ANDRÓMEDA: UNA CHICA CÓSMICA VIAJANDO AL UNÍSONO DEL POEMA

Por Said Vladimir Ramírez.
Encontré una idea en Los pensamientos del té libro de ensayos de Guido Ceronetti que puede servir para poder encontrar el entramado de la identidad externa y la interioridad de la palabra en el poemario Andrómeda (La Tinta del Silencio, 2025) de Valentina Ñonquepan: “la posición que ocupa la mujer en el engranaje del universo, porque es ella, y no el hombre, la que está en sintonía con los ritmos de la naturaleza; sus ciclos son parte del engranaje cósmico” (159).
En Andrómeda, la poeta Valentina Ñonquepan construye una obra que oscila entre el poema cósmico y la elegía planetaria. Su escritura atraviesa los límites de la bitácora de viajes y del paisaje onírico, para entregarnos una visión sobre la condición humana en el universo y de las contradicciones actuales del devenir humano en el mundo que habitamos. Desde su título, la obra revela su engranaje cósmico: no sólo como una coordenada en la oscura piel del espacio, sino también como metáfora de viaje de la conciencia a través de la materia y del lenguaje.
El libro establece desde los primeros versos una serie de elementos que trazan una conciencia de la belleza, un verdadero pancalismo poético: el agua, lo humano y lo cósmico. En este cruce, Ñonquepan sitúa su voz poética. Como si la poesía fuera una forma de radiación, el poema se expande desde el instante hacia la eternidad, desde el átomo hasta las galaxias.
La autora poco a poco encuadra el poema, se propaga el Narciso al mundo. La descripción del universo no es aquí un acto enciclopédico, sino un acto de contemplación:
Altos y anchos
los seres que me rodean,
me abrazan
y acompañan a donde voy.
Los colores viajan con la galaxia.
La poesía convierte la cifra en experiencia. En cada registro visual resuena una conciencia temporal: la certeza de que todo lo que vemos -incluso la luz- pertenece ya al pasado.
En unos versos de “Cuerpo”, Ñonquepan plasma con serenidad casi zen un estado de equilibrio con su geografía vital:
“Sólo cuando toco el mar o veo las estrellas,
siento que estoy más cerca de mi planeta”
“El universo me sostiene y yo sostengo al universo”
La visión activa desarma cualquier pretensión metafísica. El mundo quiere verse. La voluntad, tomada en su aspecto schopenhaueriano, crea ojos para contemplar, para hartarse de belleza. La poesía, entonces, no es una interpretación del mundo sino su continuación: una forma distinta de habitar, un sistema visual del lenguaje.
Uno de los ejes más potentes del libro tiene que ver con el agua en sus distintas representaciones donde la poeta establece una continuidad entre la piel del océano y los registros cósmicos. Las primeras imágenes de la sustancia y sus derivados son para Ñonquepan una forma primitiva de observación astronómica, una manera de escribir la vida y preservarla en la noche de los tiempos.
“Dibujo en el agua, las frustraciones del ahora/ esparzo los algoritmos/ hasta hacerlos/ espuma”, escribe, buscando en la intimidad del agua otra forma de superar el agotamiento humano.
En esa visión, el ambular de la voz poética se lee como un largo intento de iluminar la oscuridad. El océano y el cosmos son dos versiones del mismo espacio interior: el de la conciencia.
Entre reflexiones cósmicas, Ñonquepan reafirma la naturaleza visual de su poesía:
“Necesito verme
para que el mundo me vea”
Esos versos resumen la poética del libro. La mirada debe surgir de la conciencia propia, no en el sentido de la factualidad, sino en el de la fidelidad a la experiencia del mundo. La poeta no busca embellecer la realidad, sino escucharla. Tampoco busca crear nuevas realidades, a la manera de la poesía creacionista. Así, el poema se convierte en una forma de ecología verbal: cada verso un organismo vivo, cada palabra un centímetro de piel que se cubre con la espuma del mar.
En el cierre, cuando la poeta escribe: “Etérea después/ de palpitar/ soy vos” ya no habla solo del cosmos, sino del propio acto poético. El poema es una forma de luz que viaja, se expande, y a veces —como la radiación de una estrella— tarda millones de años en ser percibida. Ñonquepan propone una visión de unidad: somos materia estelar, conciencia humana y lenguaje. La poesía, sugiere el libro, no nos separa del universo; nos devuelve a él.
Reseña publicada originalmente en la revista digital de literatura La Manticora Revista de Humanidades.
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Said Vladimir Ramírez Téllez (1991, Guerrero). Es Licenciado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Guerrero y Maestro en Humanidades por la misma universidad. La literatura ecuatoriana contemporánea, en particular la Generación del 30 focaliza el centro de su interés académico. Ha publicado ensayos en revistas indexadas, participado en congresos en diversos estados de la república, y realizado estancias de investigación en Cuba y Ecuador. Es director general y fundador de la revista digital de literatura La Manticora Revista de Humanidades. Integrante del Colectivo Internacional de Minificción. Sus trabajos sobre el realismo mágico ecuatoriano han sido expuestos en el Seminario de Literatura Fantástica de la UNAM. Como autor ha publicado el libro de cuentos Como cazar al tigre (2019, La Tinta del Silencio). Gusta impartir talleres de cuento y poesía. Actualmente cultiva la pasión por la fotografía, los pequeños formatos y las técnicas antiguas como la cianotipia. Su nuevo libro, Los terribles blues de Guayaquil (2024, La Tinta del Silencio), es una novela que dialoga con el blues y la fotografía, desde México y Ecuador.
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