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ANTOLOGÍA: RAFAEL ÁLVAREZ

RAFAEL ÁLVAREZ. Nacido el 25 de septiembre del 2000, el mismo día que se suicidó Pizarnik. Aprendió a leer para saber que decían las tiras cómicas del periódico. Nunca estudió literatura, conoció a Rafael Cadenas y este le dijo que no dijera tantas groserías. Vive en Colombia desde el 2022, llegó trabajando como mecánico, dealer, haciendo rappi, webcamer, trabajando en una tienda y un call center. Sale en par de revistas de Santa Barbara Editores y aparece en la antología de la Fundación Nuevas Letras.


El
                                   nombre
                                                 de
                                                      un
                                                            h o m b r e

Cuando nací me llamaron al igual que mi padre y mi tío,
como si la cuestión de llamarse Rafael radicara en el orgullo de tener ese nombre.

De niño me decían Rafaelito
y los demás niños lo repetían como una parvada de pájaros mudos.
Rafaelito
Rafaelito
R a f a e l i t o
hasta cansarse ellos y morirse en sillas de plástico.
Crecí y me volví Rafa,
el mundo era menos áspero, más caliente más rebelde
y a nuestro pueblo pequeño
llegó una plaga que los viejos le dieron varios nombres:
chavismo,
Chávez,
crisis económica,
migración.
Muchas barrigas se apagaron,
otras rugieron
hasta obligarnos a preguntarnos
¿Cuánto cuesta un Bolívar?
Las cosas se fueron apagando,
los focos ahora se volvieron a velas,
el cigarro hizo hueco en pulmones ajenos,
vi un linaje de sangre
apenas sabiendo de mi existencia,
la de mi viejo,
la de su padre antes de él,
y darnos cuenta que todos fuimos pobres obreros
caminando hacia al silencio.

Cumplí los 18,
ascendí de RANGO MILITAR
hasta ser completo:
Rafael.
El planeta se agrandó
y camine por otros lados
hasta terminar en una cuarta parte del mundo
donde el cielo siempre derrite el hielo en los vasos
hasta formar un raspado
y en el que todos los buenos poetas están muertos
(si es que alguna vez hubo un poeta).

El mar todos los días dice mi nombre,
sus olas tocan mis dedos,
mientras susurra
Rafaelito
Rafa
Rafael,
pero nunca sé cuándo es conmigo.


Testamento

Todo este testamento-poemario
se escribió en 6 días,
al séptimo -como buen cristiano,
se editó para quitarle tildes, comas y otras cosas innecesarias,
siendo ofrenda para Dios.
Desde esa época hasta acá
el caudal de mis dedos se ha secado,
no se sienta triste usted,
porque también me he condenado
al confinamiento de un crustáceo
apagando el sol
y pidiéndole a mi única compañera -mi humanidad,
no despegarse de mi cuerpo.
He arrancado mis dientes para hacer una escalera hasta el cielo
donde los hombres no hablan,
donde no recitan,
donde no escriban,
donde los hombres están todos muertos.


San Arcángel Miguel, dándose golpes con el poeta de la muerte, Lord Byron mientras un citojense loco convulsiona por la fiebre

En el fin del mundo
el santísimo paladín de Dios, San Miguel responsable de la salud y sanaciones
termina chocando espadas contra un demonio
llamado George Gordon Byron
a quien se le acusa de sedición
y galantería peleando por el alma de un pobre pelagato
de quien sabe, solo tuvo un pecado;
nacer en tierra de nadie.
El cielo es habitado por las criaturas creadas por nuestro señor, todos,
absortos
quietos
ante una batalla campal desarrollada en la mente de este loquito
su boca emana la bilis de antiguas generaciones
y de su sexo florecen todos los castigos
heredados por su abuelo
hasta ser abducido por los fantasmas
de zambos, negros y guajiros
cojeando hasta la tumba
y despertando con los rayos del sol
arañándole la cara
dándole sentido al guayabo del día anterior.


MECÁnico DE CArroS EN La 38

Un sople de perico adorna el frío de una mañana
que promete ser de plata,
las esteras se levantan al unísono
hasta revelar el taller que ve pasar maldiciones
y operaciones monetarias.
Sube el gato, pero no sueltes esa mondá que nos matamos
grita Carlos, el experimentado en suspensiones
y apuestas de caballos.
Baja el Mofle, dale suave,
suave,
suave que si se parte nos jodimos.
Mis manos se habitúan a la falta de seguridad
y al calor de los motores.
El sudor se mezcla con el aceite
hasta formar una gota negra que me hidrata,
¡aquí se trabaja, haiga carro, moto o bicicleta!
Sacar un repuesto viejo de la gaveta
como si de un mago se tratara,
que el cliente asombrado,
suelte la plata,
somos estafadores,
somos los nuevos pastores,
vendemos la salvación por un módico precio cada mes,
solo que nuestras iglesias se ven adornadas
por afiches con mujeres desnudas
y cervezas vacías.
Termina el día,
recibes tu pago,
se te paga por lo que hagas,
dice El Mono, el soberano de lo que comas, tomes y robes,
aunque hagas de todo,
aunque seas el único ayudante,
aunque 16 horas de tu vida
cuesten 30 pesos.


Rafael Álvarez pidiéndole a la muerte que se lo lleve a él primero porque no desea ver morir a sus viejos por ser muy cobarde

“La brisa débil no susurra nada. El agua grita sublime. Sus pies, se balancean. Respira profundo, se detiene, ya es hora”
Un caballo que no vio la vista en medio de la caída.

Señor, tú qué sabes y todo lo ves
(menos declaración de impuestos sobre la renta,
aumento del paisaje y si James viene al Junior)
dime por qué creaste a la malparida muerte.
El tiempo pasa con apuros
condenándolos a un descanso que nadie desea
y yo los debo enterrar,
como si fuera una rueda que debería girar año tras año.
Dime vos, que sabes todo
(pero no sabes cuánto los necesito, eh)
el sucesor de tal castigo cuando llegue mi turno
¿me elevarás a los cielos en una carroza llena de fuego
para sentarme a tu diestra?

Si le diste a Salomón sabiduría para hundirlo,
a los judíos la capacidad de robar,
y a Israel unos estados que no son de ellos,
lléveme a mí, que he pecado en pensamiento
y acción mintiendo,
manchado el honor de los que se esconden
detrás de una máscara japonesa de porcelana.
He amado a los hijos abortados de la calle de San Roque
y he tomado la leche de las perras que duermen
en las estaciones del metro
oh, my sweet lord
I really want to see you

He querido ser poeta sin querer hablar para soltar insultos y culebras picando solo a los esnobistas
y también he sido mal marido
durmiendo en cada cama de alguna moza
como si ser infiel fuera un servicio social.
En mis manos se encuentran
las sangres de vidas de jíbaros,
proxenetas y policías
sin preguntar si alguno tenía salvación.
Ensáñate conmigo
y condéname al sofoco del calor
que tanto le temía Diomedes.

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