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CAMILO BOLAÑO EN OPUS 27

Por Paula Corzo.

Fotografías de Nata Morales.

La mágica noche del pasado viernes 10 de Febrero, Opus nos aguardaba con una velada acústica de lo más dulce y masculina: tres interesantes voces, una proveniente de estas mismas tierras y otras dos de territorios vecinos, el bumangués Camilo Bolaño y los venezolanos Marcelo Artahona y Fernando Duque.

Marcelo abrió la gala, con toda la frescura que desprendía y con sus pies descalzos, haciéndonos entrar a la asistencia en una grata comodidad cómplice. Perteneciente a un grupo llamado Caminant, nos regaló temas cuchis como “Natalia”, donde con dulces falsetes narraba la declaración de amor hacia una chica y la lucha por quebrar el vínculo paterno. Le siguió “Caza”, y aquí añadió el sonido peculiar del kazoo. “México” fue otra de las entregas del joven, y en esta pidió la colaboración de los asistentes para acompañarle en un curioso estribillo.

“Contándonos un poco de lo alegre que se sentía de viajar con su compatriota, el chico siguió regalándonos los matices rasposos y bellos de su voz.”

Siguió con “Las olas”, un tema sobre la lucha en deterioro por un amor que caduca, que deja pasar su momento; inspirado en Pedro Infante y bajo la premisa del “chanceo” (que, en términos coloquiales propios quiere decir “mala labia”); y acompañado por las maracas de un público impregnado de su dulzura. “Luna de papel” y “Gritar” fueron los últimos dos temas con que se despidió, no sin antes agradecer la buena disposición del público y recordarnos su pertenencia a un colectivo de su tierra llamado Cultural Catalejo.

El banquillo ahora aguardaba por Fernando, que abrió con suavidad su repertorio con la canción “Ojo del pirata”, que incluyendo un toque bilingüe a lo Hit the road Jack, mostró lo bien que caía el inglés con su tono de voz. Contándonos un poco de lo alegre que se sentía de viajar con su compatriota, y de su pasado como futbolista, el chico siguió regalándonos los matices rasposos y bellos de su voz. “Ámbar” fue su siguiente entrega, un tema inspirado en el karma; según él, una entrada a reflexionar sobre los actos que llevamos a cabo muchas veces bajo impulsos insulsos, mal direccionados y hasta destructivos. Un tema que fue agradecido por la acogida a la velada, por su público fiel y por toda la vibra que desprendía esa noche.

“Con sus letras nos recordaba lo fulminante del ser humano y sus sentires emocionales.”

Integrante también del Colectivo Catalejo, Fernando prosiguió con un sonido arrullado por el blues. Ocasionalmente añadía también el sonido del kazoo, y con sus letras nos recordaba lo fulminante del ser humano y sus sentires emocionales. Hubo covers también, y mezclados entre sí: algo de Café Tacvba y de Jason Mars.

Para despedirse nos entregó una canción intrépida y sensual llamada “Cachos”, invitación lasciva a una fémina sobre no rendirse ante limitaciones mentales y morales, a dejarse llevar por un buen rato de sexualidad y placer, a convertir esa experiencia en los mejores cachos, y saborear hasta lo hondo la suculenta premisa del amante fugitivo.

“Con la minina Jazz a sus pies, el muchacho cedió el trono de la noche.”

Con la minina Jazz a sus pies, el muchacho cedió el trono de la noche a Camilo Bolaño, quien aguardaba con su guitarra a cuestas para deleitarnos.

Abrió cálidamente con una composición del maestro Juan Quintero, “Para llevarte a vivir”, y así nos fuimos recogiendo en su gorjeo musical. Después se valió de composiciones propias como “En la mitad del pecho”, y un cover de Drexler muy bien interpretado: una composición del uruguayo dedicada a su hija, a la presencia femenina y a todo lo que el cariotipo XX de nuestro par 23 desprende de por sí.

“Y cuando estaba presentando un tema inédito propio, una carta de disculpas para que alguien te vuelva a invitar a su vida, alguien le invitó la pola.”

Le siguió “Amor de origami”, de su autoría, y “La flaca”, de Jarabe de Palo, que se sintió en cada una de las gargantas que componían el ferviente público. Los canturreos de Bolaño al amor, todo tipo de amor, prosiguieron: amor agreste, amor apresurado, amor que a veces te alegra, a veces te duele, a veces te afecta; el a veces de un siempre.

Y cuando estaba presentando un tema inédito propio, una carta de disculpas para que alguien te vuelva a invitar a su vida, alguien le invitó la pola.

“Fue la elegida por su voz para ponernos a cantar sensualmente, bañados en la riquísima energía de una noche cargada de luna llena.”

Luego fue el turno para traer a la velada las letras de León Larregui con “Magic music box”, que maleó el verdoso aura de la noche en Opus, con el ronroneo de Jazz y la curiosidad de Mamba, instintivas presencias existentes en el lugar, que al igual que los allí conglomerados, se dejaban seducir por tan sutil performance y los rizos apretujados en una moña por Bolaño. “Llévame”, ya de nuevo algo propio, fue la siguiente canción, melancólica e introspectiva (al menos de forma personal): una taciturna despedida a aquellas personas que dejaron este plano físico, pero que siguen estando presentes en nuestro pensamiento y en nuestro diario andar.

Camilo se preparaba para cerrar su repertorio, y esta vez “Ilegal”, de Cultura Profética, fue la elegida por su voz para ponernos a cantar sensualmente, bañados en la riquísima energía de una noche cargada de luna llena.

“Aunque la idea era marcharse, el gentío allí reunido no lo permitió, aullando por un poco más de su talento.”

Aunque la idea era marcharse, el gentío allí reunido no lo permitió, aullando por un poco más de su talento con las cuerdas de la curvilínea, y las de su cavidad vocal. Más covers fueron entonces el salvavidas del bumangués, que dispuesto a complacer el pedido de su público, no desmontó su guitarra y continuó con “Mujer que bota fuego” de Medrano, “Brillas” de Larregui, “Palmar” de Caloncho y “Carmesí” de Vicente Garcia; últimos desgloses que cerraron la magia de la noche, prendida entre el calor del recinto, el ronroneo de una felina, el ladrido de una canina y el vibrante brío de unos espectadores complacidos ante la belleza de una acústica velada que ya vivía su final.

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