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TODOS VAMOS A MORIR

Por Diana María Vega.
Imágenes tomadas de internet.

No voy a hablar de las obvias, muy, muy obvias parodias que hace la película en sus personajes: que si la presidenta es Trump, que si el gurú de las telecomunicaciones Steve Jobs. Obvio. Tampoco me centraré en decir: El cometa es el calentamiento global, no el virus, pues el cometa acabará con toda la vida en el planeta tierra, tal como lo hará el calentamiento global. El virus solo acaba con los Homo Sapiens, y por el contrario de ser nefasto para la vida en el planeta, esto sería muy beneficioso para él, pues somos su cáncer. Pero algunos críticos de cine no lo entienden, creen que se trata del virus, creen que se trata de vacunas y bueno… no voy a extenderme en eso. 

Quiero hablar de sutilezas… Sutilezas como todo el poder del personaje de Jennifer Lawrence: Dibiasky, la loca histérica que sale a gritar: ¡Todos vamos a morir! Dibiasky es la primera científica que se droga en toda la historia del cine, por lo tanto en toda la historia de la humanidad, porque lo que no ha sido televisado, lo que no ha sido ficcionado, no es real. Nadie cree que los científicos se drogan. Los científicos, los intelectuales, los políticos, los deportistas, los poetas, los militares, en todas partes, se drogan. En todos los colectivos, o gremios, hay gente que se droga, y esto no necesariamente afecta su capacidad, su credibilidad, su seriedad o el ejercicio de su actividad profesional. Dibiasky, la que se droga, la aspirante a doctorado de la Universidad Estatal de Michigan, se droga con marihuana y también es muy capaz de exponer todos los datos de su investigación ante quien sea necesario. Apunto también que no se droga por desesperación, lo hace habitualmente. En la escena que fuma, saca un cigarro ya armado, lo que indica que es una consumidora habitual. Su profesor, el Dr. Mindy, también se droga, con medicamentos psiquiátricos. En resumidas, los científicos se drogan, todo el planeta se droga. De hecho, ya es anécdota en los medios que Jennifer realmente se drogó para la escena. Esto ha sido objeto de bromas de sus compañeros de rodaje y comentarios en redes sociales, pero mientras Jennifer se droga y es gracioso, los Estados Unidos y Latinoamérica continúan con una ridícula pero nefasta guerra contra las drogas que destruye las selvas, contribuye al calentamiento global y mina con barbarie la sociedad de los países subdesarrollados involucrados.

Dibiasky, además de drogarse, entra en histeria y es la primera mujer científica de la historia del cine, y por lo tanto, de la historia de la humanidad, que entra en histeria. No me refiero con la historia del cine a las películas biográficas sobre mujeres científicas, sino a las películas con personajes de mujeres científicas. La Dra. Eva Flicker, socióloga de la Universidad de Viena, encontró en una revisión de películas entre 1929 y 2003 seis estereotipos de mujeres científicas en el cine. Y es interesante esta revisión, pues de la imagen que el cine y los medios muestran, depende en gran medida la imagen que las mujeres se hacen sobre ser científica y de ello depende también que quieran o no acercarse a la ciencia. Su clasificación fue esta:

  1. La experta veterana.
  2. La mujer masculina.
  3. La inexperta e ingenua.
  4. La malvada y manipuladora.
  5. La ayudante .
  6. La heroína solitaria

Dibiasky se parece mucho más a cualquier mujer de su edad que a cualquiera de todas las mujeres anteriormente estereotipadas por el cine. No usa una bata blanca todo el tiempo, tiene piercings, y no tiene un amor platónico por su profesor sino que siente por él respeto y su relación es de colegaje. Tampoco es malvada, y si es una heroína, pero no solitaria. Tampoco es masculina, ni ingenua. Su pareja, luego ex pareja, es un tipo que no es científico, ni poderoso, sino más bien un tipo normal que se asusta y luego quiere hacerse popular explotando un poco su relación con ella.

Dibiasky es la primera científica en el cine que, al parecer, tiene trastorno bipolar. O, al menos, muestra ciertas características de esta enfermedad. Su extremada sensibilidad, su ira incontrolable ante la frustración que le produce la estupidez de una ciudadanía preocupada más por los rollos sentimentales de una cantante que por el fin del mundo. Su  perplejidad ante la idiotez colectiva  en las redes sociales, de la que a tiempo se quejó Humberto Eco. Su rabia ante la indolencia de la presidenta que se burla de su preocupación, y que finalmente decide usar la hecatombe que se aproxima para desviar la atención del electorado, centrado en ese momento en sus  escándalos sexuales.

Los rasgos que hacen que Dibiasky sea troleada en redes sociales, los que hacen que su rostro se convierta en memes que circulan por la red y se viralizan en segundos, ignorando lo importante para idiotizarse con el chiste, son en realidad de una belleza profunda. La desesperación,  la desvergüenza, el corazón roto y, al mismo tiempo, la fe con la que se aferra gritando como loca a su causa, la causa del planeta, tal y como todas las mujeres que salen a marchar por sus causas, por sus países. Tal cual Dibiasky sale del laboratorio a romperlo todo, con tal de ser escuchada, y es conmovedora. 

Dibiasky es la primera científica en el cine que no se limpia la nariz con la manga de la bata mientras llora en silencio como una mujer bien puestecita. Ella es una joven que está dispuesta a romperlo todo porque sabe que está en lo cierto.

El Dr Mindy también tiene problemas de salud mental, que intenta controlar con poco éxito con fármacos, y aunque sus reacciones no son tan extremas como las de Dibiasky, y eventualmente aprende a desenvolverse a la perfección ante los medios de comunicación, padece ataques de pánico y finalmente también entra en histeria.

No me parece poca cosa contarle al público que personas con problemas de salud mental también trabajan en la ciencia, como lo hicieron Howard Hughes o Nikola Tesla, ambos con trastorno obsesivo compulsivo y el último además víctima de alucinaciones y fobias.

Mindy, un hombre de familia que se dedica a la ciencia, y Dibiasky, una chica normal que aspira a un doctorado en astronomía en una Universidad Pública, le están recordando al público, que la ciencia no está tan lejos y que el ejercicio de la misma no deshumaniza. Que para ser científico no hay que ser perfecto ni solitario. Y que las educación pública es valiosa.

Romper con los estereotipos mencionados, mencionar los temas que se mencionan, intentar abrir los ojos porque realmente todos vamos a morir si no hacemos algo ya contra el calentamiento global, son a mi juicio elementos que hacen de esta película algo valioso.  Recuerdo algo que dijo Julio Cortázar  en Berkeley sobre el arte comprometido y parafreaseo: No siempre se hace arte pensando en el compromiso (social), pero en algún momento se hace arte comprometido.

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