Saltar al contenido

ANTOLOGÍA: EMMANUEL VILLEGAS RAMÍREZ

EMMANUEL VILLEGAS RAMÍREZ. Promotor de lectura y licenciado en Español y Literatura. Su trabajo profesional se ha desarrollado en torno a la animación y la mediación de la lectura. Habita la escritura desde la experiencia, el oficio y un vínculo intermitente con la poesía.


Una noche en Segovia

la luz eléctrica llegó al pueblo,
pero esa noche, la metralla fue más brillante.

las sillas: tumbas improvisadas,
temblaron y arañaron el suelo;
testigos inhábiles,
vieron la sangre huir por las cañerías
y dejaron que la impunidad serpenteara
como un río sin desembocadura.

el tiempo, perro de hocico roto,
escarbó en la memoria
sin hallar rastros de justicia.

el dolor, un clavo oxidado
se clava en la mente
e infecta el alma de tétanos.


Los Uvos, Cauca

se informa al país:
en la chiva viajaban quince personas. 
el trayecto era largo y el destino incierto. 
los llevaron al sitio escogido de antemano, 
un lugar apartado, sin testigos.

se informa a los familiares:
los detuvieron sin explicación,
los bajaron sin apuro,
los obligaron a tenderse boca abajo
como si la vía les hiciera espacio
a sus cuerpos antes de caer.
les quitaron los zapatos, las pertenencias
y su costumbre de llevar la dignidad encima.

se  informa a la justicia:
no fue un arrebato
ni la violencia de unos cuantos,
era una política
—despojar, controlar, desplazar—. 
el ejército borró las pruebas, 
torció fechas,
dio la orden:
«digan que fue la guerrilla».
solo algunos cumplieron condena,
el resto siguió su vida 
con la rutina del uniforme limpio.

se informa a la historia:
no olvidaremos
para que la barbarie no se repita.


Pueblo Bello, 14 de enero, 1990

esas cuarenta y dos cabezas de ganado 
irán a valer cuarenta y dos víctimas


Fidel Castaño

iban vestidos de policías, 
algunos encapuchados.
cargaban pistolas,
gasolina y explosivos. 
llegaron con amenazas, 
golpeando las puertas, 
murmurando listas de nombres.
la furia se transformó en acción, 
un interrogatorio tras otro.
los cuerpos sometidos al suelo
con las manos atadas.

los líderes sociales
se alzaban en un país de gritos callados.
el estado, un dios sin ojos,
no tomó medidas para proteger la vida.
creó un paisaje de riesgo 
donde el luto, la desazón y la rabia 
se esparcieron y ahogaron la tierra. 

arribaron en helicóptero, 
traían sobres pesados como el plomo.
nadie quiso callar,
las familias buscaron justicia, 
aunque el teniente, furioso, 
murmuraba su sentencia sin piedad: 
“ustedes cambiaron a la gente por las vacas.” 


Pichilín, Sucre

pactaban con la fuerza pública
para que despejaran la vía
como si la vida de los otros
se barriera como polvo en un cuartel.
el gobierno levantó grupos armados,
los disfrazaban de civiles,
los hizo convivir con todos.

cuando se ensañaban con un pueblito
de los montes de maría,
lo hacían para que no quedara duda:
estas tierras eran de ellos.

golpeteo seco de botas,
una lista leída en voz baja.
reunían a sus futuras víctimas con sorna,
en la plaza, en la cancha.
el fin no era matar,
sino rematar y contramatar con sevicia.

algunos de los que estaban boca abajo
eran compadres, vecinos desde siempre.
con un machete golpeaban a los señores;
uno les dijo: “no, yo no conozco de guerrilla”.
era cierto, pero no importaba.

las familias que volvieron
se esconden en sus casas,
no del sol,
sino de aquella tarde de 1996.

el centro de salud sigue ahí:
un techo con paredes desnudas,
sin puertas,
sin médico,
sin medicinas,
sin nada.

la escuela sigue ahí:
pupitres oxidados,
baños secos.
encima del tablero: una virgen maría,
la de estos montes.

lejos quedaron los días de la cosecha,
el billar y las gaitas.
cerca está el sol que calcina.


La Rochela, Santander

todo se pudrió en esta tierra:
carreteras con la piel agrietada,
hospitales con techos mohosos,
escuelas con promesas incumplidas,
los lamentos de las madres en las plazas.
un estado que se consumía a sí mismo,
que irrespetaba a sus propios muertos
porque había olvidado dolerse.

no hubo nadie preparado para esto:
balas que cayeron
como una manotada de granos de maíz.

“a los jueces hay que matarlos”,
fue la orden,
pronunciada como un salmo de pólvora
con el coro de los grillos,
tarde y noche en la finca.
era un rezo mutilado:
matarlos,
matarlos.
el silencio amplificó la voz
del ex congresista que comulgó
la masacre.

Avatar de altervoxmedia

altervoxmedia Ver todo

Alter Vox Media S.A.S (NIT: 901019145-1) es una plataforma digital, enfocada en impulsar la escena artística y cultural de la región desde diferentes disciplinas.

Un comentario sobre "ANTOLOGÍA: EMMANUEL VILLEGAS RAMÍREZ" Deja un comentario

Deja un comentario