«PAÍS SECRETO» DE JUAN MANUEL ROCA

Por Juan Esteban Londoño.
Imagen tomada de internet.
Dice Juan Manuel Roca en Galería de espejos que “un rasgo permanente de la poesía colombiana es el carácter un tanto pendular de las influencias entre generaciones, como también de sus rechazos. Es algo que llamaría un juego de espejos y decapitaciones”. Y así es País secreto, un espejo del país, una historia de los decapitados, no porque el poeta se vaya contra sus antecesores, sino porque se adentra en el valle de los esqueletos.
Pero, ¿qué es un país cuando hablamos de su entraña? Lejos de cualquier pretensión de diccionario, Roca define el país a partir de imágenes: un “País de fuego”, “Un hermoso país sin mapa”, un “País secreto”.
El “País de fuego” registra las violencias de los años ochenta, vivenciadas por el poeta en una imaginación lastimada. La pupila del escritor, con más sensación de ironía que de burla, quiere abrazar a sus amigos en un bar, mientras las paredes de la ciudad se agrietan con las explosiones de buses cargados de dinamita y se filtra el veneno que fumiga los cultivos en el campo.
El “País sin mapa” es aquella nación sin territorio ubicada en Oriente Medio, borrada por las bombas que llevan tallados versos bíblicos. El poeta “ve”, crea la imagen, recibe el estremecimiento de la realidad en un tejido de palabras que se asemejan a las balas que, disparo tras disparo, silencian las voces de los palestinos. Porque Roca entrega varios poemas a este pueblo de hospitales desmembrados, y hace pensar que en pleno siglo XXI apenas estuvieran naciendo sus palabras, escritas en los años ochenta del siglo más belicoso —hasta ahora— de la historia.
El “País secreto” es la ventana que abre la poesía para escuchar el susurro en las mañanas, cuando los asesinos duermen, cuando se apacigua el ruido de las máquinas. Es la negación a la muerte como última palabra, la posibilidad que abre lo imposible. País secreto es una línea de fuga que ofrece Juan Manuel Roca para habitar una realidad donde la muerte no gobierne, un país donde la voluntad de vida emerja de la imaginación, como esas ciudades invisibles que soñara Italo Calvino, un país de lo que para Roca es la palabra de la poesía: la voz del viento.
Y es que el viento es uno de los protagonistas que atraviesa toda la obra de este escritor, asombrado por lo imposible, encantado por la incertidumbre, guiado por la brújula de la fantasía en un territorio sin mapas. El viento trae los silbidos de poetas lejanos, como Nazim Hikmet y René Char, quienes otorgan a esta obra un ambiente epistolar de lejanía, como si el libro fuera una colección de cartas escritas desde la prisión de Bursa o desde la trinchera en Provenza. El autor, “que nunca fue a la guerra”, oye también la voz del viento en los pintores, sus interlocutores constantes, como Van Gogh, Munch y Blake, para describir los colores del país encerrado en su totalidad en el asilo de St. Remy.
Este libro puede leerse como una meditación epistolar. Abre con “Una carta rumbo a Gales”, donde el poeta, ante la petición de una mujer de dibujar las entrañas de Colombia, describe un mundo donde la violencia es el pan leudado. Las cartas son depositadas en el buzón del viento, como lo venía haciendo Juan Manuel cuando era columnista en distintos diarios y revistas. Las compara con mensajes que envían los náufragos en botellas, esperando a que alguien destape en los residuos del alcohol sus gritos de auxilio. El escritor, que se identifica como “el incierto”, quiere ser el médium para que los fantasmas de los desaparecidos se comuniquen con algún Juan Preciado en busca de su padre, en una incierta Comala —espacio literario que suele visitar Roca, cuando lee a Pedro Páramo de Rulfo no como una novela, sino como un largo poema—, donde todos mueren amordazados.
Juan Manuel Roca persiste como un poeta de la imaginación, si entendemos que imaginar es crear mundos secundarios. Se trata de construir realidades que no son materiales, y aprender a verlas con la osadía —y la osamenta— de lo imposible. La imaginación está dirigida por el deseo: que sea lo que nunca ha sido, que lo difícil llegue a ser. Y desde allí, la voz poética de “País secreto” establece su diálogo con fantasmas que no sabemos si están de este o del otro lado de la vida. En un bar de una ciudad nebulosa, la voz bebe ron con los pintores, con los desaparecidos en la guerra y con la mujer que lava el agua, la misma que acompaña la poesía de Roca desde la publicación de “Memoria del agua”.
La guerra, tema general en la literatura, desde Homero hasta Tolstoi, desde Hernando Téllez hasta Evelio Rosero, es vista por Roca desde el lugar de las dudas y las cicatrices de la historia. En sus poemas se escuchan las preguntas que rondan los hospitales, las despedidas de los soldados con sus madres, el miedo en las ciudades y el estremecimiento ante la metralla en las aldeas. Llama la atención la creación de verbos subterráneos como forma de respuesta a las palabras oficiales: “el miedo se avestruza”, “vengo de un país que gitanea en las fogatas”, “una mujer ciega a quien hiroshiman sus recuerdos”. Roca busca revertir el lenguaje y con ello crea otras formas posibles de nombrar, como un espejo fragmentado que nos permite ver la realidad desde la única manera de habitar el tiempo, aun en medio de la miseria: a través del caleidoscopio que ofrece la poesía.
Desde la palabra imaginada por Juan Manuel Roca, el país puede ser visto como un presidio. Sus muros son tan amplios que la mirada no alcanza los extremos. Muros de amenaza y niebla, pero con una brecha en alguna parte, el camino por donde pueda llegar la luz de contrabando. Así, País secreto ofrece la poesía como hospicio. Es lo que Joan Margarit llamó, en un contexto de dictadura, “una casa de misericordia”; y no un asilo donde, en nombre de la seguridad, encierran a los más peligrosos criminales junto a las presas que se han de masticar a medianoche.
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Juan Esteban Londoño. Poeta, narrador y ensayista. Doctor en Teología de la Universidad de Hamburgo (Alemania), Magíster en Filosofía de la Universidad de Antioquia (Colombia) y Magíster en Ciencias Bíblicas de la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica). Es profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Ha sido docente de filosofía en la Universidad de Antioquia y coordinó durante varios años el semillero de estética, poética y hermenéutica de la Universidad Católica Luis Amigó. Ha publicado la novela Evangelio de arena (Sílaba, 2018) y los poemarios El país de las palabras rotas (edición bilingüe español-inglés, Poetry Press, 2019), Oráculos de Jezabel (Sílaba, 2022), con el cual fue ganador del Estímulo de Creación del Ministerio de Cultura de Colombia, y El murmullo de las hojas (Colección Respirando el Verano, 2025). Entre sus libros de ensayo se encuentran Hugo Mujica: el pensar de un poeta en la poesía de un pensador (Alción, 2018) y La crucifixión en la literatura latinoamericana contemporánea: Hugo Mujica, Raúl Zurita y Pablo Montoya (ediciones en español y alemán, Missionshilfe Verlag, 2020).
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