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ANTOLOGÍA: ANA MARÍA RUIZ DÍAZ

ANA MARÍA RUIZ DÍAZ. (Bogotá, 1999). Cursó estudios de Matemáticas en la Universidad Distrital. Aspirante a la licenciatura de Español e Inglés en la UPN si lo permiten la arbitrariedad burocrática universitaria y las pandemias sorpresa. Es diseñadora de la revista de ciencia ficción Rizomatrix y de la editorial Totuma Libros. Ha traducido poemas de la poeta estadounidense Jacqui Germain. Ha publicado muestras de sus poemas en la revista digitales Mentekupa y La pájara pinta. Su expectativa de vida alcanzaba los quince, así que esto realmente no le está sucediendo. Le gustan los columpios, Extremoduro y el helado de maracuyá. El siquiatra argumenta que tiene baja tolerancia a la frustración. No tiene piojos desde los ocho, pero le gusta que se los hagan.


PUNTOS DE FUGA

¿Cuántas manos pueden encajar en mis costillas?
¿Cuántas pieles pueden tocar mi abdomen,
deslizarse por mis caderas sin desarmonizar?
¿Cuánto tiempo puedo quedarme sin escapar?

Ningún lugar está demasiado lejos cuando
no hay hogar. La daga del tiempo me
atraviesa, pero no me desangra. Me
mantiene en una tortuosa agonía.

Mi carne se pudre.
La llaga se infecta y la gangrena
comienza a avanzar.

Ne me quitte pas.
¿No ves que si estoy sola, sin lugar,
en este punto mi alma se perderá?

He caminado tanto buscando el día dónde
habité el lugar preciso en el que perdí
la consciencia,
en el que perdí todo aquello que era.
Huyo de la muerte, de la inopia total,
de perder la luz que me hicieron creer
que guardaba.
huyo de casa
huyo de la palabra
huyo de mí.


DESARMABLE

Me levanto y me dispongo a buscar cada pieza, tarea en la que debo procurar utilizar el menor tiempo posible.

No es pertinente que uno se tome el lujo del tiempo a la hora de armarse. Lo más difícil de encontrar siempre son mis piernas. Arrastro mi desnudo tronco por toda la casa en busca de ellas, casi siempre aguardan en los rincones, dispersas, siempre tan ajenas a ellas. Aprender a caminar todas las mañanas se torna tedioso, por lo que prefiero reptar hasta que al menos mi cuerpo tenga una forma.

Apartados de la luz, en la siempre zozobra del silencio, habitan los maltrechos brazos. Obedientes, sin pedirlo, se trepan lentamente cual orugas en sus cimientos.

El rostro casi siempre me cuesta, la posición precisa de la boca en la que pueda recibir la ternura del beso, en la que las palabras no se dispersen torcidas en el aire.

Decidir si colocar los ojos o no me acongoja, sé que si los dejo por ahí podrían perderse. Por error dejé caer mis ojos una ocasión; en la búsqueda sentí las circulares gelatinas bajo mis pies, los tomé entre mis manos y amasé la mirada a tientas, los puse en su lugar. Nunca se está exenta de los percances.


QUIEBRE TEMPORAL

Con los huesos resquebrajados
se desploma lentamente
                                        el tiempo.

Bajo escaleras de silencio,
escondidos del sol,
habitan cada uno de los segundos
que me fueron
                                 cruelmente arrebatados.

Imposible quitarse este olor a muerte
impregnado en cada poro.
Imposible recuperar el segundo
fragmentado
                                y volátil

que se me escurre entre los dedos.

No hay más que zambullirse en esta
podrida grandeza,
en la pérdida que me venden como ganancia.

Aceptar la derrota personal
y permitir que el tiempo
                                  macere cada músculo

hueso
y esperanza
mientras c
                        a
                         e


NO ESTÁN. No sé si esta forma no es más que una burla a mi situación. ¿En qué momento comenzaron a perderse? Puede que las haya olvidado en algún parque, en cualquier anden. Las presté y nunca regresaron.

Progresivamente caían de mis bolsillos, al llegar a casa la reemplazaba y olvidaba mi pérdida. Comenzaron a desprenderse de mi boca, resbalaban, me obligaban a escupirlas, fueron ellas las que se deshicieron de mí.

Quise vomitar una gardenia, si acaso pude rezumar un podrido pétalo.

Renegué.

Nuevamente el miedo al nombre desde la pálida sombra, desde la ausencia.

Solo transparentes formas en el gusto. Taladraron las paredes de hueso, se filtraron en los músculos, se desperdigaron en la sangre.

Anémica en el santo silencio, nacen y caminan las palabras desde mi muerte. La última de ellas se acerca a mi famélico cadáver, acaricia por última vez mis labios.


CASA EN LLAMAS

Dejo algunos incendios en los zapatos,
traspaso el fuego a las gavetas,
barro y sacudo de las cobijas el calcinante carbón
      para poder conciliar algo de sueño.

He pensado varias veces sobre el
material de esta casa
he pensado en el concreto
en el metal
en una madera extraña.

Una casa con alma de polietileno
con una buena tierra para no quemarse
en los choques eléctricos.

Paredes que se niegan
a sucumbir al incendio,
enquistadas en sus zapatas.

La madera ajada de sus escaleras.

Yo como ella soy soberbia.

La casa no quiere perecer en las llamas
y yo no estoy dispuesta a dejar mi fuego.
Debo cuidar su silencio.

Solo queríamos que la tristeza se le fuera
pero todo se consumió.

Dan igual
las duchas de hollín y las pústulas de humo

mañana seremos grito.

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Alter Vox Media S.A.S (NIT: 901019145-1) es una plataforma digital, enfocada en impulsar la escena artística y cultural de la región desde diferentes disciplinas.

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