DESTILAR LA MIRADA Y OTROS BORBORIGMOS

Por Daniel Morales.
17 de diciembre de 2025.
Hablamos como si defendiéramos algo,
cada palabra pesa entre las montañas
Escucho 1979 de The Smashing Pumpkins mientras escribo esto. Me digo que cualquier cosa, antes de concretarse en lo que sea que llegue a ser, es primero un impulso irrenunciable. Como aquella vez en que Billy Corgan, conduciendo su auto, detenido ante un semáforo en rojo y viendo pasar a unos niños corriendo, vislumbró de pronto el ritmo de 1979: una pieza que es, en el fondo, la contemplación de sí mismo y del tiempo, ese torrente disímil que solo transforma al cuerpo en su interacción, lo modifica sin matarlo, lo mantiene brevemente con vida, encapsulado dentro de una cáscara envejecida. Llegó, así, a esta conclusión precipitada: la poesía no es otra cosa que ese gesto inicial, un impulso nacido de la perturbación de las fibras sensibles, algo que nos empuja a escribir (o crear) para retener en el tiempo aquello que fuimos, que somos o que querríamos ser.
Decía Jim Morrison, a propósito del cine, que “el cuerpo existe gracias a los ojos; se convierte en una caña seca para sostener a esas dos blandas e inaccesibles joyas”. Pensaba entonces que es gracias a los ojos que recuperamos las palabras del mundo y las traducimos en signos legibles para nuestros amigos. La lectura es, de este modo, una forma de mirada sobre todas las cosas. No es casual que la medicina sitúe allí un origen decisivo. Desde la embriología, por ejemplo, Langman afirma que “el ojo es una extensión directa del cerebro: una porción del sistema nervioso central que, al desarrollarse, sale al encuentro del mundo”. Pues, mirar no es un acto pasivo, es una forma de pensar con la luz.
Pienso en los ojos como aquello que nos impulsa a desplazarnos y a fijarnos en algo. ¿Qué los provoca a mirar? Los gestos del mundo: todos encapsulados en una gota de rocío que guarda, como una célula, la memoria de todo lo vivo. Pienso que alguna vez, en medio de un dolor intenso en el vientre, una forma de la mirada se gestó: retazos de ropa en ropa ya vieja y heredada, mugre bajo las uñas, virutas de papel en los bolsillos como único tesoro, un olor persistente a polvo y plastilina seca al sol. Este libro del que ya estoy hablando sin mencionar su nombre es esa acumulación de gestos del mundo atrapados y reinterpretados por una mirada, química y humildemente, puesta sobre el papel.
Ya decía Angélica que poco hay por decir: “una señal de lucidez ante el hartazgo, una razón para seguir el juego otro día”, como un presagio inevitable. Tomarse entonces la libertad de descomponer una montaña en partes hasta llegar al color verde, a su núcleo duro. Dejar zapatos en todas partes en lugar de huellas, como si no hubiera intención alguna de hacer camino con ellos. Agradecer a los amigos por su amor y por sus palabras de nube errante. Por eso es necesario comenzar por el principio: por esas monedas que quedaron atoradas en la máquina de hacer los días, por la risa y el tamaño de ese candor. Pienso en el animal más grande del mundo y sé que es la memoria. Romper cada espejo para olvidar el propio rostro e imaginarse, de pronto, con las facciones de cada ser amado: ser un poco ave, un poco sol; más tarde un andén, otro día un árbol cortado a la mitad. Fumar y fumar, porque la vida es poca y porque la música basta para seguir fumando más. Decir que uno es la mirada que ha hecho del mundo. Decir, también, que por eso se escribe. Porque la voz no alcanza, porque la voz no conmueve al viento.
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