ANTOLOGÍA: ROBINSON QUINTERO RUIZ

ROBINSON QUINTERO RUIZ. Nacido en Barranquilla, Colombia, en 1969. Es escritor, docente, comunicador social, traductor y gestor cultural. Dirige la gaceta literaria digital Hojalata y coordina proyectos desde 2008. También es coordinador académico en Ases del Saber desde 2017. Ha publicado Tren de largo recorrido (2007) y El lado oscuro del trópico (2012). En 2008 recibió varios premios literarios nacionales en poesía y cuento. Tiene inéditas en novela, cuento y poesía, entre ellas, La vida se escribe todo el tiempo, Una herida de jazz en el corazón y Podemos traer de vuelta los viejos tiempos otra vez.
ESPACIOS REPETIDOS
Los recuerdos se marchan cuando me visto de madrugadas. Cuando te digo que no te conozco. Cuando la taza de café me pide compartir y restaurar otro tipo de ausencia.
Vengo de lejos, desde una soledad descalza, desde una promesa sin dueño.
Ofrezco una infancia incontable. Permuto estos espacios repetidos. Regalo todos los abrazos de este animal dormido. Viajo al fondo de la noche.
Borro con el viento el nacimiento de un adiós distante. Asumo el rol de no ser yo entre tantos espejos. Estoy convaleciente.
Quiero que sepas que no se trata de una simple herida. Te hablo de ciertas rutinas, del diario vivir, de las quejas de un día sin nombre, de las tareas conyugales que nunca termino, de las materias reprobadas con el olvido y esta rota ilusión festiva de andar en contravía.
POSTAL PARA UNA TARDE CON CAFÉ
Como dos atardeceres confrontados en un horizonte peregrino, tú me observas bajo la melodía del tedio, yo te miro desprevenido y ausente, ataviado de un recuerdo y un dolor pasajero.
No hay frases ni gestos intermedios, somos protagonistas de un cuadro de Hopper, seres extraños, cargando el mismo sabor de la desventura.
Te levantas y te arreglas tu atuendo mientras yo miro autos y gente en las calles, te marchas a prisa, sólo el olor de la nicotina me hace pensarte real.
Lo demás es el ruido gris de un día muerto, las buenas piernas de la mesera y estos billetes arrugados en mi bolsillo.
Yo también me marcho, aletargado, con las manos sobrias y el corazón goteando, dejando como única propina unas frases escritas en una servilleta.
AMULETOS PARA EL MAL DE AMORES
Ahora que estoy solo, conjurando tu nombre a través de las letras de ciertas canciones, bebiendo agua lluvia en ayunas, directamente de una totuma manchada por el paso del tiempo y a la intemperie de tantos amores.
Ahora en este preciso momento, arrojo tu aroma entero al viento y me amarro a los tobillos un escapulario con la imagen de San Ignacio, en busca de una dulce cura para mis males mientras los gatos del vecindario arman un tropel de padre y señor nuestro encima del tejado.
Te lo aseguro muchacha, desde hoy sólo serás una delgada línea borrosa en las paredes de mi cuarto.
HAY QUE VIVIR COMO SI EL MUNDO FUERA UNO SOLO
Cuando los abuelos llegaron a Barranquilla desde aquel pueblo lejano el mundo parecía ser uno solo.
Atrás quedaron los años de celebrar el canto de las aves en los corrales y la llegada de los frutos maduros al suelo del extenso patio.
Abuelo, de a poco, se fue acostumbrando a los diálogos escuetos de la gente que transitaban las calles entre la algarabía de los animales de carga y los primeros coches.
Mis tíos y mi madre devoraban este nuevo tamaño del mundo y observaban con asombro las altas edificaciones, el alumbrado de los parques, la extensión de las plazas. Todos se sintieron bajo un cielo extraño, como si sus pasos ya no fueran sus pasos.
Abuela trajo consigo la lluvia de junio, las plantas medicinales, el profundo conjuro del agua mansa que se cosecha en las tinajas.
Desde ese límpido día, cada uno de ellos vivió su vida habitado por los recuerdos del casabe, los velorios, los rezos, la creciente y la canoa. Buscando entre el ruido y los olores de la ciudad esa parte del mundo que habían perdido.
EPÍSTOLA PARA EL COLOR DE LOS DÍAS (Carta hallada en el bolsillo de un gabán, escrita por Julio Cortázar a Margoth Valberde en París en enero de 1984)
Ahora que mi voz es menos canto, pero sí más atardecer. Ahora que voy de viaje con las remembranzas más usadas. Ahora me siento libre de culpas y materia de afanes. Mi razón de vivir no es la más ventajosa ni la más certera, pero tampoco es nula. Contémplame alucinado por los lugares que no he visto, mendigando un trozo de noche oscura, sin ser ese que te ama en la dulce distancia.
Tal vez, estas palabras digan algo, hoy que el mundo se escapa en mis frases como si fuera humo, como si fuera agua. Quizá alguna tarde de otro cielo, venga al natural hasta tu boca y sea hielo, luna y otoño y comparta un café o un cigarrillo frente a una ventana del tiempo bajo la sed de otra especie de viento. A veces, se me ocurre que soy sólo una de tus sencillas invenciones, una rayuela o un árbol al lado de un río; pero sé que estoy condenado a ser parte de tus recuerdos.
Vivamos, cada quien por su lado, la muerte en un solo instante.
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