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MÁSCARAS, O LAS CORAZAS DE UNA BESTIA

Por Laura Mora.

«Cada vez que me pongo una máscara
para tapar mi realidad,
fingiendo ser lo que no soy,
fingiendo no ser lo que soy,
lo hago para atraer a la gente.»

Gilbert Brenson

Uno no es profeta en su propio pueblo. Sin embargo, el reconocimiento termina llegando tarde o temprano. Tal es el caso de John Gómez, quien, cansado de las mafias alrededor de las instituciones culturales, decidió hacer de su vida algo más que las competencias entre escritores y desasosiegos burocráticos con alguna editorial. Es un perdedor a mucho honor, magíster en Filosofía, escritor, director de la plataforma cultural Alter Vox Media, la Editorial Sátiro y la Librería Zarigüeya. También es creador del «Certamen Nacional de Poesía Basura John Gómez», un certamen que, más que basura, es el reconocimiento a todos aquellos que han sido omitidos por las élites tradicionales de la literatura colombiana. Aparte, ha publicado los libros XIII (2019), No te creas poeta (2019), Fantasmas (2020), Baladas Baladíes (2020), Poemas para lidiar con uno mismo de madrugada (2021), Guía para parchar en Bucaramanga y no morir de aburrimiento en el intento (2021) y, el que nos ocupa, Máscaras (2021), resultando (en un desatino propio de la vida) ganador de la Beca de creación para obra inédita de Poesía “Bucaramanga cree en tu talento” 2021, otorgada por el Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga.

Es gracias a este último libro que yo, ignorante de la poesía, he de brindarles el panorama que el mismo John construyó a lo largo de su cautiverio creativo. Máscaras es el despojo del Hombre que lame el cielo en busca de la sombra de Dios, el Poeta que despierta con la lengua en la punta de algún aliento que sea capaz de incendiar todo lo que ha escrito, el Filósofo en busca de otro cuerpo (o la idea de cuerpo) para quedar con el fenómeno inmediato de su desdén; del Amor, esa mezcla de vida y muerte que nace en el jardín del  alma, y del Miedo: a encontrarse a ese otro que se refleja en los espejos, al que espera una eternidad para llegar a ese museo del terror llamado vida, o a la simpleza de quedar atascados en un país al borde de la dictadura. El libro se muestra como la modificación constante y precaria que se tiene en la construcción de la propia identidad, convirtiéndose así en el desnudo público del autor. Sus últimas máscaras, ya para desvanecer lo corpóreo y quedarnos con la materia, son la Muerte y la Bestia. Estas dos, cierres al autoconocimiento, nos ofrecen una irrupción en la que terminamos por entender nuestra relación con el querer irnos y no volver de una eternidad desesperanzadora (aquello que nos han hecho creer con el nombre de salvación), al tiempo que reconocemos nuestros deseos más bárbaros ante un cuerpo cálido con el que la bestia nos amenaza, haciéndonos creer que es el inconsciente aquel ser hambriento de otros, mas no nosotros, los desheredados, quienes seguimos en la búsqueda del camino de regreso a la oscuridad del útero, a ser nada más eso que ve el otro, cuando en medio del frenesí —guerra de cuerpos— terminamos perdiendo. 

John se ha deshecho ante el mundo con la creación e, incluso, con la destrucción poética de Máscaras, pues en esta entrega ha traspasado el umbral del enamorado por las letras, un poeta empedernido en tener un reconocimiento ilusorio de su propia ignorancia, para convertirse en su enemigo directo, el antipoeta que tiene como único ideal escribir como acto de supervivencia en esta matrix en la que vivimos. Ubicar nuestra lectura de esta invención literaria en la palabra “poemario” es, desde el principio, una limitación, ya que desde su portada nos cuestiona: ¿estoy preparado/a para este psicoanálisis poético? Y es que, teniendo a Rorschach en mente, John nos abre un laberinto de vivencias, emociones y la retrospección de una vida que, más que ajena, puede ser la nuestra, esto como fin último al reencuentro con la bestia: animal que relame su soledad, un manjar póstumo luego de haber estado con sus víctimas. Para llegar a este vago reconocimiento, John Gómez nos guía por siete puertas (siete chakras, quizá) que chirrían con la imagen de todos aquellos que le han quitado algo de sí mismo, o de las conexiones que cada lector pueda tener al enterarse de que este libro no es más que un oráculo de su propia desgracia. Máscaras termina siendo el asedio de una búsqueda personal que pone en la poesía la responsabilidad de quitarle el estrellato al poeta y dejar en evidencia todo aquello que no logramos visualizar en cada persona: sus corazas bestiales. En pocas palabras, este libro se transforma en un espejo turbio en el que todos deberíamos asomarnos y enfrentar, por medio de sus páginas, la maraña infernal que nos ofrece el autor.

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