  Maestrante en Literatura Centroamericana en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.

Ha publicado: Sueños de origami (Goblin Editores, 2014), Nudo (Malpaso Ediciones, 2017), Antologia Personale (editada en Venecia, Italia, por la Asociación Cultural 7lune en 2019), Adversa (Editorial Áttica de Monterrey México, 2019), He sido un pájaro (Editorial La Chifurnia, El Salvador, 2021) y Arde en mi vientre (Malpaso Ediciones, Honduras, 2021 – Virtual)

Ganadora en la Convocatoria de la Editorial Universitaria UNAH, 2019, con su libro de poesía: El abecedario del frío. Ha sido invitada a festivales y encuentros de poesía en América Latina y Europa, publicada en revistas y antologías de poesía en Latinoamérica y Europa y traducida al inglés, hindi, árabe, afgano e italiano.


COMO UNA MATRIOSHKA

Soy aquella que puede habitarse
como se habita una ciudad. 

Una estación de rostros femeninos
con ojos que desbaratan los gritos.
Inviernos arropados bajo túnicas de madera.
Artesanas de rituales que conjuran la luna
y acomodan en vasijas de madera
cada historia y su final.


UN VIAJE Y UNA PARTITURA

Debemos descubrir  el camino del retorno
diseñar nuestro encuentro,
reina de las linternas.

Escuchar tu voz  y abandonarnos al sonido sin pausa de tu viaje,
todo el cosmos ha sido arrojado al espejo.

Dibujé en mi partitura el sitio donde estás ahora
y te observo desde mi ventana pequeña
ahora sé que no puedo hacerte preguntas.
Y aun así recibiré  tus respuestas.
Así se recuerda cuando un corazón ha sido tibio
y se puede dormir en su propia música.

Tu viaje es ahora el discurso del frío,
es habitar el frío.
En estos días la hora se marca
por los grados del termómetro en punto.
Y por el recorrido de las aves que ni con todo el viento a su favor
pueden extender las alas hacia este escenario. 

Hablemos en el  idioma de los pájaros,
toma la mano que prometió no soltarte
y cuéntame esas historias que me colocabas
en una botella en la playa.
Me parece que escucho tu risa,  durante esas jornadas  en casa.
 La evocación nos cambia de sitios sin movernos.

Aquí arden  tus palabras, 
se retuercen los hilos arrancados al tiempo.
Abrigos de sostenidos y bemoles
con los que me cubriré
el día de mi muerte.


FUEGO Y JAZZ

Poco puede hacer una mujer sin voz
quizás dibujar caminos en el polvo de los objetos de su casa
u observar sus actos como descripciones apócrifas.
Poco podía hacer esta mujer sin un grito dentro,
confieso que me he encontrado.

Mi abuela narraba que mis antepasados cruzaron el océano,
la travesía histórica por el estrecho de Bering.
Mujeres misteriosas con cabelleras encendidas
y con una cruz de sacrificios envuelta en sus pañuelos cuadriculados.
Les colgaban de su ropa mapas y brújulas
y tenían en sus trenzas grillos que cantaban jazz o algo parecido.
Todavía se asoman sus caras en mis gestos,
son los nenúfares azules en mis amadas fotos de Matisse.
Con todo el sentido común me iniciaron en el arte de la premonición
me heredaron velitas blancas y estrellas de mar
y les debo cada letra de mi atormentado vocabulario.
Mi voz es ahora una llamarada que en algún momento sonará como el jazz.


SIN TÍTULO

He intentado descifrar el lenguaje de las rocas, observé el río y su vientre. Rumor de tantos siglos. Me he descubierto en la orilla como embajadora del canto del colibrí, que se quedó atrapado en más de algún poema.

El golpe del agua, bandera de auxilio, no se detiene pese a los lamentos de la tierra. El latido de mi cuerpo cuajado de memoria se quedó atrapado en algún viaje a su interior.

Las manos, los ojos y la sonrisa, único escudo contra las estridencias tatuadas en las neuronas y fieles amuletos contra todo tipo de disfraces. A veces creo que en mis manos se resguarda el silbido de mis ancestros, que las estrellas y los sonidos son las imágenes de esas voces tan dulces que besan mi memoria y que en una filigrana, junto al río, me confiesan más de algún secreto.


UN VIAJE CERCA DEL MEDITERRÁNEO

Siempre me veo cantando, aún sobre el mapa de la tristeza. Las canciones nunca se acaban y el pasado es una sinfonía escrita en piedra.

¿Cuántos secretos ocultan los granos de arena? ¿Cuántos universos escondidos  son juegos artificiales en el vientre del desierto? 

La visión de un mundo que atesoro en postales, se cruza con la del camello que pasa por el ojo de la aguja, y mi audacia de atarme al vuelo del Ibis contrasta con que tengo las medias rotas y el corazón parchado.

La nostalgia es, sin duda, un tercer ojo donde confluyen todos los sueños, y hoy me he levantado en medio de la noche a arrojar mi cara frente al espejo. Pienso en el otro lado del mundo, en  reinas que con leche curan las marcas del tiempo y con veneno alivian las traiciones a su corazón.

La memoria es una escalera triangular apoyada en el cielo.  Y la ciudad no está  tan sola como imaginamos,  a veces es una enorme tumba. Después de todo siempre hay alguien que visita a los muertos, y su canto se desliza en esa golondrina que después de bordear  el Mediterráneo sigue silbando una melodía, que nada tiene que ver con el mar.


DIARIO

6:30 pm – Llego a casa y expulso mis tacones de 12 cm de altura. Siento la necesidad de ser algo preciso.

7:00  pm – Me desenredo, me busco entre un manojo de carne y huesos.

8:35 pm – Huyo del vértigo de la conciencia y tomo el control del audio, Sam Smith, Everlast, Cat Stevens, Radiohead.

9:30 pm – Hago una autopsia de mi caricatura. Abrazo el centro del espanto.

10:30 pm – Adelanto  los años. Quiero perpetuar la costumbre de buscarte en el epílogo del mundo.

12:00 – Dormir, despertar, insomnio. Defiendo tu luz de esta sombra

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