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ANTOLOGÍA: MIGUEL CASTILLO

WhatsApp Image 2018-11-10 at 6.52.32 PMMIGUEL CASTILLO (1985). Licenciado en español y literatura. Formó parte del taller literario Umpalá, y el taller de escritura creativa Relata UIS, el cual también dirigió por dos años. Ha sido finalista en múltiples concursos literarios, y publicado los libros Peces para un acuario (2010), Noctambulismos (2013), Tres hombres solos (2013) y El resplandor de la derrota (2018). Sus cuentos han sido publicados en diferentes revistas impresas y digitales, así como en antologías nacionales e internacionales de cuento. Por tres años formó parte del equipo de talleristas y formadores de docentes del Concurso Nacional de Cuento RCN y Ministerio de Educación Nacional de Colombia. Actualmente forma parte de la Estrategia de Promotores de Lectura Regionales de la Biblioteca Nacional de Colombia y el Ministerio de Cultura.

 

UN LLANO EXTENSO CON UNA BOCA EN LA TIERRA

Cavo en la tierra. Lo hago con firmeza, deseando terminar lo antes posible. Desde arriba, el sol quema mi piel. Al principio, cuando empecé a cavar, lo hacía sin fuerza, creyendo ingenuamente que así lograría evitar el trabajo de hacer este agujero que ahora empieza a hacerse profundo. A mis espaldas, los hombres que me trajeron gritan y ríen. Soy el único con una pala en la mano. El agujero debe ser enorme, me dijeron.

Yo no debería estar aquí, en medio de la llanura, soportando el sol del mediodía. A esta hora, y específicamente hoy, debería estar terminando la clase de español con el curso de quinto. Llegué hace un año, proveniente de una ciudad fea y usualmente callada por culpa del frío extremo. Aquí es todo lo contrario: hace calor, y sin importar que haya o no electricidad, la música se oye acompañada siempre de voces estruendosas que la corean. Recuerdo que cuando puse mi maletín sobre mis hombros y levanté la caja con los libros, listo ya para venir, mi madre me dijo que no lo hiciera, que me quedara, que seguro saldría algún trabajo allí mismo. Pero ya llevaba demasiado tiempo esperando esa misma promesa. No podía seguir igual, sin trabajo, sin dinero, y todo el día en casa, como si no supiera hacer otra cosa que ver televisión y revisar el correo. Debía tomar esa plaza e irme. Ahora que pienso en eso, siento que la vista se me nubla, y en lugar de un llano extenso, veo mi cuarto y oigo a mi madre que me llama para comer.

Bajo este sol, mi piel debe de brillar como techo de aluminio. Soy extremadamente blanco, tanto que en el colegio me decían Gasparín, como el fantasma de las caricaturas. Eso no sería nada más que una anécdota si no fuera porque esa misma piel, baja en melanina, tiende a enrojecerse y brotarse por culpa del calor. Ahora mismo, el sol es tan fuerte que en mi piel empiezan a notarse las erupciones que estallan y lastiman como diminutos punzones. Las primeras semanas, y sin importar que estuviera bajo sombra y con un ventilador apuntando a mi rostro, en mis labios brotaban fuegos que hacían del hablar y el comer algo doloroso. Sufro específicamente de urticaria colinérgica y, a pesar de esto, acepté ser profesor en una de las zonas más calurosas de Colombia. Sé que te quieres ir, me respondió Milena cuando le conté que había conseguido el trabajo. No volvimos a hablar de eso hasta que subí al autobús y ella lo repitió. Creo que ella estaría preocupada si me viera así, todo rojo y punteado por culpa del sol.

Quien sí estaría orgulloso de verme cavar bajo el sol sería mi padre. Por fin usando las manos, me diría como si fuera un milagro que pudiera usarlas de esta manera. Nunca fui bueno para el uso de la fuerza, y por eso es que prefería hacer las tareas y luego estudiar en la universidad que pelear con los demás niños y trabajar junto a papá en el taller. Más de una vez me dijo que trabajara con él, y yo, tonto, me obstiné en decirle que debía dedicarme a lo que había estudiado. Tonto, tremendo tonto, no estaría aquí viendo cómo ese agujero que hago en la tierra es cada vez más una boca abierta que ya mastica mis rodillas. Fuera del agujero, los hombres que me rodean se burlan. Gritan, ríen y cada tanto me arrojan piedras. A veces las piedras dan contra mi cuerpo, y el dolor del golpe se hace doble por culpa de la piel lastimada. Si le hubiera hecho caso a mi padre, hoy estaría también sucio, pero de grasa de motor y no de arena y miedo, y mi piel estaría intacta, sin heridas a la vista.

