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ANTOLOGÍA: DANIEL MORALES

DANIEL ALEJANDRO MORALES MACHADO. Nació en Bucaramanga, Santander, en el año 1999. Actualmente adelanta estudios de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana en la Universidad Industrial de Santander. Algunos de sus textos han sido publicados en la revista virtual de Águilas y Moscas, especializada en literatura. A inicios del año 2020 publicó su primer libro, titulado, Otro cielo, con el sello editorial Ediciones Exilio de Bogotá.


Fragilidad embotellada

Es la poesía la esencia de todas las cosas. El agua clara, muchas veces fría, en la que enjuago mi boca al reventarme los dientes contra el mundo. Es la poesía el niño que deambula en la ciudad, que me lleva de la mano y me ayuda a redescubrirlo todo. Es la poesía en la que, sin haber tenido nunca unas alas, me lleva a rosar la inmensidad y entrelazarla con los dedos de los pies.

Los poemas, escapes de luz, embotellan la desmesura y la riegan en las palabras.

Es en el poema en donde embotello mi ruido, vámonos lejos paloma, me duelen los párpados, hagamos una cruz con la línea blanca que van dibujando los aviones en el cielo, nos persiguen las flores, gracias por ser mi amigo, soledad, huracán.

Es en el poema en el que, sin decir una sola palabra, soy un latido de ballena, océano de luciérnagas, esto no es lluvia son lágrimas de bandadas de colibríes, durazno, café, petricor, ambulancia esquizofrénica, niebla, alas baten el cielito restringido.

Es el poema el que embotella cada espasmo, cada mañana en la que fui pájaro, sombra, árbol, libélula, niño, incendio, pirotecnia, asombro, baile azul. Es el poema el que embotella mi fragilidad y me guarda del olvido en una vitrina de botellas a reventar de contenido, de olas y vestigios.


La colilla no se apaga por más que la pise

Guardo un ruido en la mitad de las cejas.
Treinta y tres atardeceres en las pupilas.
Un par de besos de despedida en los dientes
y un dolor añejo
más parecido a una canción de Oasis
Don’t look back in anger.
No paro de escribir,
de fumar,
de jugar en el parque con fantasmas que ya
se hicieron cicatrices en los tallos de los árboles.
Piso esta colilla, una y otra vez,
piso la memoria
pero no se apaga.
No se apaga,
Don’t look back in anger.
Esta colilla es mi corazón.


Bailar en la palabra para no morir de olvido

Mis amigos bailan en la carretera, en el universo que gira en el asfalto.
Brillan las estrellas, como los dedos que las señalan.
Brillan las heridas, como las palabras que las tocan.
Todos los días asesinan a un amigo en mis parques.
Asentimos, los pocos amigos que quedamos, que la patria que venía tallada en la concepción
era el primer grito de terror y el último.
Ayer masacraron a todo un pueblo
y el himno nacional penó la injusticia con lluvia
que aclaraba la sangre, desvaneciéndola.
Ahora bailamos todos en la palabra porque tenemos miedo.
Porque aceptar el miedo, en un baile de vidrios rotos, es otra forma de llorar en silencio.
Aceptar la muerte, confesándole a nuestros pájaros los sueños que nos robaron, es otra forma de llorar en silencio. Porque bailar —o llorar— no es otra cosa que resistir la vida.
Bailamos por la vida, lloramos por la vida.
Porque duele bailar, porque duele la vida.
Y el poema es así, el llanto que habitamos, la vida que cuidamos del olvido, cuando ya no se escuchan más que las balas
en la palabra: patria.


One nights dream, ghosts

Mis ojos, que rasgan el insomnio en el martirio de sus cuerdas, se han fundido con el paisaje tenebroso del papel. Persiguen, en vigilia, la palabra justa para encarnar. Sienten fatiga cuando sucumben al exceso de mundo, al exceso de ensueño. Se desmoronan como lágrimas entre ríos turbulentos de imágenes y confunden, siempre, mi urgencia de otra realidad. Son fantasmas impacientes que no respetan la casa vacía en la que escribo.


Promesa

Me arrojaron desde los rayos de luna
y navegué sobre estrellas fugaces.
Sail to the Moon, Radiohead

Me prometí huir y eso haré. Y si regreso antes de haber, si quiera, masticado la vida —o vomitarla—, me perderé en lugar de huir. Haré de la autopista un laberinto, pedalearé y pedalearé hasta acariciar las nubes, hasta conseguir esconder a mi corazón en los valles de la azul afonía. Con el ánima mordida, recordaré mi infancia y le otorgaré alas. Esperaré los cultivos de los fracasos que faltan, seré paciente. Luego caeré en picada como un poema sin peldaños. Bailaré con la luna y me haré noche. Descenderé tan abajo que el fondo será mi rostro. Y para cuando las palabras se aplasten con la presión del descenso ya se habrá germinado mi soledad en el centro de las cosas.

Es una promesa.

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