ANTOLOGÍA: IDA OBANDO

IDA OBANDO. Abejorral, Antioquia, Colombia (1990). Tiene formación como Licenciada en Lengua castellana y literatura de la Universidad de Antioquia, Magíster en Educación de la misma Universidad. Docente universitaria de cursos de lectura, escritura y español como lengua extranjera en la ciudad de Medellín.
Animal
Hay un animal que respira bajo mi pecho. No me he atrevido a ponerle un nombre, pero viene a la superficie cuando el mundo empuja demasiado o cuando alguien, sin saber, despierta el temblor que se esconde bajo la piel.
A veces es un fuego que recorre la carne como si el cuerpo recordara formas ondulantes que se chocan y arden a tientas en las sombras.
A veces es una grieta que se abre y deja salir garras, dientes, sangre…
Hubo un tiempo en que logré mirarlo a los ojos, reflejarme en ese espejo oscuro y respirar con él. Pero ahora está hambriento y no obedece a la mente que lo creó.
He querido encerrarlo, enterrarlo, quedar limpia, ser luz sin sombra, pero “el fuego no se vuelve agua por negarlo”.
No me queda más que sostenerlo, dejo que me rasguñe lo justo para no olvidarme, dejo que surja su voz indómita que también es la mía.
El rito
En el fondo hay algo que arde, ya no es miedo, no es rabia, ni siquiera resistencia. Es fuego vitalicio.
En el rito cada máscara que cae revela una luz que estaba oculta,
mis manos tiemblan porque no sé si soy digna… o si siempre lo fui pero lo había olvidado.
Respiro profundo queriendo recobrar el aliento, entonces se abre una gran puerta, desde el fondo llega el eco de una voz que dice: “lo que has escondido durante tanto tiempo es la llave.”
Yo entro, no como sacerdotisa, no como sacrificio, entro como quien busca la verdad.
En mi visión aparecen la niña silenciada, la niña castigada y la niña olvidada.
Las reconozco, las abrazo y las acompaño a cruzar el portal de regreso a casa.
Ya no hay necesidad de esconderse, ya no hay promesa de perfección, pero sí el encuentro con la paz, con lo eterno que en mí esperaba.
Voz
¿Cuánta verdad puede atravesarme sin que algo se rompa?
No hablo de palabras, hablo de esa luz afilada que corta la carne y nombra lo que soy cuando nadie me ve.
¿Cuánto de eso puedo sostener sin inventarme otro rostro?
Hay una voz que me habla con dulzura, no hace preguntas, me acaricia con suavidad deseando cerrarme la herida, quiere que me quede, pero yo siento que el aire me falta… Aquí la verdad aprieta, la máscara se comienza a agrietar, duele, aparece el impulso de la huida, lo soporto hasta casi quebrarme, y es entonces cuando emerge mi verdadera voz.
Sin testigos
Fui humo buscando paredes donde dibujarme, un trazo esperando encontrar forma en ojos ajenos.
Habité espejos como quien busca un reflejo en el agua cuando la mueve cualquier viento.
Si nadie miraba; el humo, el trazo y el reflejo cedían.
Luego llegó la noche, no fue tranquila: enturbió el agua, deshizo el dibujo, borró el reflejo.
Ahí, sin luz que me sostuviera, sin agua que me reflejara, esperé mi propia desaparición.
No sucedió; quedó una llamita sin nombre.
Desde entonces me habito como se habita un cuarto oscuro; reconociendo paredes con las manos.
No llamo, no grito.
La sombra dejó de asustarme cuando aprendí a mirarla desde adentro,
y en esa quietud extraña, ¡existo! Y eso es suficiente.
Su sombra
En la hora del vacío, una mujer arrastra su sombra,
Tira de ella con sus manos ya fatigadas,
Quiere soltarla, abandonarla para siempre,
Pero teme dejar de ser la mujer que arrastra su sombra.
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