ANTOLOGÍA: CAMILA LOZANO VILLALBA

CAMILA LOZANO VILLALBA (Barranquilla, 1999). Amante del arte y la música en todas sus expresiones; graduada de Ingeniería de Sistemas en la Universidad del Norte. Se percibe como un ave que decidió separarse de la bandada. Dedica la mitad de sus tardes a escribir (poesía, comedia, historias) y la otra a la música; es bajista desde hace cinco años. Comenzó a escribir a los diez, y en la casa donde creció aún reposan montones de libretas que sus padres atesoran. Cree que escribir es la forma más honesta de desnudarse, incluso ante aquellos que no pueden ver.
Desespero
He salido a caminar con los pies desnudos;
se siente natural y, a pesar del hollín, me agrada.
También he notado que siempre tengo las manos desnudas.
¿Cuánto me ha tomado? Dos décadas y media.
¿Acaso son los ojos quienes atribuyen desnudez a los otros?
¿Acaso no se puede estar desnudo en la oscuridad?
Cierro los ojos y mis pies, mis manos, mis labios siguen desnudos,
vulnerables a todo aquello que les rodea.
Me invade la incertidumbre sobre todo aquello que mis ojos no pueden desnudar,
y, con el alma completamente vestida, desespero.
La pena
Una vez más,
me visita la duda sobre lo que vale la pena.
Cierto es que me resulta imposible perder el tiempo,
aun cuando no es claro cómo ganarlo.
Me siento en calma, pasan las horas;
mis ojos se acostumbran a la luz menguante
¿Realmente ha pasado algo?
¿He perdido el tiempo?
Me permito dudar sobre aquello que a simple vista pareciera evidente.
Percibo el cansancio en mis ojos;
ellos no han perdido nada,
incluso si me hablaran, no creería poder entenderles.
Regresa la duda,
pienso que todo vale la pena
porque la pena es inevitable
sería apenas injusto que eso no valiera de nada.
Zapatos
He estado en tus zapatos tantas veces,
me es natural tu caminar.
Es cotidiano, como te caes un poco entre cada paso,
como anticipas el impulso de un pequeño salto innecesario.
Tan acostumbrada estoy a tu andar que aún sin saber a dónde vas esta vez,
te sigo, con las manos detrás de la espalda,
como quien camina hacia el patio de su casa:
tu casa, que indudablemente, es el mundo.
Me invade la certeza de que tu mayor riesgo es vivir;
en cada calada de oxígeno, sentir que se te va un poco la vida,
abrazar la duda que acarrea, orgulloso,
el tiempo que nos queda.
Te veo entonces tomar tus zapatos sucios, lisos, cansados y decirte sin recato:
Me voy a casa, no puedo detenerme.
Si me detengo, la casa se irá sin mí.
Innecesario
Dentro del laberinto
nos encontramos perdidos,
aun reconociendo las caras y los espacios,
aun sabiendo dónde estamos.
¿Anochece
o se hace tarde?
El laberinto nos recorre,
ante nuestra insistencia
de permanecer estáticos.
Es una doble vía
que no conduce a ningún lugar,
más que hacia adentro,
muy adentro.
Rogamos encontrar algún desvío
que nos conecte con lo disfrutable,
que nos separe de lo estrictamente necesario.
Nostalgia
Hoy me he de entregar a la nostalgia,
aunque no me sirva de consuelo,
aunque no me sirva de nada.
Poco de útil tiene el sentir,
como la sombra de un pájaro que vuela alto,
que cubre poco a medida que traza su ruta y cobija a los amantes,
indecisos y furtivos, entre lo cotidiano,
ansiosos de nuevas aventuras,
deseosos del placer de lo efímero.
La tormenta de lo que se sabe cierto abraza las dudas
y cobija miedos conocidos.
¿Qué queda entonces de los miedos secretos?
¿Qué ocurre con aquello que no se profesa?
Lo real consume cada pequeño espacio
y las posibilidades se suicidan a medida que pasa el tiempo.
Entonces los amantes se miran, agonizantes;
el pájaro se posa sobre una rama cercana,
oportuno para dar sombra al último beso
porque para decir adiós siempre se llega demasiado pronto.
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