ANTOLOGÍA: DAVID MARTÍNEZ MARTÍNEZ

DAVID MARTÍNEZ MARTÍNEZ (Santa Marta, 1993) escritor, antropólogo y gestor cultural. Aunque escribe desde los 17 años, su paso por el taller literario de su alma mater lo enfiló en una búsqueda decidida por la palabra que lo ha llevado a formarse en distintos talleres de la Red RELATA, los impresentables, la fundación Liebre Lunar, la Megabiblioteca 500 años y el instituto Caro y Cuervo. Ha sido publicado en las antologías del grupo TALIUM-RELATA (editorial Unimagdalena 2020,2022,2023) y RELATA 2023. Además, sus poemas fueron traducidos al francés para la revista “Poesía Andante: versión canto jubilar-Homenaje a Santa Marta 500 años” de la Alianza Francesa de Santa Marta. En 2023 colaboró con el artista plástico/visual Diego Taborda y Malevo editores en el libro de cuentos e ilustraciones “historia política, poética, posible de Colombia”. En 2025 trabajó en dos proyectos de co-creación “Afrosamarias: imágenes de pervivencia entre la sierra y el mar” del Museo Nacional; y “oficios y cotidianidades: los rostros negros de Santa Marta”. Además, se le otorgó la segunda mención de honor en el I Premio Nacional De Poesía Maruja Vieira de la RTVC. Como narrador, obtuvo el segundo lugar en el III Concurso de Cuento Corto Unimagdalena 2019 y ganó mención honorífica en el II concurso distrital de cuento “Un Mar Entre Líneas”. Actualmente, colidera a la tertulia de literatura caribeña El Fotuto y se trabaja en su primer poemario “Blues de la ciudad derramada”.
Donde habita la violencia
En los ojos de Piedad anida el homicidio de su esposo,
Lázaro.
En la promesa que nada remedia,
en palabras que no recobran el cuerpo del cafetal
habita la otra violencia.
El antropólogo, a veces poeta,
sugiere mesura hasta que los fusiles encuentren su corazón
y los casquillos se hagan espuma de arroyo.
También ofrenda respuestas que no tiene;
cuarzos y píldoras no desagravian a una anciana.
Quien hurga en Piedad no levantará de las raíces a Lázaro,
a tiempo para las noticias de las siete.
—¿Qué le dirías si lo volvieras a ver?
Esa boca baldía remueve alquimia de ráfagas, átomos del marido,
las matas de café sangrando humanidad
y bajo un palo de mango, Piedad solloza.
Escarbar en el horror, multiplicarlo, allí habita la violencia.
Como espejos en un cementerio, las palabras eternizan la muerte.
Cuando Petunia Caravazso dejó Mompox
Tomó su maleta, el sombrero de paja
y arrastró diez generaciones palpitándole adentro
Mompox crujió en toda oquedad
Corriente y Barcaza chismearon de epitafios para una noche austera.
Petunia rompía la vajilla del idólatra, iluminaba los helechos
a la estatua
la juzgó el magma hasta que se le desbordó por los ojos
se marchó Mompox se hizo añicos
Ahora,
cuando en su tráquea no braman quilombos
susurra la luna del Magdalena
y su cuarto hierve en vapores de sábila
contra la oscura razón que puebla al mundo
cariz de ceiba, método de pitón
calcula la ruta hasta el Dahomey
Petunia atestigua en las cataratas una acequia afligida de su Palomar
el relato vierte lágrimas cuando ve su propio relámpago
y de las gotas nacen una catedral un muelle una procesión.
adiós
se enmudeció el oleaje
en cada huella croaba un sapo carretero
en un beso brotó rojo el liquen
su último abrazo, tamarindo en almíbar
partió
fue como salir del monte sin haber inhalado
el petricor de las mariposas azules
Petunia me dejó antes de infectarse con un anhelo de ciudad pequeña.
Autorretrato sin rostro
Sobre ese lienzo negro e irreal
reluce la magulladura
de una maduración incompleta
bahía a contraluz
surcos sobre agua tamizan
la sal, el cuarzo
reflujo y despojo
cae
una luna ciega, caracola,
flotan panteras al carboncillo cuya negrura
permanece
a pesar de la ceniza,
contigo, junto a la lumbre
detrás de la pupila felina
Permanece
Donde te sepultó el credo inquisidor
que marchita el blues en la boca de la guitarra
y trenza sus cuerdas a la usanza de la horca
Permanece
cuando te despeñas desde alto risco
anunciando
que esta noche te autorretratas sin cuartel
con botines de charol,
lentejuela a lo María mulata y
sombrero de copa rota
una zarpa luminosa de algas y
la otra, con un guante de penumbra, te eclipsa el rostro.
Este poema simula un ombligo hirviente
Este poema simula un ombligo hirviente
El hábito de ser sombra lo abandona
persona o potencia
domina la eyaculación de la Vía Láctea
Persona o potencia
qué pequeño soy
qué lujuria el balcón desde el cual dios se fuma un habano
Un verso recordado, un cuerpo
no es un lugar, es una habitación alquilada
donde la Madre de dolor te abraza;
convence que la noche es blanca, tiene pecas
y sella pasaportes
y te despide con pañuelos al viento
hacia avenidas donde el sol no enloquece tanto
y las personas se agolpan como hormigas
a punto de lamer tu miel.
Este poema es una hoja en blanco.
No le creas a la música pasajera.
de pequeñas muertes, todos estamos hartos
de insignificantes muertes componemos poemas.
La nevera es un tiburón de corriente eléctrica
La nevera es un tiburón de corriente eléctrica
estático, animal doméstico
un neverón, tiburón-nevera, nevecón
resplandor de boca fría
hambriento cada fin de mes
depredador con el hocico en blanco
A veces quisiera que me tragara
y enjaularme en sus branquias de vidrio,
y pudrirme olvidado con el cilantro,
y descubrir el secreto de
Por qué
los carnívoros tragan más pan que carne
y llevar aromáticas al noveno círculo
donde tiritan las almas del molipollo
(D.E.A.C.D.S.: Descanse En Alto Contenido De Sodio).
y cepillar la escarcha de su encía
para tejerme una hamaca cerca de las tripas heladas
y dar con el ronroneo que me desvela.
Dice Google que tiburonera santamartensis
usa su colacable para comunicar
a las demás especies de peces cartílago-voltajosos
cuando acecha por la cuadra la empresa de luz
no sea que los extingan de un apagón.
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