Y hasta el día de ayer el calor fue el único problema que tuve. La gente del pueblo fue buena conmigo. Por ejemplo, los padres de mis alumnos, quienes nunca me dejaron gastar un solo peso en mercado, porque ellos mismos se encargaban de regalarme lo que necesitara, y lo hacían sin necesidad de que se los pidiera. Era como si supieran lo que faltaba en la cocina y en mi estómago, porque nunca, ni siquiera una sola vez, recibí una naranja teniendo aún alguna por comer. Así, ¿cómo no encariñarse con un lugar?

El agujero es más profundo, tanto que la mitad de mi cuerpo está oculto dentro. Miro al sol y estoy seguro de que son las tres de la tarde. Si es así, el sol tiene tiempo suficiente para seguir lastimando mi piel. A mi espalda me dicen que debo seguir cavando, que no me detenga. Me pregunto por Milena. Yo le decía que viniera a vivir aquí conmigo, pero ella se negó siempre. Por eso cuando los niños querían averiguar si tenía novia, les decía que sí y que no. Los niños reían, pero yo me quedaba pensando en ella. Quisiera no hacerlo, pero es imposible. Imagino su reacción cuando sepa lo que ocurrió conmigo. Veo que mis padres lloran desconsolados, y a su lado está ella, odiándome por haberme ido.

Mi piel es una tela roja que expulsa un olor moribundo, y la fosa es tan profunda que es imposible que salga sin ayuda. Dejo de cavar por primera vez. Cierro los ojos. Sé que los hombres me gritan, pero sigo con los ojos cerrados, esperando a que suceda lo que tiene que suceder. El tiempo se hace largo y por entre mis párpados la silueta del sol llega a mis ojos. Recuerdo que de niño solía hacer algo parecido; la diferencia es que cerraba los ojos después de mirar al sol tanto tiempo que se hacía imposible continuar. Tengo sed, mucha sed. Los hombres siguen gritando, pero a lo único que pongo atención es al ruido que hace mi boca cuando la abro para tratar de humedecerme los labios. Los hombres me rodean y me apuntan con sus armas. Ya está bueno, grita el que manda. Me pide la pala, y se la arrojo con el último aliento que me queda. Saca un revólver y me apunta. Me dice que me acueste. Cierro mis manos ampolladas en forma de puño, pero no me resisto. Obedezco, igual que lo hice cuando me dijeron que los acompañara y después cuando me ordenaron que cavara.

La tierra es seca. Arriba, el cielo ha empezado a colorearse de ese rojo intenso que precede a la noche. No veo nada más que el cielo. Me duele el cuerpo, y ese dolor, por extraño que parezca, me hace recordar. Entre todo lo que se me aparece en la mente, están mi madre despierta antes del amanecer y las manos de mi padre al regresar del trabajo. Están también los niños de la escuela en el primer día de clase, y Milena sonriendo al dormir en mi hombro. Desde arriba comienzan a caer los primeros palazos de tierra. Cae todo sobre mí, y lo veo como si fuera esa lluvia de meteoritos que a principio de año les conté a mis estudiantes; el origen del planeta fue una lluvia de rocas y metales espaciales, todos formados por el big bang y atraídos entre sí por fuerza de gravedad, hasta que finalmente, y después de explosiones inimaginables, se formó un único cuerpo. Así estoy ahora, volviéndome uno solo con el polvo que cubre mis ojos. Tengo miedo, porque sé lo que pasará, pero a pesar de esto debo decir que la tierra refresca mi piel tostada. Pedazos de rocas y arena entran en mi nariz hasta que dejo de respirar. Sobre mí, la tierra sigue cayendo, cada vez más pesada. En mi cabeza, unos segundos antes de que todo termine, veo la calle angosta y sucia que lleva a casa.

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